Presidencialismo - Jorge Sanchez de Castro

En el inaudito libro de Carlos Martínez Gorriarán La democracia robada. Éxito y fracaso de UPyD, descubro que el germen del partido fue una iniciativa en internet allá por el año 2007 llamada Plataforma Pro, cuyo objetivo era debatir la fundación de un nuevo partido nacional con seis propuestas de partida.

Quiero llamar la atención sobre dos de ellas: “Promoverá la reforma de la Ley Electoral para impedir el peso excesivo de los nacionalismos periféricos y las distorsiones que imponen al sistema constitucional y a la voluntad ciudadana expresada en las elecciones (…)” y “Será una alternativa al sistema actual de dos partidos nacionales antagónicos y obligados a aliarse con partidos regionales o separatistas para conseguir mayorías parlamentarias”.

En estos deseos podemos decir que coincidían con otras tantas iniciativas políticas que aspiraban a sustituir a los nacionalistas periféricos como bisagras del bipartidismo, desde el CDS de Suárez hasta la” Operación Roca I”, pasando por la “Operación Roca II”, esto es, el C’s de Rivera y Arrimadas (ver página 12 del libro de Gorriarán).

Y es que si la historia política de la Transición se ha hecho desde muchos puntos de vista, quedaría uno pendiente, pues la historia del régimen político del 78 cabe hacerla siguiendo el rastro de la suma de los intentos (fallidos) por neutralizar desde dentro los efectos corruptores y disgregadores derivados de sus estructurales fallos constitutivos.

Durante decenios se ha dado la paradoja de que los mejores elementos del cuerpo político se han devanado los sesos para apuntalar un edificio cuya armadura no parecían advertir que está viciada desde su origen.

El testimonio escrito del señor Gorriarán tiene una virtud esencial de la que no sé si es del todo consciente: certifica que es imposible la reforma interna del sistema. Y no puede ser de otra manera porque cuando la arquitectura constitucional amenaza ruina desde su mismo diseño no hay bálsamo de Fierabrás ni de UPyD ni de C’s que pueda remediarlo.

Esta evidencia será más evidente que nunca dentro de pocas semanas cuando se compruebe que Ciudadanos, el último experimento para construir un partido antinacionalista que sostenga al binomio socialistas-populares, será incapaz de dar estabilidad al Ejecutivo como consecuencia de un Parlamento extremadamente fragmentado.

El “pentapartito” de Craxi y Andreotti (1981-1991) que provocó la implosión del sistema político italiano resultante de la Segunda Guerra Mundial, no será nada comparado con el “multipartido” que se encargará de mantear al próximo “Presidente Pelele”, pues ni Sánchez ni Casado ni Rivera serán Presidentes, sino Dº Pelele, el muñeco de carne y hueso que será zarandeado por un grupo de mercaderes bulliciosos venidos de toda España y concentrados en Madrid con periodicidad variable para celebrar un carnaval en el Congreso de los Diputados a costa de los contribuyentes, ¿pues acaso saben éstos que a EH Bildu, PNV, ERC, Compromís o Podemos les financian ellos, y sólo en segundo lugar a gran distancia recaudatoria las tramas corruptas de toda condición?

la pesadilla de los ocho meses del “Gobierno-Decreto” de Sánchez nos permiten augurar próximas tardes de bochorno

El presente político de España también coincide con el que vivió Francia durante la IV República (1946-1958). Todavía no hemos sufrido lo que ocurrió en 1954 en el país vecino cuando fueron necesarias trece votaciones para que el Poder Legislativo se pusiera de acuerdo en elegir a René Coty como Presidente de la República, aunque la pesadilla de los ocho meses del “Gobierno-Decreto” de Sánchez nos permiten augurar próximas tardes de bochorno similares a las padecidas por los franceses a mediados del siglo pasado. Sin embargo, no traigo a colación la Francia de la IV República para compararla con el momento español, sino para recordar cómo lograron eliminar el bloqueo institucional y la parálisis del Poder Ejecutivo.

Al otro lado de los Pirineos sustituyeron el régimen parlamentario que dejaba al Primer Ministro al albur de los caprichosos intereses particulares de los distintos partidos representados en el Parlamento, por el democrático procedimiento de que fuera el pueblo quien eligiera de forma directa al Presidente de la República.

Sesenta años después de la fundación de la V República francesa, con el país sumido en la gravísima crisis social de los llamados “chalecos amarillos”, la única institución que conserva su prestigio es la elección del Presidente de la República por sufragio universal.

Por supuesto que cambiar aquí el parlamentarismo actual por un sistema presidencialista exige modificar la Constitución

Por supuesto que cambiar aquí el parlamentarismo actual por un sistema presidencialista exige modificar la Constitución. El panorama político del país lo lleva exigiendo años, pero la extrema división del próximo Parlamento, donde el partido más votado difícilmente obtendrá el 30% de los escaños (105 de 350), nos permitirá de una vez por todas levantar el velo de un sistema político que ya no es más que una sociedad de socorros mutuos entre oligarquías de partido.

Todos los intentos habidos hasta el momento por cambiar el sistema (véase UPyD) abogaban por una genérica reforma constitucional. Y todos fracasaron porque no ha habido ni un partido ni un político con el suficiente liderazgo para concretar una propuesta presidencialista y defenderla en las instituciones apoyado en un mandato popular. Es decir, en España no ha habido en cuarenta años alguien como De Gaulle.

Por tanto, habrá que hacerlo al revés. Se necesita un movimiento como el que dio origen a UPyD, la famosa “Plataforma Pro”, que de forma sencilla explique las causas originales por los que el sistema político ha colapsado y justifique por qué sólo un régimen presidencialista puede librarnos de la barbarie que se cierne.

A través de esa Plataforma Pro bis se iría perfilando un proyecto de nueva Constitución presidencialista, antioligárquica y representativa, que por inercia generará un órgano o instrumento político capaz de llevar la propuesta a las instituciones y haría surgir a los líderes capaces de defenderla.

el presidencialismo es perfectamente compatible con la Monarquía

Así, donde no hay un De Gaulle, los ciudadanos comprometidos con la libertad y el bien común del país llegarán a la misma meta que logró alcanzar aquél hombre de Estado francés. Para empezar el debate me atrevo a introducir dos conceptos que descartan cualquier veleidad excéntrica o aventurera en la propuesta: defiendo un sistema de elección del Presidente a doble vuelta idéntico al que ha sido probado con éxito en Francia, y el presidencialismo es perfectamente compatible con la Monarquía.