Greta - Fernando Savater

Reconozco que siento una especial prevención contra los niños beneficiarios de dotes extraordinarias que pasman a los adultos, sean capacidades artísticas precoces, insólitas habilidades matemáticas o la predisposición poco común a presenciar apariciones de criaturas celestiales. Ya sé que Mozart componía música con pantalón corto, que Pascal reinventó la geometría nada mas caerse de la cuna y que Rimbaud fue un poeta excelso desde su adolescencia. Sigo pensando que esas infancias prodigiosas nos interesan sobre todo porque preludian lo que vino luego, no en sí mismas.

No es que no admire a los niños, todo lo contrario: es que me parecen tan fascinantes que no consiento verles convertidos en adultos egregios en miniatura. Hace muchos, muchos años, toda Francia quedó asombrada ante la aparición de una poetisa extraordinaria de unos ocho años de edad, Minou Drouet. Preguntado por los ávidos medios de comunicación sobre el fenómeno, Jean Cocteau dijo: “creo que todos los niños son geniales… salvo Minou Drouet”. Me repito este dictamen a mí mismo cada vez que toca postrarse según las redes sociales ante algún talento pueril que deslumbra como el sol a mediodía.

La última de estas estrellas infantiles es Greta Thunberg, una muchacha sueca que se ha convertido en algo así como la Minou Drouet de la rebelión ecológica. De una protesta solitaria en el patio del colegio ha pasado a codearse con los líderes europeos y a encabezar manifestaciones multitudinarias formadas mayoritariamente por estudiantes “de siete a setenta y siete años”, como los lectores de Tintin.

A la niña (bueno, la joven, porque aunque de aspecto aniñado ya tiene 16 años) le pasa como a mí, que no sabe nada de ecología, aunque repite lo que ha oído en su casa (pertenece a una familia culta y comprometida, su madre es mezzosoprano y su padre actor) y sobre todo en los programas de televisión. La muchacha puede caer simpática, con su preocupación por la destrucción del planeta y su denuncia de los egoísmos depredadores de las multinacionales que enseguida la han convertido en estandarte de quienes quieren a cualquier precio ese tipo de estandartes. Representa la pureza ingenua de las jóvenes generaciones (¡ah, las jóvenes generaciones!) frente a la corrupta rapacidad de los políticos en los que ya nadie confía, sobre todo si se empeñan en hablarle a la gente de la relación entre los peligros del medio ambiente y el modo de vida de la inmensa mayoría al que ni los que más protestan quieren renunciar.

Creo que la alarma por los daños ecológicos causados por la civilización industrial está bastante justificada, aunque no conozco su extensión ni la urgencia de las medidas que deben ser tomadas para evitarlos. Procuro informarme a través de fuentes científicas contrastadas pero sospecho que en esta palestra compiten los intereses privados que quieren ocultarlo todo con la demagogia que sólo quiere alarmar y crear barullo. En cualquier caso, no pienso que la consideración racional del asunto mejore propiciando una nueva versión de la cruzada de los niños: ya sabemos cómo acabó la otra.

Me parecen tan irresponsables y nefastos los que niegan cualquier peligro en la compleja relación humana con el medio ambiente como los que pretenden que nuestras sociedades no tienen hoy por hoy ningún problema mayor y más urgente. Pero sobre todo abomino de quienes fomentan que niños y adolescentes perfectamente indocumentados (o superficialmente documentados., que es peor) salgan a la calle con pancartas y banderitas como si representaran una conciencia moral superior en lugar de una ignorancia mayor. En los centros escolares debe enseñarse a los neófitos los retos actuales de la ciudadanía, con la mayor objetividad posible, sine ira et studio, como se decía antaño. Deben prepararse para intervenir en la gestión política, no creer que pueden ya sustituir a quienes hoy la ejercen sin más mérito que su buena intención. Greta: ten paciencia y vuelve a clase.