La izquierda sólo puede ser oposición - Francisco G Alcón

La izquierda sólo puede ser oposición, porque cuando llega al poder se convierte en derecha”. Esta reflexión se la leí a Joaquín Sabina en una entrevista publicada un domingo en la contraportada de un diario nacional hace casi 20 años. Me hubiera gustado citar a Chomsky, Habermas o Weber, pero no voy a engañarles, se lo leí al cantautor de Úbeda.

Me parecía duro reconocer eso de que el poder convierte a la izquierda en derecha, fue un mazazo de lucidez

Lo cierto es que en esa época tomé ese pensamiento con un cierto halo de amargura y desesperanza. En esos tiempos, aunque ya había uno superado el ardor juvenil contestatario, la desilusionante traición de González y vivía con escéptica expectación los primeros compases del gobierno de Aznar, seguía sintiendo admiración por la coherencia de Julio Anguita, decepción por un PSOE corrupto, simpatía por los palestinos y aversión a israelitas y norteamericanos, esos matones que unos años antes habían invadido Panamá y asesinado al fotógrafo Juantxu Rodríguez, primo de un compañero de mi Facultad. Era todo un podemita de la época, con veintipocos años, la edad a la que hay que ser podemita, si es que hay que serlo a alguna edad. Me parecía duro reconocer eso de que el poder convierte a la izquierda en derecha, fue un mazazo de lucidez.

Dos décadas después, con los mismos principios, inquietudes y la capacidad de discernir el auténtico progreso social de la palabrería progre; tras ver, leer, oír, experimentar, analizar y pensar, como piensan los ciudadanos libres, ajenos a dogmas y creencias, sólo puedo corolar aquella reflexión: la izquierda solo puede ser oposición, porque cuando llega al poder se convierte en derecha, por suerte.

Pero al igual que la flora bacteriana, que en el tracto intestinal tiene una beneficiosa función esencial en la digestión, se convierte en una muy peligrosa infección cuando nuestro sistema inmune pierde el control, la izquierda radical sólo es buena cuando es oposición, y tremendamente peligrosa cuando adquiere poder

La izquierda radical antisistema y revolucionaria tiene una función higiénica muy necesaria en el organismo político democrático. Sirve a los partidos conservadores, socialdemócratas o liberales, como acicate, referencia o indicador de alarma. Es buena para asustar, porque es bueno que el establishment viva un poco asustado. Cuando la luz verde de la paz social se pone en ámbar por el crecimiento del populismo de izquierdas suelen reaccionar, reaccionar para ocuparse de los excluidos, de los parias, de los desahuciados, de los descamisados que decía Guerra. Pero al igual que la flora bacteriana, que en el tracto intestinal tiene una beneficiosa función esencial en la digestión, se convierte en una muy peligrosa infección cuando nuestro sistema inmune pierde el control, la izquierda radical sólo es buena cuando es oposición, y tremendamente peligrosa cuando adquiere poder. Afortunadamente el sistema político en las democracias liberales tiende al equilibrio y de forma casi automática saltan mecanismos correctores internos.

La mayoría de los que fuimos de izquierdas más o menos radical en nuestra juventud entendemos esta evolución natural, el sentido de la vida, la democracia y la libertad y encontramos en este sistema mil batallas que seguir librando

El más habitual, por natural, es la automodulación, la moderación autoimpuesta. Es natural porque no es más que el resultado de la madurez. Las masas de jóvenes con acné revolucionario y los pocos veteranos que siguen en el monte como aquellos soldados japoneses perdidos en islas del pacífico que no sabían que la guerra había acabado lo llaman derechización, aburguesamiento, pesebrerización y le echan la culpa al Ibex, a los mercados y al capitalismo de tan alta traición. Por suerte la mayoría de los que fuimos de izquierdas más o menos radical en nuestra juventud entendemos esta evolución natural, el sentido de la vida, la democracia y la libertad y encontramos en este sistema mil batallas que seguir librando, desde el reconocimiento del capitalismo como la expresión económica de la naturaleza humana, que se puede y debe domesticar pero nunca negar, porque hacerlo es negar al propio hombre.

De esta forma esa izquierda radical madura y rompe en socialdemocracia, pudiendo gobernar, discutiendo en un sainete eterno y confrontando con la derecha, también domesticada, la altura a la que poner el listón del nivel impositivo, de la intervención pública, de la regulación, pero coincidiendo con ella en lo esencial, que además de corromperse por turnos, es no poner en riesgo las cosas de comer, y en hacer lo posible por mantener unos estándares aceptables en materia de educación, sanidad y protección social. Son tan pequeños matices los que las diferencian, que tienen que poner la lupa en ellos, sobreactuar, ofenderse, exagerar, para mantener a sus respectivas parroquias movilizadas. Por eso los dos partidos españoles históricos, PP y PSOE, ambos socialdemócratas, progresistas, liberales, conservadores y corruptos, en distinta proporción en función del momento histórico, el asunto, las circunstancias, la oportunidad o la necesidad, se empeñan en hacernos ver lo océanos que los separan en materia social o económica, cuando sólo son riachuelos que nos hablan de bajar unos puntos más o menos los impuestos, las indemnizaciones por desempleo, las subvenciones o el gasto sanitario. Se ven obligados, o eso creen, a azuzar a sus fieles exagerando los estereotipos propios y del adversario que definen esas diferencias más en el ideario colectivo que en el fondo.

El otro mecanismo preventivo de las democracias occidentales para mantener a esta izquierda montaraz a raya es el de la propia reacción electoral, eso que las coloca por la fuerza del voto minoritario en el gallinero de los parlamentos, donde cacarean, y molestan como moscas cojoneras, pero apenas pueden hacer daño. Ahí, en ese rincón, son tremendamente útiles

El otro mecanismo preventivo de las democracias occidentales para mantener a esta izquierda montaraz a raya es el de la propia reacción electoral, eso que las coloca por la fuerza del voto minoritario en el gallinero de los parlamentos, donde cacarean, y molestan como moscas cojoneras, pero apenas pueden hacer daño. Ahí, en ese rincón, son tremendamente útiles. Hacen una labor de control encomiable, canalizan el espíritu revolucionario, sacándolo de las calles y llevándolo a las instituciones, y al plantear sus batallas, contra el desarrollo, las vacunas, el turismo, las empresas, el revisionismo histórico, la autodeterminación…, nos muestran lo que hay al otro lado de las líneas rojas de la sensatez. Tampoco hay que despreciar su importante contribución a la industria del estampado de camisetas. Muy a menudo el simple contacto con la moqueta y el sueldo de diputado obra milagros y acaban madurando en la cámara frigorífica del pragmatismo institucional.

A veces las defensas no saltan a tiempo y llegan al poder, a controlar presupuestos, y adquieren capacidad de gestionar y legislar. En España los hemos probado en los ayuntamientos, donde por suerte la capacidad de hacer daño es limitada. No es un fenómeno nuevo, también IU gobernó durante muchos años el ayuntamiento de Córdoba y no pasó nada. Su última alcaldesa roja se “socialdemocratizó” y llegó a ser ministra, ahora consejera del gobierno andaluz. Lo mismo ocurrirá con los actuales kichis, colaus, santisteves, carmenas… Ahora nos obligan a circular en un solo sentido en las calles peatonales, reciben en chanclas a embajadores y representantes de otros países, les ponen faldas a los muñecos de los semáforos, hacen cabalgatas de reyes magos que parecen de carnavales o cambian los nombres de calles y avenidas, lo que no deja de tener un punto folclórico y naif. Por desgracia también son capaces de proponerse restringir el turismo, ahuyentar inversiones y empresas o alegrarse porque una agencia europea no recale en tu ciudad. Pero incluso estas medidas nos son útiles como tratamiento de choque, para probar los efectos de nuestro voto en carne propia.

Cuando realmente son temibles es cuando llegan a dirigir la economía de un país

Cuando realmente son temibles es cuando llegan a dirigir la economía de un país. Ya se han mostrado capaces de arruinar países ricos como Venezuela, y aunque aquí en Europa hay varios cortafuegos que complican mucho un gobierno suicida de ese tipo, no sería prudente confiar en que la UE, como en el asunto catalán, actúe de bombero ante nuestra demostrada capacidad de hacer fuego en el seco bosque de nuestra democracia.