El platonismo es un feminismo - Pedro Insua

Puesto que la mujer tiene derecho a ir al patíbulo, debe tener igualmente el de ocupar la tribuna” (Olimpia de Gouges)

La relación entre la educación y el Estado es, desde luego, un tema clásico en la tradición filosófica ya desde la República platónica. Precisamente nada menos que el mito de la Caverna es una alegoría que habla, así se ha interpretado muchas veces, de las conexiones entre la educación y el Estado[1], entendiendo que la “vuelta a la caverna” es un movimiento interno del conocer mismo, pero cargado de sentido político, de tal manera que política y gnoseología no aparecen yuxtapuestas en el platonismo, sino que son momentos del mismo proceso dialéctico.

Tanto la República como Las Leyes centran en, diríamos, el plan de estudios el motor de transformación social

La filosofía platónica es así concebida como comprometida, implantada políticamente, frente a una concepción gnóstica o estilita (por ejemplo neoplatónica) que vería, precisamente, como innecesaria esa “vuelta a la caverna”. Y es que tanto la República como Las Leyes centran en, diríamos, el plan de estudios (lo que los medievales llamarán ratio studiorum) el motor de transformación social, revolucionaria si se quiere, por el que la ciudad enferma (corrupta, degradada) se pueda volver sana (la Kalípolis platónica). Una transformación regenerativa que tiene su base en la educación y que llevaría a las ciudades, con su esmero y cuidado calculado, a un nuevo auge.

La clave de la degeneración la sitúa Platón de nuevo en la educación, o más bien en la ausencia de la misma

De la misma manera, en el análisis que elabora Platón acerca de las causas de la decadencia de los principales sistemas políticos, así el ateniense como el persa (Libro III de Las Leyes), la clave de la degeneración la sitúa Platón de nuevo en la educación, o más bien en la ausencia de la misma, haciendo interesantes observaciones sobre la “ineducación licenciosa[2] de los príncipes persas en el seno de la corte, y sobre el “exceso de desobediencia” practicada en la “libre” y “democrática” Atenas, empezando por la desobediencia hacia las leyes de la música (“dijeron mentirosamente que la música no tiene reglas[3]). De hecho, la Academia es una institución paraestatal, con la que se busca “proteger” los estudios filosóficos (ver Luciano Canfora, Una profesión peligrosa, ed. Anagrama, 2002) de las agresiones que pudieran proceder de la ciudad (tras la ejecución de Sócrates), pero con visos a que de su interior salga la solución, por la vía del gobernante-filósofo, para que, insistimos, las ciudades enfermas (degeneradas) terminen siendo transformadas en ciudades sanas (regeneradas).

Ahora bien, en el libro V de la República, Platón plantea, a propósito de la educación de los “guardianes”, una cuestión fundamental que, en general, entre los comentaristas modernos ha pasado bastante desapercibida (no así entre los antiguos, desde el propio Aristóteles hasta Averroes), y es la de si en la formación musical y gimnástica -los dos géneros de disciplinas en las que están contenidas, a su vez, todas las demás (geometría, armonía, astronomía, lógica, etc) en las que se tienen que formar los “guardianes” y los futuros “gobernantes”-, deben participar también las mujeres.

Así, dirá Platón: “¿Creemos que las hembras de los perros guardianes deben vigilar igual que los machos y cazar junto con ellos y hacer todo lo demás en común o han de quedarse en casa, incapacitadas por los partos y las crianzas de los cachorros, mientras los otros trabajan y tienen todo el cuidado de los rebaño?

– Harán todo en común –dijo-[…]

– ¿Y es posible –dije yo- emplear a un animal en las mismas tareas si no le das también la misma crianza y educación?

– No es posible.

– Por tanto, si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que a los hombres, menester será darles las mismas enseñanzas” (República, libro V, 451d-e, pp. 263-264, Alianza editorial).

La respuesta de Platón, como vemos, es terminante: sí, harán todo en común y no permanecerán confinadas en el ámbito del hogar, digamos, con la “pata quebrada”.

No hay ninguna razón que justifique la exclusión de la mujer del desempeño de cualquier cargo o profesión, en igualdad de condiciones con respecto al hombre, razonará Platón enseguida

No hay ninguna razón que justifique la exclusión de la mujer del desempeño de cualquier cargo o profesión, en igualdad de condiciones con respecto al hombre, razonará Platón enseguida. Sus naturalezas diferentes (el dimorfismo sexual, diríamos en términos modernos) no justifica para nada un comportamiento social, político o profesional, diferente y, por lo tanto la educación ha de ser la misma para mujeres y para varones. Solo si hubiera alguna diferencia patente en su distinta naturaleza que obligase a reconocer una división sexual del trabajo hablaríamos, entonces, de una distribución de tareas distinta por sexo. Pero esto, por lo menos en relación a los cargos políticos, de dirección (gobernantes) y defensa (guardianes) del Estado, no ocurre:

“- Por consiguiente –dije-, del mismo modo, si los sexos de los hombres y de las mujeres se nos muestran sobresalientes en relación a su aptitud para algún arte u otra ocupación, reconoceremos que es necesario asignar a cada cual las suyas. Pero si aparece que solamente difieren en que las mujeres paren y los hombres engendran, en modo alguno admitiremos como cosa demostrada que la mujer difiera del hombre con relación a aquello de que hablábamos; antes bien, seguiremos pensando que es necesario que nuestros guardianes y sus mujeres se dediquen a las mismas ocupaciones” (República, libro V, 454e, pp. 268-269, Alianza editorial).

No hay razón, en definitiva, para excluir a la mujer de su integración en ese plan de estudios a través del cual se busca la regeneración del Estado (solo desde el punto de vista del dimorfismo sexual la naturaleza de la mujer es algo más débil en corpulencia, hablando en general, pero ello no implicaría, ni mucho menos su exclusión del cursus honorum: sería ello tan arbitrario como excluir a los calvos, o a los de ojos azules, etc…): “-Por tanto, amigo, no existe en el regimiento de la ciudad ninguna ocupación que sea propia de la mujer ni del varón como tal varón, sino que las dotes naturales están diseminadas indistintamente en unos y en otros seres, de modo que la mujer tiene acceso por su naturaleza a todas las labores y el hombre también a todas; únicamente que la mujer es algo más débil que el hombre” (República, libro V, 455d, pp. 270, Alianza editorial).

Una discusión, la que aparece en el libro V de la República, que, creemos, zanja la cuestión sin que se haya dicho nada nuevo, ni mejor, hasta ahora

No creemos, si se nos permite, que las discusiones sobre este asunto hayan dado un paso más allá, en cuanto a su definición esencial, de lo afirmado por este feminismo platónico, y que Platón obtiene probablemente por influencia lacedemonia o espartana (ver Jenofonte, Constitución de los lacedemonios). Una discusión, la que aparece en el libro V de la República, que, creemos, zanja la cuestión sin que se haya dicho nada nuevo, ni mejor, hasta ahora.

Otra cosa es que la historia social y “de las mentalidades” haya ido por otros derroteros distintos de los que, por lo menos en esto, marcaba Platón.

[1] Y a continuación -seguí-, compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza. Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea […]” (Platón, La República, Lib. VII)

[2] Platón, Las Leyes, Lib. II, 695 b

[3] Platón, Las Leyes, Lib. II, 700 e