Insatisfaccion laboral - Jose Aldea

Quién no ha sucumbido en ocasiones al catastrofismo laboral, a la autodestrucción de empleo, a esa visión pesimista del propio puesto de trabajo cristalizada en frases como: “qué mal ambiente hay en esta empresa…”, “no estoy reconocido como debería…”, “el jefe no me escucha… ¡si me dejaran hacer a mí!”, “¡ese pelota de Fulano! ¡Le voy a…!”, “necesito una lupa para leer mi nómina…”.

Sin duda todos hemos concebido, sufrido o compartido actitudes aquejadas de insatisfacción crónica que tienden a afear, de manera en ocasiones sistemática, el proceder de compañeros, jefes y subalternos desde una percepción de la realidad rebozada en hollín e impregnada de paradigmas que desparraman soluciones, más o menos realizables y subjetivas, a cada situación. Y aunque no se trata de arrojar a nadie la primera piedra, resulta tan útil como interesante hallar la manera de no permanecer en esta sala de espera más tiempo del preciso.

Resulta evidente que una empresa es semejante al gobierno de un país, pues parece misión imposible contentar a todo el mundo

Resulta evidente que una empresa es semejante al gobierno de un país, pues parece misión imposible contentar a todo el mundo. Dejando de un lado la cualidad más o menos necesaria de un puesto de trabajo por la cuestión elemental de obtener ingresos, podríamos decir que a cambio de nuestra dedicación diaria es de esperar también cierta satisfacción en el mismo. Ésta parece una reivindicación genuina, pues del grado de bienestar en nuestro trabajo depende buena parte de nuestro nivel de satisfacción en la vida; no en vano dedicamos a la cuestión laboral casi tanto tiempo como a dormir, si no más en muchos casos.

Porque siempre me he preguntado cuál es el germen de esta insatisfacción. ¿Es justificable? ¿Realmente estamos –una vez sumergidos en esas aguas pantanosas de desasosiego laboral— infravalorados, infrapagados, infraconsiderados o infrahumanizados? Me cuesta creer que habitemos en esta especie de inframundo, así que para ahondar en cuestión tan relevante, podemos acudir al conocimiento ancestral que atesora el acervo humano.

Ahora que, además de artículos a bajo coste, se importan de Oriente conceptos, religiones y filosofías, me apoyaré en esta corriente pero solo como muleta; evito toda identificación pues si algo predica la actitud oriental es precisamente el desapego. Como reflexiono en mi libro El Jardín del Loco, la etiqueta “budista” (una de las suscripciones más populares, véanse los botones de muestra en el mundo empresarial o en Hollywood) no es sino un aferramiento más, algo que no está alineado con la esencia de budismo, por cierto. Pero no nos perdamos en un silogismo que no viene al caso.

La primera noble verdad y punto de partida del budismo nos viene a decir que “la vida es sufrimiento”. La palabra con la que el Buddha adjetiva a la existencia ya necesita cierta aclaración. Este término es traducción, si no incorrecta al menos sí imprecisa del término dukkha, cuya raíz hay que buscar en la lengua pali. Así, este término tiene un significado bastante amplio y más bien podría interpretarse como decepción, desengaño o desilusión. Asimismo, parece que el término sufrimiento tiene una connotación demasiado emocional, de profundo dolor que el Buddha, heraldo del júbilo y emisario del despertar, quizá no quería emplear con tanta crudeza. Porque al hilo de esta primera parada de nuestra reflexión, no deja de resultar paradójico que el cimiento fundamental de una senda de iluminación, de alegría y de sonrisa de buda orondo, venga referida al lapidario aserto de una vida anclada en un sentido más bien negativo. ¿Podemos estar de acuerdo? ¿La vida es desengaño, desilusión, fracaso, ingratitud…?

Pero permitidme dar un paso al frente. Si en este punto declaro que estoy de acuerdo; ¿qué pensáis? ¿Es la mía una actitud pesimista, desalentadora? ¿Me tomaréis por un cenizo, un agorero, un plomazo, un subversivo? ¿Dónde quedan las habituales consignas de pensamiento positivo, proactividad y buen rollo que nos recomiendan todos los predicadores de hogaño? ¿Están equivocados o hay algo que pasamos por alto? Tampoco hay una escapatoria clara, pues si obviamos este principio nuclear budista –que recuerdo, no era más que un punto de apoyo ajeno a todo proselitismo-; en todo ideario tradicional, religioso o no, la concepción del mundo como valle de lágrimas, irrealidad o maya, trabajo como sudor de la frente o vida entendida como mero tránsito hacia el paraíso (sea comunista o musulmán, el no pain / no gain gimnástico, el Olimpo o el Valhalla, el Nirvana o el Paraíso) resulta tan influyente y de tal recurrencia que no podemos pasarla por alto sin cuestionar las bases de nuestra cultura. Tampoco nos sirve buscar refugio en una visión científica ciega a todo sentido de trascendencia, pues quizá es aún más cruel. Si pretendemos evolucionar como individuos y como sociedad, y la evolución es como esencia y principio la ley del más fuerte, la supervivencia del mejor adaptado, entonces nuestro mundo no es sino expresión del sufrimiento, germinado desde la competición y la lucha constantes, fruto del encuentro de incontables intereses enfrentados. Así, nuestro escenario vital se convierte en jungla donde sobrevivir al grito de sálvese quien pueda.

Vamos a intentar deshacer este nudo gordiano, por lo que debemos ir un poquito más allá en esta senda de destino incierto. Precisamente, comprender que la vida es sufrimiento puede ser la llave para salir del sufrimiento. ¿Es esto posible o, al menos, coherente? Reflexiona unos instantes: si contamos con el desengaño y aceptamos su posibilidad, es cuando resplandece el valor de la amistad. Del mismo modo, precisamente porque conocemos la ingratitud, disfrutamos cuando ocurre la actitud agradecida; porque tenemos hambre, disfrutamos de un opíparo banquete. Ahora, haceos una pregunta muy sencilla: ¿podéis estar alegres, sonrientes y entusiastas las 24 horas del día, 365 días al año? No solo parece inviable, sino que dudo que ni siquiera sea saludable. La vida es una alternancia de luces y sombras, y desde la noche de la decepción apreciamos el amanecer de lo satisfactorio; gracias a nuestra asunción del fracaso podemos dar la bienvenida al éxito.

Si volvemos al punto de partida de esta exposición, cuando alguien me habla del lado oscuro de su empresa –sin poner en duda la justificación de sus argumentos— procuro que al menos ponga en su justa medida la cuestión, que valore con perspectiva su realidad. En este instante se hace necesario introducir una tercera fuerza en el esquema, que sería la voluntad, intención o, si os gusta el término, consciencia. Pues si a toda acción sigue una reacción, tan inevitable es que a mi ordenador le atraiga la fuerza de la gravedad como que permanezca sobre la mesa gracias a la fuerza normal, igual y de sentido contrario, que ésta ejerce. Para romper el punto de equilibrio y poder desplazar el objeto, debemos poner en escena la fuerza que altere el statu quo y podamos abandonar la espiral de la acción/reacción que sin duda anula el avance.

Esta fuerza consciente o voluntad podría muy bien encajar en la definición de asertividad que nos brinda Toni Bassols (psicólogo, mentor y conferenciante): “La insatisfacción laboral puede mermar la asertividad en los componentes de equipos de trabajo, generando distancias cada vez mayores no solo entre ellos sino también con la necesidad de liderazgo». Lo inerte en cuanto a falta de asertividad o voluntad tiende sin duda alguna a la desaparición, nada hay estático en la existencia. Incluso la sólida roca en el acantilado permanece inalterada solo de manera aparente, sometida como está a la acción constante de la erosión de los elementos naturales, que persiguen con certera tozudez su disgregación en granos de arena.

Lo que no crece tiende a morir, no existe un estrato neutral donde permanecer. Eludir el sentido del orden, de lo constructivo, conduce irremediablemente a la entropía, al desorden que conduce en último término a la desaparición.

Porque aceptar el hecho de lo que sucede, por desagradable que pueda ser su naturaleza, es el primer paso para poder cambiarlo, si es que hay que cambiar algo

Y tan importante es ser asertivos y conscientes con nuestro entorno como con nosotros mismos. Porque aceptar el hecho de lo que sucede, por desagradable que pueda ser su naturaleza, es el primer paso para poder cambiarlo, si es que hay que cambiar algo. Tenemos que mirarnos en el espejo para afeitar la descuidada barba de nuestra existencia. Instalarnos en lo negativo y en la insatisfacción es tan estéril, absurdo e irreal como sonreír todo el día y pensar que el cosmos, ocupadísimo en tantas tareas, nos va a procurar un ascenso. Ambos extremos se engendran y anulan mutuamente, lo que no produce ningún desplazamiento real. ¿Qué nos sucede si sucumbimos al canto de sirena de la polarización de la realidad y cambiamos con frecuencia de trabajo? Iniciamos este balanceo de un lado a otro del positivo-negativo cuya resultante también es cero. La resolución inconsciente del conflicto tan solo nos permite huir hacia adelante, como el pollino del relato popular; empeñado en la persecución de la zanahoria cuyo resultado ya conocemos: cuanto más corre, ésta más se aleja. Pues ocurre que siempre podemos ganar más (o menos), siempre podemos estar mejor valorados (o peor), siempre podemos encontrar compañeros más colaboradores (o más cretinos). Donde sea que firmen nuestro contrato, aparecerán las mismas dudas y los mismos inconvenientes, pues residen en nuestro espíritu y son nuestros inevitables compañeros de viaje, e iniciaremos el nuevo movimiento de péndulo, tan repetitivo y monótono como un Bill Murray apresado en El Día de la Marmota.

Como decía Dale Carnegie, “si la vida te da un limón, hazte una limonada”. Disfruta del resplandor de tus ventajas, trabaja sobre la cara oculta de tus carencias e introduce tu consciencia y asertividad en la ecuación para resolver la incógnita. Construye desde tu realidad, observa tus limitaciones y dales la vuelta, desde ahora mismo. No hagas planes para mañana pues, como decía Bond, James Bond, el mañana nunca muere.

Lo que no te dijo el espía es que el mañana nunca muere pues no está vivo. Da hoy, aquí y ahora, tu primer paso de gigante hacia tu voluntad de satisfacción.