luces, no luz - Eduardo Gomez

Es septiembre del 39 en Polonia, una multitud de ancianos, mujeres y niños cruzan un puente cargados con sus escasas pertenencias. En sentido contrario otra multitud corre en dirección a ellos. Cuando están juntos, a mitad del puente, unos explican esa huida “vienen los alemanes” dicen señalando a sus espaldas y los otros sorprendidos y señalando también a sus espaldas proclaman “vienen los rusos”.

Si alguien me pidiera que identificara de alguna forma lo que es para mi el fanatismo, contaría esta escena de una película que me impresionó en su momento.

En diciembre del año pasado muere Amos Oz, prolífico y gran escritor israelí, un habitual en las quinielas para otorgarle el Nobel y premio Principe de Asturias de las Letras en 2007. En justo homenaje a tan noble pluma quiero reseñar su último trabajo: Queridos fanáticos, editado por Siruela en 2017.

Amos en entrevistas posteriores a la publicación del libro y hablando de él dice:

Este texto en realidad es un legado. Se lo he dedicado a mis nietos. He concentrado lo que he aprendido en la vida, pero no de una manera abstracta, sino como un cuento.

Y no solo es un cuento, añado yo, es un manual de instrucciones, la exposición de una serie de síntomas que ayudan a identificar una enfermedad y a un enfermo, el fanático.

A lo largo de todas las obras del autor discurre de una forma explicita o implícita como un hilo conductor, además de otros temas, el fanatismo y la intolerancia, esa pasión desmedida, exagerada, irracional y tenaz en defensa de, entre otros, una idea, teoría, cultura o estilo de vida. El libro está escrito no por un investigador ni por un experto que, en ocasiones, también tiene sentimientos encontrados.

La consideración de hombre “comprometido” destila de su biografía personal y de su posicionamiento no solo en contra del islamismo radical sino también de los ultraortodoxos extremistas, los colonos mesiánicos y otras facciones presentes en la vida israelí de las últimas décadas.

Nietzsche decía “el fanatismo es la única fuerza de voluntad de la que son capaces los débiles”

Para Amos Oz esta es una guerra entre los fanáticos que están convencidos de que su fin justifica los medios, y todos los demás, que piensan que la vida misma es un fin y no un medio. Entre los que afirman que la justicia, sea lo que sea eso a lo que se refieren cuando dicen “justicia” es más importante que la vida, y los que consideran que la vida misma se antepone a muchos otros valores.  Expone el autor que el fanatismo es mucho más antiguo que el islam, que el cristianismo y que el judaísmo, más antiguo que todas las ideologías del mundo. Es un elemento intrínseco a la naturaleza humana, un “gen malo”. La eterna lucha entre Apolo y Dionisos, entre lo razonable y lo inmanejable y explosivo. O la expresión extrema de una debilidad humana, Nietzsche decía “el fanatismo es la única fuerza de voluntad de la que son capaces los débiles”.

Lo cierto es que se culpe a la globalización, a los musulmanes, a Occidente, a los inmigrantes, al laicismo, a las izquierdas o a las derechas, el método es eliminar lo que sobra, señalar con un círculo al que para el fanático es el autentico demonio, y luego matar a ese demonio para abrir así las puertas del Paraíso.

Elemento consustancial al fanatismo es el desprecio, no solo como sentimiento individual sino también colectivo. Un desprecio variopinto, diverso e ilimitado, que surge como un vómito desde las profundidades de cualquier tipo de desdicha.

Y es que los fanáticos tienden a vivir en un mundo de blanco y negro, en un western simplista de buenos contra malos

Del desprecio citado, como origen de todo, nace el impulso de aplicar alguna fórmula sencilla de salvación y qué más sencillo que purificar el mundo para adelantar la redención. Cada vez existen mayores oleadas de fanatismo que ansían esa solución sencilla y aplastante, de una salvación de golpe. Y es que los fanáticos tienden a vivir en un mundo de blanco y negro, en un western simplista de buenos contra malos. Kapuscinski decía que si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú en un fanático.

Detecta el autor que el auge del fanatismo tiene otra causa y es que nos vamos alejando de las atrocidades que ocurrieron en la primera mitad del siglo XX, Stalin y Hitler sin pretenderlo inculcaron en las dos otras generaciones siguientes un profundo terror a cualquier extremismo y una cierta contención a los impulsos fanáticos . Así durante años los racistas se han avergonzado un poco de su racismo, los que rebosan odio han refrenado un poco su odio, y los fanáticos que quieren arreglar el mundo han tenido un poco de precaución con sus revoluciones. Pero la vacuna parcial que nos pusieron está perdiendo su efecto. El odio, el fanatismo, el desprecio por el otro y por el diferente, el asesinato revolucionario, el ansia de machacar de una vez por todas los malvados mediante un baño de sangre, todo eso vuelve a levantar cabeza.

el volumen de tu voz no te define como fanático, sino sobre todo tu tolerancia o intolerancia hacía la voz de tus oponentes

Y además hay otra clase de fanatismo, menos evidente y menos visible, que es frecuente a nuestro alrededor y a veces también en nosotros mismos. Y así nos podemos tropezar con opositores fanáticos al tabaco, o con vegetarianos, que a veces parecen dispuestos a devorar vivos a los que comen carne. O con feministas que conciben a todos los hombres como presuntos culpables. Por supuesto, no todo aquel que alza la voz a favor o en contra de algo es sospechoso de fanatismo, y no todo aquel que protesta airadamente contra la injusticia se convierte en fanático por el hecho de protestar, ni siquiera cuando expresa sus opiniones o sus sentimientos a voces, el volumen de tu voz no te define como fanático, sino sobre todo tu tolerancia o intolerancia hacía la voz de tus oponentes.

En efecto, el germen oculto o no oculto del fanatismo se esconde muchas veces tras diferentes manifestaciones de dogmatismo intransigente, de falta de receptibilidad o incluso de hostilidad hacia posturas que te resultan inaceptables, la intransigencia fortificada y atrincherada en si misma, la intransigencia sin puertas ni ventanas, parece ser el síntoma de esa enfermedad.

Ante nuestros ojos va borrándose la frontera entre la política y la industria del entretenimiento, el mundo entero está convirtiéndose en un jardín de infancia global

El o ella siempre prefieren sentir en vez de pensar. El fanático desea apresurarse a cambiar este mundo malo por un mundo que es todo bondad, el otro mundo. Conformismo, seguimiento ciego de la corriente, obediencia sin ninguna reflexión ni objeción, deseo feroz de pertenecer a un grupo humano unido y compacto, también son piedras angulares de la mente fanática. Y no solo es el fuerte impulso de pertenecer a un grupo, también las diferentes formas de culto a la personalidad, el endiosamiento de dirigentes religiosos y de políticos, el culto a las estrellas del deporte y del espectáculo. Y es que el que adora renuncia a su individualidad. Decía Spinoza que lo importante no es detestar o aplaudir, reír o llorar, sino entender.  Y todo lo apuntado en un contexto que para el autor es de una creciente infantilización de las multitudes. Ante nuestros ojos va borrándose la frontera entre la política y la industria del entretenimiento, el mundo entero está convirtiéndose en un jardín de infancia global. Las capacidades que necesita el aspirante para lograr ser elegido son casi opuestas a las capacidades que se requieren para liderar.

Para el autor una de las marcas distintivas e inconfundibles del fanático es su ardiente deseo de cambiarte para que seas igual que él. De convencerte de que tienes que apostatar. Su deseo es que todos seamos como un solo hombre, que no haya en el mundo ni cortinas echadas, ni persianas cerradas, ni puertas atrancadas, sin ninguna sombra de vida privada, porque todos debemos ser un solo cuerpo y una sola alma. Todos debemos marchar juntos, en filas de a tres, por el camino que conduce a la luz de la redención.

Es pues de hecho, un ser increíblemente altruista, una persona nada egoísta: se interesa por ti mucho mas que por sí mismo. La razón por la cual el fanático tiene mucho interés en ti más que en sí mismo es que, por lo general, el fanático no tiene ningún sí mismo, o apenas lo tiene. El fanático es una persona pública al cien por cien. Pública hasta el tuétano.

En ningún momento el autor sugiere formulas magistrales contra el fanatismo, escribe en otro novela suya Judas:

Se puede convertir a un enemigo en esclavo, pero no en aliado. Con toda la fuerza del mundo no podría convertir a una persona fanática en una persona tolerante. Y con toda la fuerza del mundo no podría convertir a quien está sediento de venganza en un amigo.

Pero sí habla de la imaginación, la curiosidad y el humor como vacunas parciales a está enfermedad. Y sobre todo el humor con uno mismo, la capacidad de burlarnos de nosotros mismos “nunca he conocido a un fanático con sentido del humor” dice. Y es que el humor es una inflexión que nos invita a que nos vaciemos de nuestros aires de grandeza y dejemos de darnos importancia.

Y a pesar de que, como dije antes, no conoce formulas magistrales sí que aconseja:

En el mundo hay religiones, movimientos ideológicos y políticos que nos empujan a mezclarnos con el colectivo hasta desaparecer, a convertirnos en nada más que en una minúscula partícula, en una molécula dentro del bloque de la nación, la fe, el movimiento. Por otra parte, hay fuerzas igual de poderosas que nos empujan a vivir como una isla, a vivir cada instante, durante toda nuestra vida, en una situación de constante guerra darwinista contra el resto de islas, porque el prójimo, eso nos cuentan, siempre es un rival, siempre es un adversario, con frecuencia incluso es el enemigo: si él tiene, tú no tienes; si tú tienes, él no tiene.

Cada casa, cada familia, cada corporación, cada sociedad y Estado, cada relación interpersonal, incluida la relación de pareja, incluida la relación paternofilial, tal vez deba existir como un encuentro entre personas , estar cerca, a veces muy, muy cerca, pero sin anularnos, sin fundirnos, sin renunciar a nuestra individualidad.

Y como corolario sigue diciendo:

Se puede condensar el humanismo y el pluralismo en una sencilla formula “ el reconocimiento del derecho de las personas a ser diferentes” algunos nos repiten día y noche que “nuestra fuerza está en nuestra unión” en efecto nuestra fuerza está en la unión por nuestro derecho a ser diferentes, la diferencia no es un mal pasajero, sino una fuente de bendición, la discrepancia no es un estado de molesta debilidad, sino un clima esencial para que germine la vida creativa. Somos distintos unos a otros no porque algunos aún no hayamos visto la luz, sino porque en el mundo hay luces, no luz, hay creencias y opiniones, no creencia y opinión.