La manipulación de la opinión - Carlos Martínez Gorriarán

¿Está hoy en peligro la libertad de expresión en España? Ante todo recordemos que la de expresión, como todas las libertades, siempre está en riesgo y siempre resulta insuficiente o excesiva según para quién. Es difícil ejercerla sin sobresaltos porque hacerlo conlleva riesgos y problemas, desde el rechazo de una parte de la sociedad hasta posibles amenazas y castigos, legales e ilegales.

La de expresión es una libertad azarosa especialmente ligada a la actitud de la opinión pública, mucho más confiada en emociones y percepciones que en razones y hechos

La de expresión es una libertad azarosa especialmente ligada a la actitud de la opinión pública, mucho más confiada en emociones y percepciones que en razones y hechos. Así, la percepción de que la libertad de expresión está gravemente amenazada puede extenderse más por un estado emocional de opinión que por hechos irrefutables.  Por otra parte, es una percepción selectiva: no incluye los casos cada vez más frecuentes y agresivos de censura de la libertad sexual procedente de la ideología de género, que afectan de lleno al arte: han llevado a Facebook a censurar por pornográfica la Venus de Willdendorf, pequeña escultura paleolítica de 30.000 años de antigüedad, a pedir retirar de los museos obras de arte “denigrantes para la mujer” (¿y cuál no lo es según esa óptica inquisitorial?), o a recomendar por la misma razón no leer obras maestras como Lolita, de Nabokov, o boicotear las películas de Woody Allen.

Algunos que claman contra los excesos de las redes sociales son los mismos que ahora alertan sobre el menoscabo de la libertad de expresión… mientras defienden su monopolio de la expresión pública

Desde luego, ignora la merma efectiva de la libertad de expresión consecuencia de la concentración de información y opinión en unas pocas empresas oligárquicas de comunicación, como el duopolio televisivo español de los grupos Atresmedia y Mediaset, o los abusos sistemáticos de los medios públicos. Algunos que claman contra los excesos de las redes sociales son los mismos que ahora alertan sobre el menoscabo de la libertad de expresión… mientras defienden su monopolio de la expresión pública. Deberíamos preguntarnos si hay algún móvil poco santo en una preocupación tan incongruente.

Es cierto que esta alarma también llega abonada por graves errores políticos, como la superflua y abusiva “Ley Mordaza” aprobada por la mayoría del PP en 2015. Pero los más alarmados mezclan hechos de naturaleza muy diferente: la denuncia por los presuntos ataques a la libertad de expresión incluyen la condena al rapero Valtonyc por incitar a la violencia y apología del terrorismo, el secuestro judicial preventivo del libro Fariña, del periodista Nacho Carretero, y el caso de la censura de Ifema a la obra de Santiago Sierra presentada en ARCO por la galería Helga de Alvear, titulada “Presos políticos”.

Magnífico ejemplo de cómo crear un estado negativo de opinión pública manipulando la información con varias intenciones concomitantes: lograr un beneficio privado, pero sobre todo apoyar al golpe separatista en Cataluña y dañar la imagen democrática de España

Examinemos este último caso, donde coinciden un montaje publicitario comercial y político con la metedura de pata de un tonto útil. Es un magnífico ejemplo de cómo crear un estado negativo de opinión pública manipulando la información con varias intenciones concomitantes: lograr un beneficio privado, pero sobre todo apoyar al golpe separatista en Cataluña y dañar la imagen democrática de España. Lo que menos peso tiene en en todo esto son las libertades de expresión y creación artística, los bienes que se han denunciado amenazados. ¿Cómo se consigue algo así?: vamos a verlo.

Los hechos

ARCO, la feria comercial de arte más importante de España, es un evento organizado por Ifema, la empresa pública de promoción de ferias comerciales en Madrid. En los prolegómenos del ARCO 2018, espectáculo recibido con expectación por su capacidad de sorprender, saltó la noticia de un posible acto de censura: Ifema habría pedido retirar, antes de la inauguración oficial y por su contenido explícitamente político (“polémico”, según la comunicación oficial) una obra de Santiago Sierra presentada por la galería Helga de Alvear, la ya famosa Presos políticos en la España contemporánea.

La obra consiste en 24 fotografías pixeladas de rostros de personas sin identificar pero entre los que se reconoce a Oriol Junqueras y los líderes de la ANC y OC, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, principales figuras del retablo. También a vecinos de Alsasua en prisión preventiva por propinar una brutal paliza colectiva, de “motivación política, a dos guardias civiles desarmados y sus parejas en un bar de la localidad navarra, y a presos que cumplen condena como el activista Andrés Bódalo, condenado por violencia política, o a dos terroristas condenados por poner una bomba en la Basílica del Pilar de Zaragoza.

Helga de Alvear es una de las galeristas más importantes de España y cofundadora de ARCO, que es la institución que selecciona las galerías y obras expuestas. Santiago Sierra se define como anarquista y “artista político”; produce instalaciones y eventos que versan sobre la opresión que Estado y Capitalismo ejercen sobre una variedad de colectivos y situaciones (pueden verse sumariamente en su web oficial). Por ejemplo, “El trabajo es la dictadura” consistió en contratar a 30 parados, pagados con el salario mínimo interprofesional, para llenar a mano cuadernos escolares con la frase “el trabajo es la dictadura”.

Sierra, licenciado en marketing en la UCM, goza de alta reputación. Sus productos se cotizan, están presentes en importantes colecciones públicas y privadas, y ha representado a España en la Bienal de Venecia de 2003. En 2010 rechazó el Premio Nacional de Bellas Artes alegando que él no forma parte de “un Estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal”, y que “el premio instrumentaliza en beneficio del Estado el prestigio del premiado”.

“Presos políticos” fue vendida antes de su exhibición a Tatxo Benet, rico empresario de la comunicación y socio de Mediapro, por 96.000 € (un precio nada elevado en ese mercado, incluso económico, y calderilla para el comprador). Benet confesó en el programa FAQS de TV3 que la compraba sin haberla visto… y que ya tenía planes para ella.

En una decisión sin precedentes, Ifema solicitó a Helga de Alvear la retirada de la obra de Santiago Sierra, la estrella del stand, alegando que «la polémica generada perjudica la visibilidad» del conjunto de la feria. Es muy dudoso que Ifema pueda (legalmente) imponer la retirada de una obra de arte a una de las galerías participantes seleccionada por ARCO, y quizás por eso se trató de una petición y no de una orden; podía, pues, ser rehusada. Sin embargo Helga de Alvear aceptó rápida y públicamente retirar la obra de modo voluntario; ésta fue descolgada antes de la inauguración oficial, pero convocando a la prensa para hacer declaraciones y capturar la imagen de la pared en blanco, rápidamente difundida por el mundo como un acto de censura a la libertad del arte.

Las reacciones

La primera reacción de la galerista Helga de Alvear fue resaltar su colaboración voluntaria con Ifema; la segunda, felicitarse por el éxito comercial y el enorme impacto mediático del escándalo conseguido. No aclaró si hubiera podido rechazar la petición de Ifema. Por su parte, Ifema se retractó, pidió disculpas, negó “haber ejercido la censura” y propuso –sin éxito, el daño buscado ya estaba hecho- la reposición inmediata de la obra de Santiago Sierra.

Santiago Sierra denunció lo que juzga tanto un acto de censura contra la libertad del arte como la demostración práctica de que España no hay libertad de expresión y sí presos políticos encarcelados por sus ideas (concepto ampliado para que incluya la colocación de bombas y las palizas colectivas a guardias civiles y adversarios políticos), reiterando la petición de su liberación inmediata, y también agradeciendo a Ifema la “promoción de su trabajo” gratuita y masiva.

Tatxo Benet ha manifestado su ilusión porque “Presos políticos”, obra destinada a recorrer el mundo para denunciar la represión española en Cataluña a modo de nuevo Guernica de bolsillo, sea expuesta primero en el Museu de Lleida en protesta por el “expolio” a este museo de las obras del monasterio aragonés de Sijena, devueltas por orden judicial al proceder de un auténtico expolio anterior del museo leridano a ese monasterio; además, Benet ha puesto su “Santiago Sierra” a disposición de colectivos e instituciones que quieran promover actos de solidaridad con los “presos políticos” del procés separatista, que cuenta con el apoyo estratégico clandestino, aunque conocido, de su amigo y socio Jaume Roures (investigado por ello por la Guardia Civil).

Roures es, junto con Tatxo Benet, fundador del diario Público, el más entregado publicista de Podemos, y de Mediapro, accionista principal de Atresmedia Televisión. Este grupo recibió, sin el preceptivo concurso público, una de las tres licencias para TV privada que concedió el gobierno socialista presidido por José Luis Rodríguez Zapatero (con la nada disimulada intención de hacerse un grupo de comunicación leal tras sus encontronazos con PRISA). Mediapro fue además financiada por la quebrada y liquidada –con un agujero de 12.000 millones de euros- Caixa Catalunya en la época de Narcís Sierra, a instancias de José Montilla y José Luis Rodríguez Zapatero. Los medios de Roures y Mediapro han dedicado una gran cobertura a la censura de Santiago Sierra e, inevitable connotación derivada –la connotación buscada-, a la existencia en España de presos de conciencia encarcelados por sus ideas políticas.

Muchos medios han contextualizado el incidente en una amenaza generalizada a la libertad de expresión en España, como hacía este editorial de El País: “Ifema ataca un pilar de la democracia al censurar una obra en Arco”.

El escándalo de la censura a Santiago Sierra ha sido divulgado por todos los medios de comunicación españoles y muchos internacionales. Pese a las críticas a la trayectoria política de Sierra en los medios más conservadores, el juicio de que Ifema había censurado una obra de arte ha sido prácticamente admitido por unanimidad, sin que las torpes disculpas y rectificación posterior de la empresa hayan impresionado a nadie. Muchos han extendido además la culpa al Gobierno español –por una vez realmente al margen de todo esto-, y muchos medios han contextualizado el incidente en una amenaza generalizada a la libertad de expresión en España, como hacía este editorial de El País: “Ifema ataca un pilar de la democracia al censurar una obra en Arco”.

Naturalmente, el argumento común de todas estas reacciones insiste en que, al margen de lo que diga Santiago Sierra con su despreciable concepto de “preso político”, el derecho de los artistas a la libertad de expresión es sagrado.

La manipulación

Sorprende que Ifema pidiera por primera vez retirar un objeto nada especial en el panorama del muchas veces mal llamado “arte conceptual”, más propiamente “arte político” en el sentido ideológico-sectario del término. Esta corriente, más panfletaria que transgresora y más convencionalmente sermoneadora que creativa, se opone en todo y por sistema al sistema (salvo en lo relativo al mercado de arte y a su patrocinio público). ARCO ha presentado muchas obras “políticas” más agresivas que “Presos políticos” sin ningún problema. El propio Sierra es autor de una obra realizada con excrementos humanos recogidos en India, o de acciones donde pagaba por masturbarse ante una cámara a jóvenes cubanos necesitados de dinero, pintaba una línea sobre los cuerpos de prostitutas contratadas para la ocasión, o donde un conjunto de parejas de ambos sexos (pixeladas) practican la sodomía ante las cámaras en diferentes combinaciones.

El principio cui prodest invita a pensar que alguien interesado sugirió una reacción preventiva contra una obra que, sin la retirada solicitada, habría pasado casi desapercibida

El entrometimiento de Ifema es tan raro, a la luz de los precedentes, que el principio cui prodest invita a pensar que alguien interesado sugirió una reacción preventiva contra una obra que, sin la retirada solicitada, habría pasado casi desapercibida. La colaboración de la galerista desde el primer momento, sin oponer la menor resistencia, abona esta sospecha, ratificada por su gratitud posterior por al escándalo publicitario buscado. Añadamos que la obra estaba vendida antes de la inauguración a Tatxo Benet, cuyas declaraciones sugieren que estaba perfectamente al tanto del desarrollo ulterior de los hechos.

Hay pues un territorio neutral a salvo de la rebelión que proclama: el del arte, su mercado y las instituciones culturales, que pagan y alimentan la máquina de deslegitimación sistemática travestida en alta cultura

La obra y trayectoria de Santiago Sierra dejan claramente establecido que a sus ojos capitalismo y Estado son el colmo de la perversidad: todo vale contra ellos, toda forma de rebelión es legítima aunque sea criminal. Pero prostitución, marginación social y explotación laboral sirven, sin embargo, como material necesario de sus obras de arte. Hay pues un territorio neutral a salvo de la rebelión que proclama: el del arte, su mercado y las instituciones culturales, que pagan y alimentan la máquina de deslegitimación sistemática travestida en alta cultura, haciendo de Sierra en un personaje público influyente (nada nuevo bajo el sol, por otra parte: en las cortes absolutistas de antaño a los bufones se les permitían ciertas transgresiones prohibidas al resto, como hacer chistes a costa del Rey, siempre que no subvirtieran la jerarquía).

Como observó Juan Bonilla en un inteligente comentario de toda esta triste historieta, la obra censurada de Santiago Sierra no son las fotografías pixeladas, sino los prolegómenos y consecuencias de su exhibición y retirada más el inevitable torrente de comentarios adicionales (incluido este); la obra de Santiago Sierra no es sino la reputación revolucionaria de Santiago Sierra. Las fotos son un mero macguffin, un pretexto para poner en marcha polémicas y acciones contra “el sistema”.

La decisión de qué es o no arte valioso la toma un club endogámico de iniciados al frente de las instituciones culturales y un mercado de lujo muy restringido

Que para mucha gente desconcertada esto de Sierra “no sea arte” no importa en absoluto: en estos tiempos donde no se habla de otra cosa que de participación, y en arte político más que en ninguna parte, la decisión de qué es o no arte valioso la toma un club endogámico de iniciados al frente de las instituciones culturales y un mercado de lujo muy restringido. Esa no es la discusión que trataba de suscitar el montaje de Santiago Sierra, y menos la participación de Benet y compañía.

Todo este jaleo buscaba dejar en ridículo al Estado, deslegitimar a una democracia acusada de (A) tener presos políticos, (B) de censurar al arte comprometido que lo denuncia, y (C) convertir en “presos políticos” a terroristas, simples tarados violentos, sobre todo tres separatistas catalanes en prisión preventiva por intentar un golpe de Estado fracasado.

Tras la caída de la religión en sociedades como la nuestra, el arte ha venido a sustituirla. La política y el periodismo, despreciados, no pueden causar un escándalo semejante, pero la censura del arte sí

¿Pero por qué hacerlo usando una “obra de arte” incomprensible para el vulgo? Porque, tras la caída de la religión en sociedades como la nuestra, el arte ha venido a sustituirla. La política y el periodismo, despreciados, no pueden causar un escándalo semejante, pero la censura del arte sí. El arte es sagrado, desinteresado e inocente; los artistas famosos, profetas cuya palabra airada no puede cuestionarse; la creencia en la trascendencia de lo etiquetado como arte, cuestión de fe; sus obras y residuos, reliquias veneradas, presentadas al culto en los nuevos santuarios y objetos únicos de precios estratosféricos. ¿Qué mejor dedo para señalar la presunta falsedad de la democracia española que una obra de arte “censurada” por censurar al Estado mismo? Nada más eficaz.

Si la libertad de expresión se identifica con la destrucción de la democracia y sus valores, el resultado será semejante a la conversión de la libertad económica en pútrido “capitalismo de amiguetes”

Han sido listos aprovechándose de las incongruencias del sistema cultural, para qué vamos a negarlo, y otros tan tontos como de costumbre. El resultado es una farsa que, lejos de defender la libertad de expresión que se percibe amenazada, contribuye a caricaturizarla y debilitarla aún más que cualquier decisión judicial discutible. Si la libertad de expresión se identifica con la destrucción de la democracia y sus valores, el resultado será semejante a la conversión de la libertad económica en pútrido “capitalismo de amiguetes”. No es casual que en esta conjura se hayan juntado especialistas habituales en ambas aberraciones. La libertad de expresión se la trae al pairo: lo que les une es el odio supremacista y el temor a una democracia española digna de este nombre, cuya reputación y moral quieren hundir como sea.