La sagrada familia - Fernando Savater

No soy demasiado aficionado a las series de televisión, porque no tengo paciencia para seguirlas, o me parece que empiezan bien y se van estropeando, o mueren mis personajes favoritos y son sustituidos por otros más antipáticos, o… En fin que, dejando aparte El ala oeste de la Casa Blanca, Homeland, los casos de Poirot interpretados por David Suchet y poco más, prefiero ver películas como es debido.

Hay una excepción, desde luego, una cumbre que despunta por encima de casi todo lo que puede verse en la tele, y en el cine, y en la literatura… Una serie cuyos cientos de capítulos he visto repetidas veces y creo que podría seguir viendo interminablemente sin cansarme. En fin, una serie de la que más que espectador me siento casi personaje, de la que formo parte y que disfruto en sus numerosos buenos momentos y disculpo en sus capítulos flojo como hago con las personas que más quiero. Son los Simpson, claro, que ahora cumplen nada menos que treinta años. ¡Qué cortos se me han hecho! ¿Cómo habríamos podido vivir todo este tiempo sin ellos, sin Homer, Marge, Lisa, Bart y Maggie? Sé que no soy nada original en este entusiasmo, que somos millones los que en tantos rincones del mundo tenemos dos familias, una buena y otra mala: la buena son los Simpson, nuestros parientes amarillos y locoides, la mala… bueno, no digan que no.

Lo mejor de los Simpson es que cada cual puede preferir en sus episodios unas virtudes u otras. Algunos elogian sobre todo sus aciertos proféticos, en ciertos casos realmente desconcertantes desde luego (y casi aterradores), como que en el 2000 vieran ya a Donald Trump entronizado en la presidencia americana. Una idea que entonces debió hacer reír mucho a la gente… y ahora maldita la gracia que nos hace. Otros prefieren su lado satírico de la sociedad americana, cuando la verdad es que satirizan con igual entusiasmo todas las otras sociedades por las que atraviesan sus personajes y también satirizan a los críticos de esas sociedades y al Buen Dios y al Mal Diablo, y a las minorías perseguidas y a las mayorías perseguidoras, etc… Vamos, como debe ser. Los partidarios del «¡más y siempre más!» a los que nunca nada parece suficientemente corrosivo (ellos por si acaso nunca se burlan mas que de lo que toca en ese momento) acusan a los Simpson de que se han hecho más cautos, menos atrevidos, de que han bajado el pistón crítico… No se dan cuenta de que precisamente fueron ellos quienes nos familiarizaron con ciertas osadías hasta el punto de que ya no nos lo parecen… aunque siguen siéndolo. Aquellos que primero se arriesgan a ir demasiado lejos son luego llamados conformistas por los que gracias a ellos han dejado de considerarlo demasiado lejos…

A mi juicio, que no es objetivo porque ya he dicho que soy de la familia, lo mejor del espejo deformante, valleinclanesco, que ponen los Simpson a lo largo de nuestro camino no son sus profecías tantas veces cumplidas ni el arte que se dan para desollar rutinas y tópicos sino que a pesar de todo siempre consigan permanecer tan humanos como nosotros… poco más o menos. Nunca, ni antes ni ahora, han sido máquinas jocosas de matar sino instrumentos al servicio de ampliar las oportunidades de la vida. No amargan sino que estimulan mientras contribuyen a desengañarnos. Consiguen que los malos ejemplos nos resulten simpáticos sin por ello darnos ganas de seguirlos. Si eso no es luchar contra los peligros del fanatismo, ustedes me dirán. No los quisiera más ácidos ni les reprocho no ser dulces: ¡que sigan siendo amarillos y con tres dedos en cada mano, por siempre jamás!.