Tu opinión no importa una mierda - Julio Lleonart

¿Parece un titular de clickbait, verdad? Esas cosas que están de moda en los medios de comunicación escrita del tipo “hizo no sé qué y no te vas a creer qué pasó, pincha para verlo”, para de esta manera intentar subvertir los algoritmos de las redes sociales, conseguir muchas interacciones y así capear la supervivencia difícil de los medios de comunicación… Pero no. Lo siento. No es clickbait. Es que en realidad, me disculpo si has creído lo contrario porque te han dicho que todos podemos opinar y nuestra opinión vale lo mismo y que la libertad de expresión nos ampara para decir la primera tontería que se nos ocurra… tu opinión no importa una mierda. Y me voy a explicar para que, después de esto me puedas lanzar piedras con conocimiento de causa (y con motivos fundados).

Cualquiera, en un mundo digital burbujeante de fake news, de datos adulterados, de medias verdades y mentiras enteras, está dispuesto a defender que su opinión es mejor que cualquiera de las millones de opiniones fundamentadas que pululan por internet.

Las redes sociales, sobre todo twitter, que es la que más se presta al rápido debate de cualquier tema (política, justicia, deportes, televisión, física cuántica…), han democratizado la opinión. Todo el mundo no sólo puede tener una opinión, sino que puede expresarla y además, cuidado, que aquí es donde quiero centrar la crítica, puede considerar que su opinión (sin contrastar, sin datos que la sustenten, sin validez alguna) es más importante que la realidad, que datos científicos, que fórmulas sociales, que realidades presupuestarias, que normas jurídicas o procedimientos judiciales… Sí, lo peor de la democratización de la opinión no es que todo el mundo tenga una y la exprese, no. Lo peor es que cualquiera, en un mundo digital burbujeante de fake news, de datos adulterados, de medias verdades y mentiras enteras, está dispuesto a defender que su opinión es mejor que cualquiera de las millones de opiniones fundamentadas que pululan por internet.

¿Qué ha pasado con el respeto? ¿Qué ha pasado con valorar a los demás? ¿Qué ha pasado con la formación, con dominar los temas sobre los que se habla? ¿Lo que vivimos es el fruto de la telebasura, de la mala calidad de la educación impartida en escuelas, universidades y en casa? ¿Es el fruto de los nefastos índices de lectura que año tras año se repiten en esos barómetros que nadie lee y que todos los medios publican?

Personalmente creo que es un mix de varias cosas, un poco de todo lo preguntado en el párrafo anterior. Mala calidad educativa, mezclada con malos índices de lectura, falta de conocimiento y dominio de los temas, ausencia de valores como el respeto, incapacidad de hilar argumentos…. Y la falsa sensación de impunidad que ofrece el falso anonimato de las redes y que saca a relucir los peores impulsos (violentos verbales y lascivos, por desgracia demasiado) de muchos internautas. Y nos lleva a la situación en la que estamos.

Hoy en día, en un mundo cada vez más conectado, los seres humanos somos cada vez más incapaces de conectar con nuestros semejantes. Vivimos de generar entornos virtuales seguros, grupúsculos donde nos sentimos a gusto. Gente (a la que no conocemos) que catalogamos en grupos cerrados: me apoyan o están contra mí. Y a base de memes o de zascas, pasamos los días. Mantener una conversación mínimamente respetuosa, en la que dos individuos discrepen en lo esencial del asunto, que se contrapongan argumentos, y finalmente puedan acordar que están de acuerdo en su desacuerdo y cada uno siga su camino es francamente una utopía.

Lo habitual, es que si discrepas en algo con un usuario y le muestras tu discrepancia con argumentos, termines siendo un progre de mierda o un facha asqueroso

Por el contrario, lo habitual, es que si discrepas en algo con un usuario y le muestras tu discrepancia con argumentos, termines siendo un progre de mierda o un facha asqueroso, vivimos en el imperio virtual del ad hominem, donde las discusiones no se plantean para refutar argumentos centrales, sino para, atacando a la persona, pretender que el argumento esgrimido quede invalidado. Y no termina ahí la cosa. La comunidad troll (de cualquier “bando”) terminará (a poca relevancia que tengas) entrando a atacar, insultar, imponer, despreciar, desprestigiar…

Así, ante una noticia o un argumento sobre procedimientos judiciales, muchos usuarios sin formación jurídica o conocimientos jurídicos, opinarán sobre libertad provisional y demás medidas cautelares, sobre la demora de los procedimientos y sus plazos y sobre autos que no han leído o que son incapaces de entender. Llevando la contraria, insultando o despreciando todo aquel argumento u opinión (por muy fundamentado que esté) que contradiga su esquema preconcebido o haya leído a aquellos de su “grupo” cuya opinión valora porque cuadra con su forma de utilizar la paleta de colores blanquinegra.

Y cuando hablo de procedimientos judiciales o noticias jurídicas podría hablar de impuestos, de edad de jubilación, de sistema de pensiones, de sistema sanitario, de los funcionarios, de los autónomos, de los empresarios, de los medios de comunicación, de la prensa, de deportes, de feminismo, de igualdad de derechos, de edad de lactancia, de política (obviamente)… De lo que sea. No es que hagamos gala de qué se trata, me opongo. Sino de qué se trata, opino, y además, sin sabernos la lección.

No toda discrepancia tiene que terminar convenciendo al otro

Y ante esto ¿qué podemos hacer? Opinar de lo que se sabe, se tiene conocimiento o se ha informado uno previamente sería un gran buen principio. Hacerlo con argumentos y respetando la posibilidad no sólo de no estar de acuerdo con otros, sino de no llegar a un punto de entendimiento (¡y no pasa nada!) sería otro puntal de convivencia en redes sociales. No toda discrepancia tiene que terminar convenciendo al otro.

Creo que si utilizamos estos dos sencillos pasos en nuestra convivencia en redes sociales, qué digo, en nuestro día a día, podríamos construir entre todos un mundo más amable, más respetuoso, más válido, donde voces serias sean respetadas, donde la opinión, la fundada, la que tiene peso, sea valorada, en lugar de en la algarabía deprimente en la que vivimos cuando entramos en el mundo virtual. Porque de lo contrario, las voces válidas, las opiniones que merecen ser escuchadas, irán acallándose, irán abandonando las redes sociales – ese sitio en el que muchas personas (según esos barómetros que se publican y que nadie lee) se informan día a día – que se terminarán convirtiendo en un estercolero de puntos comunes, de ideas tontas, de opiniones sin validez, de memes, de zascas y de berridos.

Pero qué sabré yo, no me lo tengáis en cuenta, que mi opinión no vale una mierda.