La Política Rosa - Rubén Serna

Aún es fácil recordar, pues no ha pasado tanto tiempo, los años en los que la programación de los distintos canales televisivos estaba plagada de programas llamados “rosa”, aquellos en los que la noticia eran las relaciones personales y sentimentales entre famosos. Este género, que vivió sus años gloriosos con el papel couché, relataba la vida de unos personajes propios, que se casaban, divorciaban, demandaban, y desarrollaban cualquier otra acción especialmente pasional. Todos recordamos cómo las revistas “Lecturas”, “Diez Minutos”, y la reina “Hola”, nacida en 1944, eran referencia de lo que se llamaba “crónica social”. Con la aparición de los canales de televisión privados, y la multiplicación de televisiones autonómicas y locales, el género encontró un lugar ideal para desarrollarse: ya no había que imaginar el desamor, el rencor, o los celos de los personajes, sino que podían verse. En pocos años se llenó la programación de espacios como “Tómbola”, “Qué me dices”, “Aquí hay tomate”, o algunos posteriores como “Dónde estás corazón”, “Salsa Rosa” o “Dolce Vita”.

La bonanza económica garantizó un ecosistema equilibrado, los famosos cobraban y las cadenas obtenían altas cuotas de share

Coincidió el auge de estos programas con la bonanza económica que se traducía en altos ingresos publicitarios. Al mismo tiempo las cadenas producían series propias de alto coste económico: “Policías”, “Periodistas”, “Compañeros”, por poner algunos ejemplos. De la misma manera que los Ángel Cristo, Rociíto, o Carmina Ordóñez, cobraban altos cachés por ir a compartir sus miserias frente a una cámara. Este modelo garantizaba un ecosistema equilibrado. Las marcas pagaban, los famosos cobraban, y las cadenas obtenían altas cuotas de share. No había excepción de horario, las mañanas se llenaban del clan Campos y  Ana Rosas, las tardes de “tomates”, y las noches de “Salsa Rosa”.

Pero un día, debido a la crisis económica principalmente, se redujo de forma radical la entrada de dinero procedente de la publicidad, y las cadenas se vieron obligadas a rebajar el nivel del famoso, pasándose a alimentar por aquel entonces de los concursantes de realities, que llevaban incluido en su contrato el tener que pasar por platós y platós a coste prácticamente cero. Las televisiones suprimieron de sus parrillas los programas de variedades, los de actuaciones musicales, magos y cuentachistes, porque éstos también tenían el imperdonable pecado de cobrar.

Los ingresos continuaban bajando y las televisiones eliminaban las series que tanto costaba producir por otros espacios más económicos. En esos años un modesto programa de la televisión pública, emitido a unas horas más cercanas al primer sueño que a la cena, se convertía en referente político: 59 segundos. Un espacio para el debate en el que, como contrapunto a las tertulias de gritos entre famosos y pseudoperiodistas en muchos casos, se hablaba de actualidad política con riguroso respeto al contertulio, a los tiempos, y sobre todo a la audiencia. Un rara avis en este lodazal televisivo.

Este formato contaba con una ventaja que no es baladí: el político no podía cobrar por asistir. Y los periodistas solían hacerlo como plus a sus ocupaciones principales, y había casos en los que se abonaba mediante cheques de compra en grandes almacenes anunciantes del espacio. Es decir, con cuatro duros se montaba un programa serio, con decentes cuotas de audiencia, y que respondía a las necesidades de un público interesado en conocer la opinión política. Este modelo se adaptó otros géneros televisivos como el deportivo, y proliferaron las tertulias deportivas que bebían del espectáculo rosa, y la mesa de debate. También los programas tradicionalmente rosas introdujeron minutos de mesa política, con escaso rigor, pero con personajes mediáticos que opinaban sobre aspectos políticos polémicos. En estos minutos mixtos personajes como Pilar Rahola, o María Antonia Iglesias discutían de “política” con otros como Jimmy Giménez Arnau. Es decir, un popurrí sin rigor. Conviene recordar que los temas solían ser aquellos que generaban amplias diferencias en la sociedad: el aborto, el matrimonio homosexual, etc. O aquellos que ofrecían un especial morbo: la extrema derecha, o extrema izquierda.

Pero un día los programas rosa se pasaron de la raya y las marcas retiraron la publicidad tras saberse que “La Noria” había pagado 10.000 euros a la madre de “el Cuco”, dando paso al género político que heredó la necesidad de morbo.

Pero un día los programas rosa se pasaron de la raya, y marcas como Campofrío, Puleva, Nestlé, o Bayer retiraron la publicidad tras una polémica que se viralizó en Twitter: “La Noria” había pagado 10.000 euros a la madre de “el Cuco”, imputado por la desaparición de Marta del Castillo, por asistir al programa. En pocas semanas el programa desapareció y dio paso a otro de similar factura: “El gran debate”. Al igual que ocurría en Telecinco, el resto de cadenas introdujeron espacios dedicados a la polémica política: “La Sexta noche”, “El Objetivo”, “Mañanas de Cuatro”, “Al rojo vivo”, etc. Se había producido la transformación, desaparecían el género rosa para dar paso al político, pero heredando éste el defecto más importante del primero: el morbo.

Los Anguitas, Pablo Iglesias, Carmona, y Revillas sustituyen a los Raquel Mosquera, Antonio David, o Carmina Ordóñez.  Y los Marhuenda o Indas, a los Mariñas de antaño. Si fuésemos bien pensados podríamos creer que hemos mejorado, hemos pasado del anterior género rosa voyeur, a uno de actualidad preocupado por los problemas de la sociedad, como si hubiera habido una reacción nacional ante el cotilleo , pero no… nada de eso se ha producido, ha cambiado el espectáculo, y han cambiado los actores.

Mucha gente sólo quiere entretenerse desde el sofá, con el Larios en la mano, viendo a Inda pedir a Iglesias que condene a ETA y a la dictadura venezolana

En realidad las cadenas siguen persiguiendo su objetivo de grandes audiencias, y es ahora este tipo de programas, de bajo coste económico como antes señalaba, el que lo concede, programas que pueden estirarse como se desee. Seguimos buscando el morbo como antes, ver al cristiano morir devorado por el león, revisionar a Cospedal explicando al finiquito en diferido, ver al famoso arruinado por culpa de sus miserias contar su tragedia frente al sanedrín pseuoperiodístico. El ciudadano de a pie no quiere aprender de adicciones de marismeños para conocer el problema de las drogas, ni valorar los programas electorales para reflexionar su voto. No, mucha gente sólo quiere entretenerse desde el sofá, con el Larios en la mano, viendo a Inda pedir a Iglesias que condene a ETA y a la dictadura venezolana, mientras blasfema por el último caso de corrupción aparecido.

A la historia han pasado aquellas imágenes antes tan difundidas de reporteros tras el famoso del corazón para tomarle declaraciones en torno a su última aventura sentimental. Ahora es el político al que persigue la prensa para que responda sobre sus pecados, sus corruptelas. Alguien debería estudiar si Isabel Pantoja, la ‘reina de corazones’ de la prensa rosa es la pieza clave en este cambio de hábitos, al mezclar en la coctelera corrupción, política, espectáculo, y corazón. Quizá los medios nos sirvieron en copa de cóctel aquella mezcla explosiva, y aún seguimos demandándola. Pero por alguna razón ya no vemos periodistas en la puerta de Jesulín de Ubrique, sino en la de Jordi Pujol o Bárcenas.

Revilla, populista como el que más, es demandado por cadenas como referente en cualquier asunto, hasta para valorar sentencias judiciales como la reciente que absolvió a la Infanta Cristina

Las diferencias políticas entre Iglesias y Errejón se han vivido como una historia de ruptura sentimental al más puro estilo Pepe Sancho y María Jiménez. Monedero desde su casa copaba minutos y minutos opinando sobre cualquier cuestión de actualidad sin el más mínimo criterio informativo. Revilla, populista como el que más, es demandado por cadenas como referente en cualquier asunto, hasta para valorar sentencias judiciales como la reciente que absolvió a la Infanta Cristina. Y esto conlleva un enorme peligro. Ahora cualquier mesa de debate cuestiona complejos procesos judiciales al minuto de conocerse la sentencia. Una perversión absoluta que convierte a los ciudadanos en “cuñados” que se creen con el conocimiento de todos los temas únicamente por ver unos minutos de televisión.

El periodismo debe reflexionar sobre este tipo de programas, cuestionarse si ayuda a informar o a hacer un ruido que suena a información pero desinforma. No se trata de volver al riguroso “59 segundos” y su escasa flexibilidad, sino de hacer programas que profundicen en la política de fondo y aprendan a blindarse de la cosmética actual. Necesitamos rigor, contraste de ideas, intercambio de opiniones para que formemos la nuestro propia, pero no a base de espectáculo televisivo, sino de información, de la verdad.