De Zapatero a Polonia - Carlos Martínez Gorriarán

Polonia ha sido noticia reciente por un nuevo abuso de su gobierno populista y xenófobo (con perdón por el pleonasmo): una ley sobre la historia oficial que prohíbe utilizar expresiones como “campos polacos de exterminio” para referirse a Auschwitz, Treblinka, Sobibor y otras fábricas de genocidio industrial donde se consumó la Shoah y murieron y ardieron millones de personas, sobre todo judíos pero también muchísimos gitanos, rusos y eslavos, homosexuales y enemigos políticos de los nazis.

Sin embargo, y diga lo que diga la nueva ley polaca, no sólo esos campos estaban físicamente ubicados en Polonia, lo que podría ser mero accidente, sino que es un hecho no menos documentado y físico que muchos polacos colaboraron voluntariamente y con entusiasmo en la persecución, matanza y entrega a los nazis de sus desventurados millones de conciudadanos judíos, que no aceptaban como polacos. Incluso hubo pueblos donde los propios vecinos se adelantaron a los alemanes asesinando a todos sus judíos antes de ser ocupados por las tropas hitlerianas. En resumen, el antisemitismo más feroz formaba parte antigua y arraigada de la mentalidad de muchos polacos tradicionalistas, como también de muchos ucranianos, húngaros o bielorrusos (ya que hablamos de historia, no vendrá de más recordar que el único país ocupado por Alemania que se movilizó con éxito para salvar a sus ciudadanos judíos fue Dinamarca).

¿Leyes de “memoria histórica”?: imposible falacia

España tiene el triste honor de haber iniciado el fenómeno en las democracias occidentales

La razón para aprobar una ley tan disparatada, que en realidad confirma la subsistencia del antisemitismo en Polonia pese al práctico exterminio del judaísmo en aquel país, no es otra que el intento del populismo que gobierna Polonia de imponer una historia oficial única al servicio de su pensamiento político. No es ni mucho menos un caso exclusivo ni aislado, sino que los partidos populistas y los gobiernos autoritarios de otros países –por ejemplo, el de China o Cuba- también han adoptado estrategias parecidas, que podemos resumir así: imponer por vía legal una versión ideológica de la historia convertida en doctrina oficial. España tiene el triste honor de haber iniciado el fenómeno en las democracias occidentales.

Una de las iniciativas de Rodríguez Zapatero fue la Ley de Memoria Histórica. No por casualidad coincidió con el giro populista del PSOE, ahora aún más acusado con Pedro Sánchez

Como todos recordamos aunque no lo ordene la ley, una de las iniciativas de Rodríguez Zapatero fue la Ley de Memoria Histórica. No por casualidad coincidió con el giro populista del PSOE, ahora aún más acusado con Pedro Sánchez y la competencia electoral con Podemos. Prueba de esto es que el Grupo Parlamentario Socialista haya presentado en el Congreso de los Diputados una ampliación de la Ley de Memoria Histórica que endurece sus exigencias y pretende un control aún más estricto de los relatos y opiniones históricas. Los socialistas han elegido ese terreno, el de la imposición por vía legal de una historia oficial, para disputar el electorado a Podemos.

El concepto mismo de “ley de memoria histórica” es un dislate. En primer lugar, porque ninguna ley puede regular la memoria, que es un depósito de recuerdos privado, dinámico y creativo (como todos sabemos, la memoria juega muchas malas pasadas); en segundo lugar, porque la memoria es cualquier cosa menos histórica por su carácter subjetivo, que choca con la historia como narración de hechos objetivos e interpretables desde diferentes puntos de vista (incluyendo, por supuesto, sesgos ideológicos).

El pretexto de la ley socialista es preservar la memoria de los represaliados por el franquismo y especialmente por las víctimas republicanas de la Guerra Civil y la dictadura posterior. El hecho es que quedan pocas víctimas vivas de la guerra (salvo que ampliemos la categoría con sus descendientes biológicos e ideológicos), y que lo que tenemos de su memoria, y es mucho, viene transmitido por libros, películas y documentos de todo tipo, incluyendo los relatos orales en reuniones sociales y familiares; ambas ramas de mi familia, por ejemplo, sufrieron la Guerra y posguerra en el bando republicano, el de los derrotados, y aunque se hablaba poco y con miedo de la guerra y posguerra, algo llegaron a contarnos, como en centenares de miles de familias tanto republicanas como franquistas, o mixtas. Con la democracia esta memoria no corría peligro alguno, si acaso el de la exageración y la sobreabundancia –por ejemplo en ciertas películas no precisamente muy rigurosas históricamente hablando, aunque sí revanchistas-, de modo que el pretexto expreso de la Ley oculta una intención implícita muy diferente.

Como quiera que Franco murió hace 43 años, y su régimen dos años después, el efecto de este relato es resucitar al franquismo y Franco como agentes políticos vivos y coleantes a derrotar de una vez por toda

En primer lugar, crear un relato oficial convertido en historia protegida legalmente. Dicho relato es, esencialmente y en segundo lugar, una reelaboración actualizada del antifranquismo tradicional convertida en ley. Ofrece una nueva representación de la Guerra Civil como un conflicto no resuelto entre democracia y fascismo, que sólo resolverá la derrota completa del franquismo. Pero como quiera que Franco murió hace 43 años, y su régimen dos años después, el efecto de este relato es resucitar al franquismo y Franco como agentes políticos vivos y coleantes a derrotar de una vez por todas.

El disparatado irracionalismo de esta pretensión no es menor que el de la Ley polaca que pretende prohibir hablar del antisemitismo polaco y la complicidad en el genocidio nazi precisamente cuando el judaísmo ha sido casi erradicado de aquel país, con el efecto de resucitar no a los judíos exterminados, sino el antisemitismo.

¿Proteger la memoria? ¡No, gracias!

La idea de proteger la memoria acerca de algo mediante una Ley es siempre arriesgada. El precedente que suele citarse es la legislación alemana –con leyes parecidas en muchos otros países occidentales- que prohíbe la negación de los crímenes nazis, y especialmente del genocidio industrializado, considerando que la negación es una forma encubierta de apología del crimen y una nueva victimización de las víctimas.

Dicha legislación tenía mucho sentido como prevención de la resurrección política de un nazismo lavado de cara y despojado de su naturaleza criminógena, y como reparación moral parcial del daño irreparable sufrido por las víctimas. Parece demostrado que otros países agresores que no han querido imitar el ejemplo alemán, como Italia y particularmente Japón, no han podido ni sabido prevenir mejor la reivindicación revisionista del fascismo italiano, o la aún más grave del criminal imperialismo militar japonés, que ha dejado heridas imperecederas en su relación con China, Corea o Filipinas debido al salvajismo de la ocupación militar.

No deja de resultar elocuente que la exagerada y restrictiva prudencia a la hora de reconocer legalmente a las víctimas del terrorismo, y en particular de ETA, diluyendo su persecución en un rechazo a la violencia en general, o limitando el estatuto de víctimas a los asesinados y sus parientes directos, haya desaparecido por completo en la teoría de la “Memoria Histórica

Pero las leyes de memoria histórica española y polaca no pretenden, o pretenden tan sólo como pretexto dirigido a los más ingenuos e ignorantes, reparar la memoria dañada de víctimas de una injusticia radical, la del exterminio, que sin duda debe ser conocida y enseñada. Más bien buscan una monumental manipulación política, trayendo al presente un aspecto parcial del pasado convertido en centro de la actualidad. No deja de resultar elocuente que la exagerada y restrictiva prudencia a la hora de reconocer legalmente a las víctimas del terrorismo, y en particular de ETA, diluyendo su persecución en un rechazo a la violencia en general, o limitando el estatuto de víctimas a los asesinados y sus parientes directos, haya desaparecido por completo en la teoría de la “Memoria Histórica” para las “víctimas de la dictadura” franquista, ampliando el concepto de modo que víctima del franquismo pueda serlo moralmente cualquiera que lo reclame.

Para los nacionalistas polacos, la imposición de una verdad histórica oficial (un imposible lógico) persigue la negación del hecho probado de que el antisemitismo tradicional de su país cooperó voluntariamente con los nazis en el holocausto judío. Tal negación también se justifica como una restauración del honor colectivo, pero el resultado es el de representar a Polonia como un país rodeado de enemigos y odio extranjero a su gloriosa historia y tradiciones, alentando un nacionalismo agresivo y supremacista (otro inevitable pleonasmo).

Derrotar ahora a Franco no sólo entretiene, impide hablar de problemas reales

En el caso del populismo español de izquierda, sea el del PSOE o el de Podemos, además calcado al de los nacionalistas separatistas de todo pelaje, se trata de resucitar al franquismo como útil “hombre de paja” al que lanzar aguerridas lanzadas, desviando la atención pública de los problemas de fondo que son incapaces de solucionar (porque de hecho forman parte del problema), de la corrupción política o el paro estructural al golpismo separatista. Derrotar ahora a Franco no sólo entretiene, impide hablar de problemas reales.

Por si fuera poco, el resultado final de esta estrategia repite muchas felonías del propio franquismo, como la eliminación de las huellas de la historia real. La dictadura se afanó con éxito por borrar del conocimiento la verdadera historia de la guerra y sus prolegómenos, convirtiéndola en una Cruzada contra el ateísmo y el comunismo. Todavía recuerdo perfectamente mis primeros libros de primaria donde, so la imagen de unas carabelas navegando al sol poniente, el texto proclamaba que “Los Reyes Católicos conquistaron Granada y Dios premió a España con el descubrimiento de América”. Nada menos.

Claro que el resultado no fue el apetecido por los franquistas, sino al contrario: la República y el bando republicano (sobre todo comunistas y nacionalistas vascos) adquirieron a nuestros ojos juveniles el aura de lo prohibido por los malos, es decir, el de cosas necesariamente buenas. No sería de extrañar, si no está ocurriendo ya, que el efecto de la Ley de Memoria Histórica socialista sea parecido: la rehabilitación sentimental de un franquismo que cada vez menos españoles conocieron y sufrieron en primera persona, pero por lo mismo atractivo para algunos jóvenes cuando partidos poco atractivos lo convierten en objeto imaginario de su guerra partidista.

La conversión de la historia en instrumento político de partido es una acción éticamente despreciable y políticamente autoritaria

Pero más allá de estos efectos boomerang nada sorprendentes, salvo para la estupidez incurable, está el principio de que la conversión de la historia en instrumento político de partido es una acción éticamente despreciable y políticamente autoritaria, además de científicamente aberrante. Es decir, algo malo se mire por donde se mire.

Lo que caracteriza al concepto moderno de historia, surgido como tantas cosas en la Ilustración y el romanticismo, es la combinación de rigor documental y pluralismo interpretativo: la historia auténtica, no la manipulada, trata de hechos documentados o documentables. Por ejemplo, que los cartagineses fundaron Cartagena, hecho que puede ser interpretado de diversas maneras, como que Cartagena era una base comercial, una base militar para colonizar la península, o una base avanzada en un plan de invasión terrestre de Roma, etc. Pero si se postula que Cartagena era una base extraterrestre o un experimento comunitario vegano la cosa cambia y deja de ser historia.

La historia es emocionante porque toca profundas emociones y sentimientos de pertenencia y comunidad, y de ahí viene su popularidad, pero la diferencia entre historia de verdad e historia ideológica de partido es que la primera trata de los hechos y de su probable interpretación en un marco pluralista, y la segunda de emociones manipuladas contra un enemigo histórico, sea un franquismo fantasmal que sigue reinando o en España, o una Polonia que sería falsamente acusada de antisemitismo.