Territorio amarillo - Jaime Berenguer

En Cataluña, la guerra de los lazos amarillos representa el vivo ejemplo de enfrentamiento civil sin derramamiento de sangre -por ahora-, camino de convertirse en un ensayo general de algo definitivamente peor.

La confrontación por la conquista y defensa de un territorio

Son muchos los análisis y argumentos que desde distintos campos -la política, el derecho, la economía e incluso la estética- se han dado para explicar este enfrentamiento, ese supuesto “derecho” a poner o quitar símbolos nacionalistas de las calles. Sin embargo, estas explicaciones, aun siendo aceptables, me resultan subsidiarias de lo que, creo, es más bien la confrontación por la conquista y defensa de un territorio. Me explico.

Imagine por un momento que está usted sentado en una cafetería esperando a que el camarero le avise para recoger su consumición. Es usted afortunado; ha conseguido la última mesa donde sentarse a tomar una bebida mientras observa el mar que rompe acariciando suavemente la arena. El camarero le llama. Van usted y su acompañante a recoger sus bebidas, pero, cuando vuelven a la mesa, se encuentran que unos desconocidos han quitado sus cosas y se han sentado donde estaban ustedes. ¿Qué siente?

Imagine ahora esta otra situación: llega a casa y trata de abrir la puerta. No puede, algo le impide entrar cuando desde dentro de la casa alguien le dice que su vivienda ha sido okupada por un colectivo. ¿Y ahora?

Bien, vuelva al primer ejemplo y cámbielo levemente, piense que en lugar de retirar sus pertenencias y quitarle la mesa donde se sentaba, los desconocidos han llegado a los lugares donde usted y su familia viven; su calle, su barrio, su plaza y se lo han apropiado, se han quedado con todo el espacio público. En el segundo ejemplo sustituya el colectivo de okupas que le han arrebatado su vivienda por otro que le ha quitado sus instituciones democráticas; consejerías, colegios, edificios públicos, ayuntamientos, comisarías. ¿Qué tal?

En ambas situaciones, lo que usted acaba de sentir, pensar y, en su caso, hacer, está relacionado con lo que los psicólogos sociales denominamos territorialidad humana. En este caso, seguramente, algo parecido a una mezcla de enfado, injusticia y miedo. Es decir, sus sentimientos, pensamientos y conductas están, en parte, determinados por ese proceso básico que es la territorialidad humana.

La ocupación territorial se lleva a cabo no solo a través de la conquista territorial –física-, sino también a través de la ocupación ideológica

Al igual que en otros animales, el territorio, su ocupación y conservación es un hecho consustancial a nuestra especie y, como señalan Valera y Vidal1, conlleva la aplicación al espacio público de conceptos como defensa, posesión, exclusividad de uso, dominación o control, entre otros. Las grandes gestas de conquista, la exploración de territorios desconocidos y no pocas guerras tienen mucho que ver, bien con la ampliación del territorio, del espacio vital –Lebensraum-, bien con el área de influencia política y comercial bajo control. Por tanto, para entender bien lo que pretende el nacionalismo, las tácticas que emplea y el conflicto civil que sacude Cataluña, debemos tener en cuenta que la ocupación territorial se lleva a cabo no solo a través de la conquista territorial –física-, sino también a través de la ocupación ideológica, un matiz importante sobre el que volveré más tarde. Ambos tipos constituyen, sin duda alguna, un tipo de agresión.

La territorialidad humana tiene fundamentalmente tres funciones: la organización social, la identidad social y la supervivencia. Veamos algo de cada una de ellas.

Aquí, la organización social del territorio (del espacio) hace referencia a cómo se organiza el mismo, es decir, quien controla el territorio decide lo que pasa en él: dicta las normas, delimita el uso del mismo, vigila, reconoce y sanciona los comportamientos, determina sus ocupantes, etc. En definitiva, transforma y controla conducta y mente. Por ejemplo, si en un solar decido hacer una nueva carretera, poner unos columpios o hacer un campo de baloncesto aparecerán conductas congruentes con el diseño; más tráfico, niños tirándose por el tobogán o aficionados al baloncesto que incluso podrán organizarse formando un club, mientras desaparecen las conductas previas a la aplicación de los cambios.

Un buen ejemplo de lo que digo lo encontramos en las palabras de Paco Caja, activista contra la exclusión nacionalista, cuando señala que “[en Cataluña]…el nacionalismo se ha apropiado hasta del último club de ajedrez”

La potestad para establecer la organización social del territorio es una relación jerárquica, determina lo que pasa en ese espacio, quién puede estar o no allí, quién puede, o no, acceder, quién tiene prioridad, pero también puede utilizarse para determinar quién debe someterse, qué se puede decir o hacer, cómo podemos o debemos comportarnos en ese lugar e, incluso, qué se puede pensar o no. Un dominio completo del lenguaje y del discurso. Como señalé más arriba, la territorialidad no se da de manera necesaria ni exclusiva a través del dominio más puramente físico o geográfico como la conquista de un país: se produce, sobre todo, desde una perspectiva social y psicológica. De hecho, ambas formas de dominio territorial pueden darse al unísono o no. Un buen ejemplo de lo que digo lo encontramos en las palabras de Paco Caja, activista contra la exclusión nacionalista, cuando señala que “[en Cataluña]…el nacionalismo se ha apropiado hasta del último club de ajedrez”.

En el caso de los nacionalismos la dominación del territorio ha sido primero y antes que nada ideológica y social, psicológica, solo así es posible expropiar un territorio a sus ocupantes si no se tiene la capacidad para hacerlo con el uso de las armas. Fíjense que no utilizo aquí la expresión uso de la violencia porque no quiero caer en la trampa utilizada habitualmente por el nacionalismo de referirse a la violencia exclusivamente cuando es física y no con el poder, con el uso de la fuerza. Si por algo se caracteriza la ocupación ideológica y psicológica del territorio por parte del nacionalismo es por la utilización de la fuerza con una violencia inusitada. La diferencia, ahora, en el caso de Cataluña, es que el nacionalismo ha dado un paso más. Es decir: quiere completar el dominio total sobre el territorio con la apropiación geográfica, lo que supone la desaparición de un Estado y su sustitución por otro -el de ellos-.

Una territorialidad que emerge en las palabras de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, cuando dice que “no es lo mismo poner lazos que quitarlos”. Palabras que denotan una privatización excluyente del espacio público

Los efectos psicológicos individuales y colectivos de la apropiación territorial por parte de un grupo, ese considerar que un espacio es de tu exclusiva propiedad, esa privatización de lo público, esa expropiación en masa, ese disponer a voluntad del mismo es lo que lleva a comportamientos fanáticos y xenófobos como los que hemos visto recientemente en Blanes, donde primero se colocaron lazos amarillos en una propiedad privada para, más tarde, acosar al propietario al grito de “fuera de aquí [español]” cuando los retiró. Es lo que lleva a llamar colonos a todos aquellos que no superan los indicadores de pureza ideológica requeridos, o a partir el tabique nasal a una mujer porque quitó unos lazos en un territorio que no es el suyo porque lo deciden ellos. Por hacerlo, en definitiva, siendo “extranjera”. Una territorialidad que emerge en las palabras de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, cuando dice que “no es lo mismo poner lazos que quitarlos”. Palabras que denotan una privatización excluyente del espacio público, de lo que se puede hacer o no, de lo legítimo y lo ilegítimo, de lo bueno y lo malo, de la libertad solo para algunos, de la negación del individuo frente al fomento de la masa irreflexiva. También de las instituciones, es nuestro ayuntamiento, nuestra alcaldía, nuestra policía y para que lo sepas, las marcamos, lazos, fotos y pancartas. Terrible.

El nacionalismo ha conseguido que una parte de la sociedad catalana crea que Cataluña es solo suya, de su propiedad. Una visión patrimonialista de lo común, una democracia monista -concepto de Rafael del Águila-. Un éxito táctico considerable para sus fines: ha fabricado máquinas dispuestas a todo, o a casi todo, que realmente consideran que aquel trozo de España es suyo -exclusivamente suyo- porque sí.

La territorialidad actúa, además, sobre la formación de la identidad individual y grupal lo que nos ayuda a comprender cómo se ha conseguido fabricar esta “realidad territorial e identitaria”. La identidad de personas y grupos surge también del hecho de cómo se personalice, se decore o diseñe el espacio -de cuáles son las señales simbólicas que contiene-. Esto ocurre activa y pasivamente en función de los símbolos que contiene o los que se hayan hecho desaparecer.

El espacio se convierte en fuente de expresión, en una extensión de lo que somos, y se lo comunicamos a los demás y a nosotros mismos. Pero cuando esto ocurre en el espacio público, común, cuando son otros los que lo “decoran” lo que están haciendo es imponer a los demás lo que deben hacer y pensar

La ocupación del espacio -las señales que aparecen en él- es una forma de comunicar a los que lo habitan su sentido de identidad, su personalidad, su pertenencia a un grupo dado: de sentir ese espacio como propio o ajeno, cómodo o incómodo; de estar en casa o en territorio enemigo; de aumentar los sentimientos de apego hacia él; de comunicar a los demás los intereses colectivos, las actitudes, normas y valores que lo rigen y, claro está, los inadecuados, los malos. Eso es lo que ocurre cuando un adolescente cierra la puerta de su cuarto y lo llena de posters de sus cantantes, deportistas o actores favoritos. Es lo que hacemos nosotros cuando decoramos nuestra casa, nuestro coche o nuestro lugar de trabajo: lo personalizamos, nos apropiamos de él. El espacio se convierte en fuente de expresión, en una extensión de lo que somos, y se lo comunicamos a los demás y a nosotros mismos. Pero cuando esto ocurre en el espacio público, común, cuando son otros los que lo “decoran” lo que están haciendo es imponer a los demás lo que deben hacer y pensar. Les coaccionamos y, sin duda, les manipulamos y adoctrinamos: les obligamos a ser lo que no son, les arrebatamos la libertad como ocurre con los niños en los espacios educativos nacionalistas, repletos de simbología identitaria. Marcar el territorio es lo primero que hacen las pandillas cuando se apropian de un parque público: inundarlo con símbolos y pintadas (“esto es nuestro, nos pertenece”, “ten cuidado con lo que haces o te puede salir caro”, “tú puedes entrar, tú no”, “tú eres de los nuestros, tú no”). Y eso es lo que están haciendo los nacionalistas en Cataluña saturándolo todo con lazos, esteladas y fotografías de políticos presos. Nada tiene que ver con la libertad de expresión: se trata de marcar el territorio para imponer normas, leyes e ideología. Privatizan el espacio público, te expulsan, te adoctrinan, te dicen que allí mandan ellos. La calle es mía, las instituciones son mías, todo es mío. Si quieres estar aquí sométete, si no, fuera, vete, español, colono, extranjero.

Pero esto no es nuevo, simplemente más evidente. Es lo que se ha estado haciendo con la lengua, una herramienta que se ha utilizado primero para estereotipar, ahora para discriminar y muy pronto para justificar la expansión territorial, el espacio vital. De ahí, la desaparición absoluta de lo español en la esfera pública catalana: el castellano, los toros, la bandera, el himno, el rey, el ejército, la policía, el Estado. Es un territorio de identidad definido contra lo español. Cualquier atisbo de España ha sido suprimido del territorio nacionalista y sustituido por su contrario, de ahí la obsesión del nacionalismo por crear sus propios símbolos, su propio tipo de grafía. Nada de esto es casual ni anecdótico sino conocido, organizado y metódico.

Los no nacionalistas no tienen más remedio que reaccionar o se convertirán en refugiados, en parias sometidos en su propia tierra

Finalmente, la territorialidad humana tiene una función de supervivencia. Pocas cosas pueden generar mayor indefensión que ser expulsado de tu propio territorio, de tu casa, de tus lugares, de tus instituciones públicas. El conocimiento del territorio, la pertenencia a uno, influye en las oportunidades de supervivencia. Quizás sea más claro en los animales, más territorio aumenta el acceso al alimento y la posibilidad de defenderse de los enemigos. En el caso de los seres humanos es relativo pero igualmente relevante. Solo imaginen tener que emigrar a un país del que no conocemos el idioma ni las costumbres. Es por esto que se ha producido la reacción contra la apropiación del espacio público que llevan a cabo los nacionalistas, ese quita y pon de lazos y banderas. Los no nacionalistas no tienen más remedio que reaccionar o se convertirán en refugiados, en parias sometidos en su propia tierra. Quizá acaben como desplazados en otras tierras pero aviso a navegantes, conozco pocos casos en los que antes de eso no se defienda el propio territorio y se abandone sin lucha. Lo hacen por su propia supervivencia y por su identidad porque ellos también se sienten de esa tierra, tan catalanes como los nacionalistas. El conflicto está irremediablemente servido y al fuego.

Es por todo esto por lo que en Cataluña la defensa de la democracia pasa, también, por mantener un espacio público y unas instituciones como un espacio de todos y limpio de simbología partidista.

1Valera, S y Vidal, T (2000). Privacidad y Territorialidad. En J.I. Aragonés y M. Amérigo (coord.) Psicología Ambiental. Madrid, Pirámide