Erase una vez ahora - Jesús Manuel López

Érase una vez un lugar donde Helios alumbró fértil desde el principio de los tiempos por toda su geografía, aunque no de manera uniforme. Hay quien aseveraba que, justo esa circunstancia, le daba a dicho lugar un toque especial dentro de “Euro Occidente”.  Sea como fuere, su historia fue convulsa (¿alguna no lo fue?). Sin embargo, algo debe estar pasando esta última época, después de vivir unas breves más feraces y prósperas.

Cuentan que, hoy, una vez más, sus habitantes viven especialmente desorientados fruto, según algunos y entre otras cosas, de la mala gestión de sus gobernantes y de su falta de autoridad moral

Cuentan que, hoy, una vez más, sus habitantes viven especialmente desorientados fruto, según algunos y entre otras cosas, de la mala gestión de sus gobernantes y de su falta de autoridad moral; pero, según otros y además de eso, de cómo lo asume la ciudadanía. De cualquier forma, parece que estos últimos lustros han visto pasar por sus vidas una nave de panegírico al bienestar y, la ciudadanía, confiada, «pensando que era sólido», se subió a ella; mas, en el mejor de los vuelos, estalló sobre sus vidas, produciendo una situación de sutil depresión en su cotidiana realidad, una niebla de desasosiego y confusión que les ha podido llevar, como defensa, por un lado, a un repliegue hacia sus costumbres, a una posible regresión en sus maneras y, a la vez por otro, a una salida – entre “vengativa” y catártica- contra todo lo establecido (al menos en apariencia).

Dicen que, por ejemplo, en sus calles, se ve gente pidiendo para poder comer como hacía ya muchos años que no se veía; que en las casas de acciones solidarias se congregan una cantidad ingente de personas nunca vista…. Y que muchos de ellos son ¡niños!

Hay un fuerte desánimo porque muchas personas no pueden asegurar, no ya un futuro a medio plazo, sino un literal mañana donde poder trabajar para seguir la digna dinámica de vida familiar y social

Hay un fuerte desánimo porque muchas personas no pueden asegurar, no ya un futuro a medio plazo, sino un literal mañana donde poder trabajar para seguir la digna dinámica de vida familiar y social. Que parte de los jóvenes -por cierto, mayormente bien preparados-, se tienen que marchar del país que los formó en busca de veredas distintas a las que su cultura acostumbraba; y que esto último no supondría gran problema si fuera puro intercambio de experiencias y de personas, como en muchos momentos de la historia ha venido sucediendo. Es decir, no es dinámica de vida y cultura abiertas al mestizaje y el intercambio, sino más bien, huida desde una oferta pasiva  hacia otra de acción más pujante. Y todo esto, ¡oh tristeza!, supondrá aun un mayor envejecimiento en la población y otro posible grave retroceso en el deber ser de su normal evolución.

Cuentan también que, en sus escuelas e institutos, han reducido maestros y profesores; en sus hospitales y casas de salud, médicos y enfermeras.  Que, en sus centros de investigación, han tenido que marcharse científicos refutados a otros lares, porque la ciencia ni gozó, ni goza de buena estrella. Y nada de esto se ha hecho porque una evaluación  de justicia y eficiencia aconsejara algún tipo de reducción, sino porque una gestión  de desequilibrios, caprichos y despilfarros lo ha provocado.

Que los más ancianos se preguntan cómo es posible que muchos de ellos tengan que cuidar -¿eufemismo de alimentar y dar cobijo?- a sus hijos y nietos; ¿qué tipo de sociedad se ha construido capaz de pagar mucho más a un jubilado que a un excelente y bien formado adulto que comienza? Y no precisamente porque se pague de forma exagerada al jubilado –piensan-, sino porque se hace de forma mísera al que tiene la «suerte» de conseguir un trabajo, algo que en su «ley de leyes» es considerado un derecho para poder vivir con dignidad.

En mentideros relatan que cuando se acercan momentos para los ciudadanos donde significar la democracia -quizás la mejor forma que conocen de organizar su común convivencia política-, porque en la cotidianidad apenas se dan dichos momentos y eso a muchos les parece una rémora, los dirigentes se montan la parafernalia, el ritual de aparentes luchas intestinas, simbólicas, más de forma  que de contenido, y llenan la comunicación de vacíos («y tú más», o el «tanto monta»); representan lucha, utilizando los tópicos políticos que inventa la “ola que arrastra”; hacen burdo teatro manejando sentimientos frente a lo razonable e instalando  el cinismo, el victimismo y la demagogia como fundamentos de la dialéctica política: que el fin es el medio, que no importa la estrategia con tal  de un voto. Pero además en ese tipo de comunicación intentan lo peor, intentan robarles la conciencia, neutralizarles los caminos de nuevas formas de acción política, entreteniéndoles con dialécticas para forofos y conduciéndoles hacia sus egotistas y trasnochados delirios. Aunque, bueno…, muchos piensan que, claro, son adultos y, por lo tanto y en todo caso, se dejan conducir, mezcla de comodidad de vida cansina, de ignorancia ancestral, de seguridad grupal y otras causas.

Ha surgido un cansancio en la paciencia y la credulidad, llevando a una parte de la población hacia un murmullo con indicios de cambio

Relatan así mismo que, con ese tipo de conducta en la organización de la vida pública, tan tópica, rancia y endogámica, germina feraz lo corrupto, y quizás por todo ello, ha surgido un cansancio en la paciencia y la credulidad, llevando a una parte de la población hacia un murmullo con indicios de cambio. Y aunque, desde otros asentamientos,  la panorámica de fachada se ve igual, sin embargo, en las casas y en las calles, sus bares y tiendas, se dice, la vida se mueve de otra forma. Mas la memoria –ya se sabe, ante tanto acontecimiento, además de frágil, saturada- y la conciencia –muchas veces manipulada o pasiva- no parece que puedan evitar el que esas dinámicas se vuelvan “lampedusianas”, o tal vez peor, regresivas.

También hay muchas personas que comentan que, con esa vertiginosa rapidez con que se suceden y “lanzan” los acontecimientos, es muy difícil que les dé tiempo al análisis reposado y al sereno pensamiento sobre ellos, de tal manera que les “programan” para -como dijo una de ellas (Steiner)- “un máximo impacto y una obsolescencia instantánea”.

Repiten mucho eso de que no tendrán fácil elegir y adaptarse a los cambios, como nunca lo tuvo nadie. Además, saben, estas épocas de dificultades añadidas, traen demasiado eco y mucho disfraz, y puede confundir el sendero. Por eso –cuentan-, quieren, deben, reforzar la fortaleza, la inteligencia, la honradez, la sensibilidad, la valentía, la esperanza (para no sucumbir al abandono) y, junto con los cimientos que la sabiduría les dio, ejercer el libre albedrío con confianza y «saludando a la vida hasta en el sufrimiento», porque, y siguiendo con un egregio pasado, «el porvenir será generoso si se da todo en el presente» (Camus).