El populismo - Javier Mina
Pintada en Pasajes de San Pedro (2016)

La relectura de Los restos del día (1989) depara una curiosa sorpresa. Puede que, a poco de publicarse, lo más destacable de la novela fueran los infructuosos amores -por no declarados- entre el mayordomo Stevens y miss Kenton, el ama de llaves, no en balde el libro surgió en plena década del yo, con lo que las pinceladas que ofrece sobre el contexto histórico, apenas servían para aportar colorido exótico.

Pintada en Lezo (2005)

No pasaba de resultar chocante que un noble inglés, lord Darrington, removiese Roma con Santiago en nombre de los principios aristocráticos para que Alemania viera suavizado el trato impuesto por Versalles: un caballero inglés no podía soportar que se maltratara al enemigo derrotado. Para su oprobio y desdicha, el aristócrata compasivo acabará convirtiéndose en el tonto útil empleado por Alemania para mejorar su imagen internacional al conseguir, gracias a la disponibilidad del insensato prócer, buenos contactos entre la élite británica. Debido a las repetidas intrigas, desfilarán por Darrington Hall muchos notables de la época, entre los que se cuentan lord Halifax, Anthony Eden o von Ribbentrop. Y todo parece quedar ahí, en una rareza digna de los gabinetes de mirabilia: la del coqueteo de muchos integrantes de la prominencia británica con el nazismo.

Pintada en el barrio donostiarra de Amara (2017)

Ni que decir tiene que lord Darrington lo pagará caro. Aparte de verse condenado al ostracismo por su ignominia, somatizará la vergüenza sin que el arrepentimiento por su idiotismo sirva para aminorar la decadencia física que arruina su cuerpo. Tanto más cuanto que no considera que se haya equivocado en lo esencial -obrar de acuerdo con el código caballeresco-, más bien se culpa por no haber sabido calibrar que sus principios morales no servían para cruzar determinadas ciénagas en las que sólo era de rigor la utilitarismo, donde la política significaba la derrota de la ética o, como mínimo, el apartamiento de la misma con el amargo añadido de que no estar al tanto de las reglas del juego podían convertir al sujeto en un no sujeto, esto es, en un juguete en manos de los expertos.

¿La historia se repite?

Pintada en el barrio donostiarra de Gros (2018)

Treinta años después y debido precisamente a lo que podría considerarse un cambio del paradigma político, ciertas páginas de la novela de Kazuo Ishiguro adquieren extraño brillo. Lo que en los 80 y 90 pudo parecer simplemente anecdótico, a saber, las observaciones de algunos de aquellos “distinguidos caballeros”, entre los que se encontraba evidentemente el propio lord Darlington, acerca de la necesidad de un gobierno de los mejores frente a un modelo democrático que consideran agotado e inútil para afrontar los retos del s. XX, se convierte ahora en un asunto de suma actualidad. Por los tiempos en que el libro fue escrito se consideraban abolidos los populismos generalizados y letales de los años 30 sin que se dieran ecos de los mismos en ningún país del mundo en cuanto la URSS dejó de existir (China adoptó un modelo híbrido que prescindió de movilizar a las masas y contar demagógicamente con ellas mientras que el caudillismo de países en desarrollo gobernó oligárquica y con frecuencia tiránicamente, pero sin el pueblo).

La puesta en causa de la democracia planteada por los personajes de Ishiguro proporciona alguna pista sobre la extraña actualidad de aquellos discursos, no en balde la entonan ahora mismo los coros de ranas del populismo internacional. De hecho, se trata de la condición sine qua non para el pensamiento populista. A partir de ahí puede ocurrir que el populismo se ofrezca como garante de una democracia mejorada, sin explicar nunca en qué consiste ni mediante que vías se alcanzará, o, por el contrario, que plantee una congelación de la misma, si no es que opta por reducirla a una parodia formalista -elecciones trucadas, parlamentarismo amordazado, etc.- en nombre de un caudillismo redentor y paternalista, como no resulte que todas esas variantes concurran con proporcionalidad diversa en las políticas en marcha.

“Somos semilla de revolución”, Intxaurrondo (2018)

Bolzonaro, Orbán y Maduro serían buenos ejemplos de la modalidad más extrema, en tanto que tigres de papel como Iglesias y Torra encabezarían el ranquin de suministradores de democracia en un país que es el nuestro y que, a su juicio, andaría escaso de tan escurridiza sustancia, tanto que ni siquiera se les permite expresarse o cometer tropelías contra ella y el Estado de Derecho, como hacen los entregados al delirio independentista.

 Regreso al futuro

Los contertulios de Darrigton Hall, por su parte, consideraban inoperante la democracia porque sostenían que no se pueden poner los destinos de las naciones en manos de las masas -el sufragio universal, sería la herramienta de acceso al poder de la gente de a pie- debido a su incompetencia intelectual como individuos. Los mejores, en cambio, están sobradamente preparados y, como conocen los entresijos socioeconómicos y políticos, son los únicos capacitados para regir los destinos de la patria. Sólo que hay trampa. Quienes así se expresan lo hacen únicamente en privado porque, en última instancia, necesitan a unas masas cuanto peor preparadas, mejor. Puede parecer paradójico pero el ascenso al poder de los partidos aristocráticos en la Europa de comienzos del s. XX fue posible implicando a las masas, convirtiéndolas en causa necesaria, aunque no suficiente, para modificar el statuo quo. Y eso es cierto para la Rusia zarista, la Italia de Víctor Manuel y la Alemania de Weimar. De ahí que los partidarios de gobiernos aristocráticos menosprecien únicamente al pueblo fuera de foros y micrófonos porque, en última instancia, la voluntad absolutista que subyace a sus planteamientos defiende la vieja máxima de todo para el pueblo, matizada en este caso por la adición del con -todo con el pueblo-, pero sin el pueblo. En este sentido Lenin, Mussolini y Hitler lo bordaron al utilizar todas las triquiñuelas posibles para asegurarse la voluntad de la mayoría, fundamentalmente de clase salpicada, en el caso germano, de las correspondientes gotas de sangre ancestral, no en vano Hitler creó un artefacto denominado nacionalsocialismo cuyas raíces racistas –Blut und Boden– perpetrarían el asesinato a escala industrial. El dictador nazi ofreció toda una lección a la hora de captarse a las masas mediante procedimientos propagandísticos, lo que no excluye que utilizara el palo contra los socialdemócratas desafectos y posteriormente las cámaras de gas contra las razas que consideraba indignas y peligrosas.

Cartel en el barrio donostiarra de Eguía (2017)

Pues bien, por extraño que parezca ese mundo que sucumbió junto a los totalitarismos ha vuelto. No literalmente, pero flotan en el aire los mismos miasmas que los hicieron posibles. Al igual de lo que ocurrió en los albores del s. XX se ha creado una atmósfera de insatisfacción vital. Con una diferencia, entonces se limitó a las clases altas y determinados sectores intelectuales: el mundo iba mal, se estaban sustituyendo los grandes valores por un burdo materialismo -sólo contaban las satisfacciones materiales (entre quienes podían permitírselas, claro)- y era necesaria una catarsis universal, por lo que muchos aplaudieron que estallara la Gran Guerra. Una vez sembrada de cadáveres, Europa contuvo el aliento. A excepción de Rusia, donde aquellos cambios tendentes a modificar, no sólo las conciencias, sino la textura social y productiva, en una palabra, a producir un hombre nuevo libre de las ataduras económicas y sociales, se convirtió en el faro que deslumbraría incluso a los bienintencionados hasta el punto de no dejarles ver que se trataba de un fiasco y que aquel supuesto proletariado triunfante seguía satisfaciendo malmente sus necesidades más elementales y se veía coaccionado por un sistema que hacía buenas las otrora criticadas libertades permitidas -otorgadas- por el zarismo. El modelo soviético, menos en sus expresiones concretas que en la voluntad general cuajó, a su manera, en Italia y Alemania, como clara expresión de un populismo elevado a su máxima potencia.

Hoy ocurre tres cuartos de lo mismo. Se da una manifestación generalizada de descontento vital muchas veces sin razón y en no pocas ocasiones debido a razones impostadas. Cierto, España no va del todo bien, existen déficits de orden socioeconómico: demasiado paro juvenil, discriminación laboral entre hombres y mujeres, problemas para acceder a viviendas dignas (agravado por burbujas coyunturales: pisos turísticos, fondos buitre…), desigualdades en el reparto de la renta -sectoriales, territoriales-, etc. Pero las distintas manifestaciones del populismo hacen tabula rasa de los logros -primeros puestos en los ránquines de igualdad (quinta del mundo) y democracia (puesto 19 de 167 en la lista de The Economist), longevidad -segundos del planeta- baja criminalidad, etc.- para dibujar un país dantesco: ausencia de democracia -lo dicen Podemos y los supremacistas catalanes-, machismo inveterado y galopante -lo sostienen ciertos sectores feministas apuntando a un abismo de pérdidas de derechos y estratosféricas cifras de malos tratos (cuando España está por debajo de países más desarrollados y líderes del bienestar social)-, ataques a la inmigración (cuando ahora mismo es el país que más recibe y mejor los trata dentro de lo posible) y un infierno para animales de distinto tipo, no en balde se trata de un país tan bárbaro que hace del toreo su fiesta nacional.

“El feminismo parará al fascismo”, pintada en La Latina, Madrid (2018)

El propósito es construir un enemigo más o menos a bulto -España como país opresor hacia sus supuestas nacionalidades, España como reducto del franquismo ergo contrario genéticamente a la democracia, etc.- a fin de crear la solución que se tiene preparada de antemano, en la idea de que una vez se posee la solución hay que aplicarse con toda energía a crear el problema. Y aquí es donde el populismo se lleva la palma no sólo por ofrecerse como alternativa al país corrupto, antidemocrático e inane que sería España -según Podemos; para Vox se trataría de un país que no deja que circule la mejor savia: la representada por sus simpatizantes-, sino porque se ha infiltrado incluso en el funcionamiento de los llamados partidos históricos. El colmo es cuando o bien se declara que España es un país fascista (eso sí quienes lo vocean viven perfectamente protegidos por un Estado de Derecho que a veces hasta subvenciona sus salidas de tono) o bien se considera fascista a quienes no son como uno, conducta en la que incurren formaciones como PSOE, Podemos, IU, Bildu y, sorprendentemente, unos independentistas catalanes cuya ideología y métodos son objetivamente próximos al nacionalsocialismo del señor Adolfo Hitler, incluidas las fuerzas de choque (“Apreteu!”). Pero es que además están las maneras.

Concluyendo

La partitocracia suele encumbrar a los afines a la corriente de turno -ni siquiera a los mejores- creando la falacia de que la maquinaria funciona gracias a las bases del partido, siendo más verdad que ocurre al revés: todo se organiza de arriba hacia abajo, aunque, eso sí, envolviendo el caramelo en suave cobertura paternalista. De este populismo de grado cero hay notables y variados ejemplos. Sánchez dio su golpe de estado interno apelando populistamente a las bases, la jugada le salió mal, pero, a partir de ahí, hace y deshace a su guisa -la de Sánchez- mientras las adormece asegurando que, en realidad, no hace sino expresar su voluntad -la de las bases- ya que, gracias a la comunicación hipostática que mantiene con ellas sabe lo que quieren mejor que ellas. Si no se atiene escrupulosamente al resultado de las primarias internas es por su bien. Esquema al que también se pliegan los Ciudadanos de Rivera.

¿Y qué decir de Pablo Iglesias? Mientras el presunto adalid de la voluntad del pueblo exhibía en público una autocrítica no se sabe si más risible que patética, se estaba saltando a la torera los votos de las bases de su partido en vistas a la confección de las listas electorales. Claro que, para Podemos eso no es sino la punta del iceberg de un populismo que funciona exactamente bajo los auspicios del tristemente célebre centralismo democrático ideado por Lenin. El recién llegado Vox nace bajo el corte de sastres tan prestigiosos como Trump o Marine Le Pen incurriendo en una visión catastrofista de una realidad necesitada de savia nueva, aunque resulte tan vieja como la que circulaba por los salones de Darlington Hall.

El PP, por su parte, trata de limar las facetas más ásperas de este neopopulismo patricio buscando tapar las constantes fugas de votos con un golpe de timón a la derecha (que no a estribor), aunque hay que reconocerle que, en su vocación de partido de orden -y algo más- nunca ha metido a las masas en la ecuación, pese a llevarlas en el nombre: más bien ha funcionado de acuerdo con planteamientos oligárquicos. Conclusión, el populismo se ha infiltrado en la sociedad tanto vertical -preside el funcionamiento de partidos y organismos diversos- como horizontalmente: abarca a buena parte del espectro político -eso sí, en grado diverso- y parece haberse convertido, por lo geográficamente extendido que se encuentra, en Patrimonio de la Humanidad. Bajo su expresión más extrema conduce a un caudillismo que se burla del Estado de Derecho y, a base de carisma y paternalismo, minoriza a los ciudadanos retrotrayéndolos a la condición de súbditos haya o no haya un soporte de raigambre totalitaria que los encuadre.

Mr. Stevens, el mayordomo de lord Darlington asimiló bien el destilado de la mansión: “Después de todo, las posibilidades de la gente corriente para aprender y saber son limitadas, y exigir que cada cual participe con sus ideas bien fundadas en los grandes debates de la nación denota poca cordura”. La coartada está servida: de ahí a prescindir del vulgo va un paso, que se franqueará, populismo obliga, amparado en la falacia de que todo se hace de acuerdo con la voluntad popular y en aras de la salvaguarda de sus derechos, intereses y necesidades. Entonces el vulgo o populacho se convierte en el pueblo, una sustancia cuasi mística. La popularización de internet, una herramienta desconocida no sólo en tiempos de lord Darlington sino también cuando Ishiguro escribió su novela, simplemente añade ingredientes a la salsa por la vía de hacer creer que sí, que todo el mundo es competente en cualquier tema, que todas las opiniones son válidas, aunque eso sí, por mucho que el ciudadano crea falsamente tener ideas bien fundadas sobre los grandes debates, el populismo comme il faut, le dejará que siga creyendo que es el colmo de la competencia incluso en temas como la materia oscura. Si acaso hasta lo intoxicará en ese convencimiento y forzará sutilmente sus opiniones mostrándole una realidad que no se compadece con los hechos, por bronca, dantesca y catastrofista, redondeando la operación con todo el azúcar que convenga para que cada individuo se crea tocado personalmente por la varita, verbigracia, de Trump.