Acabar con las pensiones - Alberto G.

Quien se presenta como mi mayor amigo puede ser en realidad mi mayor enemigo. Esto pasa todos los días. Los sistemas acaban fracasando o entrando en fase deterioro, no tanto por el ataque de los adversarios externos cuanto por aquellos elementos internos de los que nunca esperarías su golpe, porque cuando te das cuenta es demasiado tarde. Hay conquistas que cuesta mucho esfuerzo lograr y mantener, y muy poco perderlas. El Estado de bienestar es una de ellas. ¿Y por culpa de los neoliberales que lo quieren lo más pequeño posible? Estos al menos enseñan sus cartas y sus argumentos. El mayor peligro para el Estado de bienestar son aquellos que bajo propuestas demagógicas e imposibles de pagar, acaban rompiendo la caja y haciéndolo inviable.

Cuando se dice que hay que elevar las pensiones ¿se hace porque se quiere (y se puede) de verdad hacerlo o por puro interés electoral?

Cuando se dice que hay que elevar las pensiones ¿se hace porque se quiere (y se puede) de verdad hacerlo o por puro interés electoral? Es fácil decir a la gente lo que quiere escuchar, pero no es ésta la obligación de un político responsable. La verdadera preocupación hoy es cómo podemos mantener el sistema de pensiones que “ya tenemos”, que ya “de por sí” demanda mayor gasto cada año en una sociedad crecientemente envejecida. En este contexto, los que se presentan como defensores del sistema de bienestar rompen la baraja proponiendo aumentar cuantías y paralelamente los riesgos de supervivencia del sistema, pues no aportan un sistema realista que permita pagarlo.

La alternativa simple y demagógica sería decir que los gastos pueden ser ilimitados y elevarse de forma permanente simplemente subiendo los impuestos a los ricos

No basta incrementar el crecimiento económico ni el empleo (fenómenos coyunturales y sujetos a ciclos), pues las pensiones es un gasto contante y creciente que debe pagarse todos los meses, que no se puede aplazar. Ya hemos visto lo rápido que se ha agotado la hucha de las pensiones. La alternativa simple y demagógica sería decir que los gastos pueden ser ilimitados y elevarse de forma permanente simplemente subiendo los impuestos a los ricos. Lo mismo se nos dice por cierto cuando se pide mayor gasto en sanidad, en educación, en ayuda a la dependencia, en protección al desempleo, en ayudas a la vivienda, en subvenciones a la cultura, en protección social a los emigrantes, en cooperación al desarrollo, en elevar la oferta de empleo público o incluso una renta básica universal. Eso sin contar cuando se demandan más gastos para unas mejores infraestructuras o en investigación e innovación. Pero no se dice cuánto ni a cuántos ricos, ni si ello podrá mantenerse eternamente. Los ricos (los muchos o pocos que haya) no suelen ser tontos, y cuando los impuestos se hacen excesivos suelen trasladarse (ellos y/o sus empresas) a otros países más beneficiosos

Otra vía sería subiendo el déficit o la deuda, pero en un país con una deuda del 100% del PIB ni Keynes apoyaría esta vía (cuando él escribió su obra los países tenían una deuda baja). Además, elevar la deuda supone perder soberanía al ponerse en manos de fieros acreedores y de la fluctuación (en ocasiones caprichosa o especulativa) de los tipos de interés, lo que en principio debería ser contrario a quienes defienden no depender de la “troika” y de los especulativos fondos de inversión. Otra alternativa sería reducir costes en otras partidas, pero ¿cuáles? La única que no perjudicaría a otras áreas del Estado de bienestar o del papel del Estado como impulsor del progreso es el aparato administrativo. Pero ¿sería suficiente? ¿Estarían dispuestos los que defienden la elevación de las pensiones a ofrecer a cambio la eliminación o reducción del empleo público o del propio Estado autonómico? No parece. Además de que también aquí existe un límite, pues el propio estado de bienestar (y el resto) demanda funcionarios que lo gestionen. Otra cosa es cuántos y si se puede o debe mejorar la gestión o la economía de escala, aspectos que curiosamente no forman parte del debate electoral.

Este debate oculta asimismo que el esfuerzo de solidaridad intergeneracional es ya muy grande, pues el sistema de pensiones español es uno de los más generosos del mundo (tasa de reposición del 80%), donde muchos receptores no cotizaron durante su vida laboral (pensiones no contributivas), y donde es cada vez más común que un pensionista reciba más tiempo su pensión que lo que ha durado su vida laboral. Los problemas también surgen por cuestiones ajenas al sistema. Por ejemplo, muchos pensionistas han debido hacerse cargo de hijos parados o no han ahorrado cuando pudieron para complementar la pensión (“carpe diem”). Sin embargo, en España mucha gente tiene casa en propiedad, lo que no ocurre en Europa, pero pocos lo consideran un sustituto de los planes de pensión privados.

Los europeos hemos olvidado que aquello que costó el dolor y hasta la sangre de nuestros antepasados se puede ir fácilmente por las letrinas de la historia simplemente porque nos hemos acomodado

En todo caso, la solución no es engañar a la gente o manipularla. Tanto el Estado de bienestar como la propia democracia son conquistas frágiles y minoritarias en nuestro Estado global. Decía en 1881 Leopoldo Alas “Clarín”: En estos pueblos europeos que conquistaron lo poco que gozan de la vida de la libertad y del derecho con gigantescos esfuerzos y supremos dolores, se viene a predicar el nirvana político; y no en nombre del pesimismo, que eso fuera más lógico, sino en nombre de un optimismo superficial, excesivo, abstracto, absurdo”. Los europeos hemos olvidado que aquello que costó el dolor y hasta la sangre de nuestros antepasados se puede ir fácilmente por las letrinas de la historia simplemente porque nos hemos acomodado. Una sociedad acomodada es aquélla que da por sentado la perpetuación de las ventajas y privilegios recibidos, tendiendo a olvidar que nada dura para siempre, y no necesariamente por falta de protestas en la calle o fuertes reivindicaciones teóricas, sino por la disminución del esfuerzo necesario para mantenerlas y pagar su coste.

La vida es lucha permanente contra el lado oscuro que pervive tanto al exterior como al interior del ser humano. Joel Mokyr, en Los Dones de Atenea, destaca la importancia de “la honradez, la frugalidad, el trabajo duro y la educación de los hijos” pues estos valores hacen que las personas, las familias y las naciones mejoren y progresen. Y el historiador Harari añade: “una de las pocas leyes rigurosas de la historia es que los lujos tienden a convertirse en necesidades y a generar nuevas obligaciones. Una vez que la gente se acostumbra a un nuevo lujo, lo da por sentado. Después empiezan a contar con él. Finalmente llegan a un punto en el que no pueden vivir sin él”. Las pensiones no son un lujo, son un derecho, pero para mantenerlo como tal hay que hacer un estudio riguroso de evolución demográfica-paro-esperanza de vida-nivel de salarios-otras partidas de gasto que también hay que mantener.

Vivimos en un mundo crecientemente complejo e incierto, sometido a cambios acelerados tanto sociales como tecnológicos. Una sociedad post-moderna caracterizada por una “insoportable huida del pensamiento profundo”, lo líquido (Zigmut Baumann), lo efímero (Lipovetsky) y el pensamiento débil (Vattimo). Una sociedad enfocada al márquetin político, donde lo importante es dar con un concepto atractivo, aunque detrás no exista nada que lo apoye. Y todo ello dentro de un espacio-tiempo “post-ideológico” donde la diferencia entre izquierdas y derechas, aunque pervive, está cada vez más matizada, confusa o (como el diablo) anida en los detalles, conformando una suerte de “pantano de eslóganes”. En este contexto es fácil caer en el populismo, en la demagogia y la mercadotecnia, ofreciendo soluciones simples (o mágicas) a problemas complejos, explotando las bajas pasiones y las altas expectativas.

La cuestión no es sólo lo que queremos recibir del Estado sino el precio que estamos dispuestos todos a pagar por ello. No podemos tenerlo todo y además gratis, pero al menos debemos garantizar lo esencial para no perderlo todo

La solución no son ocurrencias o medidas populistas por un puñado de votos (“el mundo de Alicia”). Los políticos están obligados (además de a dar ejemplo) a decir la verdad a la gente, aunque duela. Todo en la vida tiene un precio. La mayor esperanza de vida y la revolución tecnológica también. La cuestión no es sólo lo que queremos recibir del Estado sino el precio que estamos dispuestos todos a pagar por ello. No podemos tenerlo todo y además gratis, pero al menos debemos garantizar lo esencial para no perderlo todo. Y esto es lo que puede pasar si hacemos promesas imposibles de pagar, que acaben generando el síndrome de la “caja vacía”. Debemos demandar a nuestros representantes que sean responsables, pero serlo también nosotros. No sería la primera vez que el Estado entra en bancarrota por gobernantes irresponsables. La Historia está también para eso, para aprender lecciones y no cometer los errores una y otra vez.

 

Ensayista y escritor. Autor de “La Conjura contra España” y “La leyenda negra: Historia del odio contra España”