Cassandra - Yolanda Larrea

Decía Jean Baudrillard: “Con la instantaneidad de la información, ya no queda tiempo para la historia”. Si para el autor francés la realidad del siglo XX se había convertido en pura imagen, en una continuidad de simulacros, ahora en el siglo de las redes sociales la tecnología está promoviendo un revisionismo atroz de todos los acontecimientos históricos. Bajo la lupa egótica del que se retroalimenta tras la pantalla de su ordenador, las opiniones se vuelven mantra y la intolerancia una barrera imposible de superar. Unas herramientas que, en ocasiones, hacen de la mentira y la denigración su golpe de mando, muy bien envuelto, eso sí, en la socorrida libertad de expresión. Sorprende la apelación a un derecho constitucional que si bien es completamente necesario, viene solicitado a veces por individuos que, el documento contenedor, ni lo respetan ni lo quieren.

Es el caso de Cassandra, la joven que decidió pasar toda su juventud haciendo uso de una de estas redes para burlarse del atentado sufrido por Carrero Blanco a manos de la banda terrorista ETA. Estos comentarios estaban acompañados de otros bastante preocupantes por producirse de forma constante en una sociedad que supuestamente condena el terrorismo (“Qué mal hizo ETA dejando a tanto hijo de puta suelto”), que fomenta la conciencia y los valores humanos contrarios a la barbarie terrorista (“Película: A tres metros sobre el cielo. Producción: ETA films”) o que respeta la libertad ideológica, la vida y la integridad física y moral de cada individuo (“Esperemos que Cristina Cifuentes muera antes de las doce, será un puntazo que muera en el aniversario del pioletazo a otra rata”).

Las redes son a todas luces un condensador de odios

Algunos de estos exabruptos son objeto de condena, otros lo son simplemente por completar el sentido contextual y otros no han sido enjuiciados por producirse antes de su mayoría de edad. Sin embargo, todos ellos muestran un escenario cada vez más frecuente en las redes. Éstas, formuladas para ser un supuesto medidor de la realidad, son, a todas luces, un condensador de odios.

Así, la desmaterialización de la realidad que se produce en las redes sociales, ha perdido todo intento de explicación racional para únicamente balancearse entre lo antidemocrático y lo obsceno. Pero vayamos al asunto. Vayamos al centro de la cuestión. Gerifaltes del progrerío patrio (que no patriótico ni ávidos de ‘Patria’…) alzan la voz, se cuestionan y cuestionan a los demás; juzgan y se rasgan las togas, trajes y demás vestimentas lacanianas por comprender que se está menoscabando la libertad de expresión de Cassandra. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que toda sociedad democrática ha de proteger la libertad de expresión. También es cierta la relevancia de ésta tanto en nuestros Derechos Fundamentales como en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Y si bien es cierto que la libertad de expresión tiene como potenciales finalidades la participación del individuo en la sociedad civil y la realización personal, esta libertad, como así dicta la sentencia (leer a algunos, más que libres, les haría menos ridículos), nunca ha de traspasar ciertos límites democráticos y humanos.

Asimismo, el Convenio Europeo de Derechos Humanos, que también reconoce este derecho, establece que se ha de ejercitar dentro de unos parámetros o restricciones previstos en la ley. Para fortalecer, entre otras cosas, la protección de la moral, la reputación o los derechos de terceros. Una ley que si bien Cassandra no conocía, el conocimiento de la generalidad de la misma se hace obvio en la sociedad. Una ley que, como todos saben, el hecho de no conocer, no exime a nadie de su cumplimiento.

Todo el mundo ha leído los mensajes. Y no se trata del carácter más o menos jocoso que el lector pueda inferir o no. Desde cuando se aplica la ley (y menos mal) en función de la seriedad o gracia que produzca una acción. Se trata de que judicialmente se considera que hay un delito de humillación a las víctimas del terrorismo (art. 578 Código Penal).

El Tribunal Constitucional establece como límite a esta libertad, entre otros, las exigencias de la moral en una sociedad

Yolanda Gómez Sánchez, catedrática de Derecho Constitucional, analiza esta cuestión teórica y recuerda que en multitud de sentencias el Tribunal Constitucional establece manifestaciones que, aunque forman parte de la libertad de expresión de cada uno, son consideradas abusivas y vejatorias y, por tanto, sujetas a los dictámenes de la ley (Un ejemplo la STC 104/2011 de 20 de junio). El Tribunal Constitucional, además de los límites evidentes expuestos en la Constitución, también establece otros límites a esta libertad, como las exigencias de la moral en una sociedad.

En este caso no se juzga la figura histórica de Carrero, sino la de Cassandra. En nuestra época, tras 857 víctimas asesinadas, la adalid de la libertad de expresión, la realizadora de odas al humor más chispeante, decide vilipendiar a una de ellas. Humillarla a ella y a su familia, y por consiguiente provocar una doble consecuencia: Por un lado la sensación de vilipendio histórico y constante a la figura de ellos como colectivo víctima del horror (La “España con su vientre a cuestas” que diría Vallejo), y por otro la consabida sensación de impunidad total a la que parecemos asistir.

No se equivoquen. No es la condena lo que a algunos conmociona. Es la conciencia de que, por una vez, se aplica la ley y se defiende a las víctimas. A esas que, en muchos lugares donde se ejercita el regocijo de terror nacionalista, siguen recibiendo sonrisas de soslayo. A esas a las que parecería no quedarles ya suficiente fuerza en el corazón.

La realidad es que Cassandra apela a la libertad de expresión solo cuando ésta es para ella misma. No sabe, como diría Sartre, que su libertad termina donde empieza la de los demás. Qué más dará pensará, si tiene a Podemos haciendo, una vez más, los honores. Cuando ellos hablan de libertades, están hablando de las suyas. Cuando ellos hablan de respeto, lo confunden con la impunidad. ¿No es un trato degradante hacia las víctimas apoyar y felicitar la actitud de unos individuos que quizá mataron a tu abuelo, a un padre o a un hermano?

Y aún así no es solo esto lo que asusta. Es saber la incapacidad de Cassandra para el revisionismo, pero ésta vez, de sus propios actos. Es su nula capacidad de autocrítica e incapacidad para una mínima empatización con el sufrimiento de las víctimas. Y es saber, sobre todo, que su comportamiento es plural. Porque cuando la dimensión interna es tan deplorable pero encuentra multitud de espejos en la sociedad, continúa perpetuándose con el apoyo indiscriminado de los personajes presentes en la dimensión pública. Este es nuestro mundo. El que nosotros hemos creado. Las víctimas estorban, son monotemáticas y molestan a este nuevo hemiciclo de “chistes” toscos, camisas de cuadros y dentro poca memoria y, sobre todo, muy poco corazón. El mundo al revés que se dice. Un engranaje más de este circo mediático. Si la justicia debería ser el eje que guíe a toda sociedad democrática, cómo estará nuestra democracia para tanta y tanta sinrazón.

En 1998, Eduardo Galeano, el conocido escritor uruguayo publicó ‘Patas arriba. La escuela del mundo al revés’. Ahí escribía: “Tras conocer el mundo de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para conocer el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo”. Tenía razón Galeano. Bastaría, únicamente, “con asomarse a la ventana”.