Cada Cuatro Años, Reválida - Rosa Díez

Desde que estoy fuera de la política institucional no paro de hablar de política, en muchas ocasiones con personas a las que acabo de conocer. Ya sea si subo a un taxi, si voy a una consulta médica, si entro en un comercio, si estoy esperando para renovar un carnet, en una librería, al recoger al niño en el colegio o mientras paseo por la calle, me resulta cotidiano ser interpelada sobre la situación política. Cualquier ocasión parece propicia para que un ciudadano te aborde con sus dudas y preocupaciones: corrupción en general, Rato, Cataluña, Urdangarín, pensiones, refugiados…. Casi siempre el tema va precedido por la pregunta: «¿Qué cree usted que va a pasar…?» Y, a partir de ahí, sea cual sea el asunto a tratar, coincidencia en las reflexiones: «Hay que ver cómo está todo…»; «¿Usted cree que esto tiene arreglo?»; “¿Usted cree que van a pagar?”;  «Nunca hemos estado tan divididos…»; «En ningún país del mundo pasa lo que aquí…»; «No entiendo nada… «… Y siempre los mismos adjetivos: «¡Qué vergüenza!»; «¡Qué horror!»…

Yo creo que hay tanto hartazgo, tanta preocupación, que muchos ciudadanos que jamás han hablado en público sobre política se atreven a expresar sus preocupaciones en voz alta, sin preocuparles que unos desconocidos puedan escucharles. El enfado, el temor y  la incertidumbre han vencido el natural pudor que llevaba a la gente a no pronunciarse en público sobre asuntos políticos -salvo que seas periodista/tertuliano o sea pública tu afiliación a un partido político determinado- y hoy me encuentro con muchísimos ciudadanos, de toda edad y condición, que se me acercan y hacen público su juicio sobre los unos y los otros, sobre lo que han dicho o hecho en los debates, en los previos al debate, en las reuniones de sus partidos, en sus comparecencias públicas, en el Parlamento, ante una u otra cuestión…

Yo creo que la gente oscila, según el día e incluso la hora, entre la desidia y la desesperación

Yo creo que la gente oscila, según el día e incluso la hora, entre la desidia y la desesperación.  Pero a la vez es más consciente que nunca de que la crisis que vivimos en España supera lo económico y tiene mucho que ver con algo que unos pocos aventureros cuerdos denunciamos en solitario durante mucho tiempo: vivimos una crisis de valores. Ese podría ser el elemento positivo del momento actual: que los mismos ciudadanos que parecen apreciar la gravedad de la situación política por la que atraviesa España lleguen a comprender –y actúen en coherencia –  que los políticos que no están cumpliendo con la tarea para la que han sido elegidos están ahí porque les han votado los mismos que les sufren.

Los políticos no te tocan, tú les pones. Y, consecuentemente, tú les sufres; o los disfrutas, claro.

Por eso de hacer de la necesidad virtud y de ver la botella medio llena, tengo la esperanza de que de la misma manera que se ha roto el muro de silencio esa gente que se atreve a  expresar en tiempo presente lo que piensa sobre el comportamiento de los unos y de los otros rompa con el conformismo, esa especie de  baja autoestima colectiva que les ha llevado a creer que el voto no vale para nada y que hay que resignarse a aguantar a los políticos que «te tocan» en cada momento. Porque no, no te tocan, tú les pones. Y, consecuentemente, tú les sufres; o los disfrutas, claro.

Ciertamente que estamos atravesando una etapa muy complicada. En todo el mundo –España no es una excepción- avanza el nacionalismo más voraz, dispuesto a levantar nuevas fronteras y poniendo en cuestión los derechos de ciudadanía y la sociedad abierta y democrática. Pero ni en España ni en las democracias de nuestro entorno, amenazadas por la misma ola de populismo e insolidaridad, el reto está en lo numérico (si uno u otro dirigente sumará los votos necesarios en cada propuesta que haga) sino en lo político: si los partidos democráticos que defienden las sociedades libres y plurales serán capaces de repensar  un nuevo proyecto común que de respuestas a las inquietudes de millones de ciudadanos que se sienten marginados y que tienen miedo por su futuro.

Estemos muy atentos al comportamiento de cada cual en este periodo clave para España y para el mundo

Mi recomendación es que estemos muy atentos al comportamiento de cada cual en este periodo clave para España y para el mundo. Todos ellos (los que nos desesperan, los que nos abochornan, los que nos cabrean, los que nos desconciertan., los que nos preocupan o nos dan miedo..) son temporales. O sea, están ahí porque les hemos puesto; y les podemos quitar. Conviene que lo interioricemos y que actuemos en consecuencia cuando proceda. Porque en el ejercicio político democrático sí hay revalida; y sólo los malos profesores aprueban a los malos alumnos.