Sé feminista como te dé la gana - Rosa Díez

O no lo seas, vaya. Pero si eres feminista, no permitas que nadie te diga cómo has de serlo. Porque no se me ocurre nada más machista que el empeño de algunas mujeres -que coinciden en el de algunos machos alfa y medios de comunicación dirigidos mayoritariamente por hombres- de definir cómo han de ser las buenas feministas.

No hay nada más machista que el intento de estabularnos a todas las mujeres, de convertirnos en una masa, de cosificarnos, de definirnos como un colectivo monocorde al que hay que adherirse de forma inquebrantable si no quieres ser expulsada del feminismo políticamente correcto y catalogada como una enemiga de la causa. O, si me apuran, como una mala mujer.

No hay nada más machista que descalificar a las mujeres que no se sienten representadas por un Manifiesto que pone más empeño en dividirnos a las mujeres que en unirnos a todas –y todos- por la causa de la igualdad

No hay nada más machista que descalificar a las mujeres que no se sienten representadas por un Manifiesto que pone más empeño en dividirnos a las mujeres que en unirnos a todas –y todos- por la causa de la igualdad. Y que, por cierto, mezcla churras con merinas sin ningún tipo de rigor. Porque apelar al “capitalismo” como causa de la desigualdad entre hombres y mujeres no deja de ser una grosera manipulación de la historia. Como muy bien recordaba Carlos Martínez Gorriarán en Twitter a propósito de esta cuestión, la revolución soviética no aceleró la emancipación de las mujeres de la opresión masculina. En 80 años de la URSS, ninguna mujer alcanzó la cumbre del poder (salvo que fueran las esposas del jefe), mientras sí lo consiguieron Margaret Tatcher, Golda Meir o Indira Ghandi, en democracias más o menos liberales. La historia real nos demuestra que únicamente en las democracias liberales, con todos los problemas y dificultades que existen para que las mujeres accedan a puestos tradicionalmente ocupados por hombres, es posible lograrlo.

No hay nada más machista que elaborar y publicitar catálogos de libros que nos enseñen a ser “buenas feministas”.

No hay nada más machista que señalar despectivamente a aquellas mujeres que se atreven a ser ellas mismas, a cuestionar o expresar su intención de no sumarse a la huelga convocada para el día 8 o a criticar algunos de los aspectos del famoso Manifiesto Feminista.

Me toca las narices que ahora resulte que lo progresista es negar a las mujeres el derecho a utilizar su libre albedrío, su derecho a ser y a discrepar

No hay nada más machista que este empeño de enfrentarnos a las mujeres entre las que secundamos la huelga y las que no. Ni nada más hipócrita que presumir de secundar la huelga cuando la empresa en la que trabajas es de tu propiedad. Me toca las narices que ahora resulte que lo progresista es negar a las mujeres el derecho a utilizar su libre albedrío, su derecho a ser y a discrepar. ¿Puede haber algo más casposo, más retrógrado que pretender callarnos utilizando el argumento de que levantar la voz y establecer la discrepancia es “malo para las mujeres”?

Una que ya peina canas –teñidas, pero ahí están- se ha pasado toda la vida combatiendo los empeños del totalitarismo dominante que pretende definir en cada momento cómo tienes que ser para ser admitida en el club de los iguales. Los primeros veinticinco años de mi vida fui tachada de mala española, porque mandaban los franquistas y yo no lo era. Muerto Franco fui calificada como mala vasca, porque en mi tierra mandaban los nacionalistas y yo no lo era. Y a estas alturas de mi vida he de tener que escuchar que no soy feminista porque me niego a formar parte de tribu alguna y quiero ser una mujer con todos los derechos en activo, el primero de ellos el de ser una ciudadana que no renuncia a ejercer su libre albedrío por el hecho de ser mujer. No renuncio a ejercerlo cuando me lo quieren imponer los pistoleros, los nacionalistas, los gobernantes, los poderosos, los corruptos… Ni tampoco cuando alguien que pretende hablar en nombre de todas las mujeres osa decirme no solo lo qué debo hacer sino hasta lo que debo pensar para ser considerada una buena feminista o, si te descuidas, una buena mujer.

Para el líder del Partido Socialista sus compañeros hombres son individuos con nombre y apellido, con personalidad y valores propios mientras que sus compañeras mujeres son un grupo homogéneo, sin personalidad propia, del que se puede extraer una ficha numerada porque lo mismo da una que otra

Estos empeños de estabularnos a todas dentro un grupo en el que el sentido de tribu prima sobre el derecho del individuo son muy propios de todo nacionalismo; y, por supuesto, del totalitarismo más genuino. La cosa va de ahormarnos en un colectivo al que se dice respetar mucho siempre que cada uno de sus integrantes renuncie al derecho a utilizar su libre albedrío. Tenemos un ejemplo perfecto en las palabras de Pedro Sánchez, uno de los varones que se suman a esta convocatoria de huelga: “El candidato del PSOE a la Comunidad de Madrid será Gabilondo; a la Alcaldía de Madrid lo será una mujer”. Como se desprende de esas palabras, para el líder del Partido Socialista sus compañeros hombres son individuos con nombre y apellido, con personalidad y valores propios, mientras que sus compañeras mujeres son un grupo homogéneo, sin personalidad propia, del que se puede extraer una ficha numerada porque lo mismo da una que otra. Es mujer, es del PSOE… y punto.

Si no fuera un signo más de la inmadurez y decadencia ideológica y democrática de nuestro país podría resultar hasta jocoso este intento de uniformarnos a las mujeres como si fuéramos un todo, este empeño de imponernos un credo, una religión feminista definida por quienes manejan el cotarro, este desenfreno de publicidad y medios para que nos sumemos todas a la religión verdadera.

Creo que no hay nada más feminista, en el verdadero sentido de la palabra, que librar la batalla por la igualdad siguiendo en cada momento el dictado de la propia conciencia

Creo que no hay nada más feminista, en el verdadero sentido de la palabra, que librar la batalla por la igualdad siguiendo en cada momento el dictado de la propia conciencia. Es verdad que esa actitud puede resultar más incómoda que formar parte de un grupo en el que se disuelve tu responsabilidad y te sientes amparada y protegida siguiendo los dictados de la mayoría. A lo mejor tiene razón un amigo mío cuando dice que algunos topamos con la Iglesia no una vez, como don Quijote y Sancho, sino una vez tras otra. Pero creo que soy demasiado mayor para cambiar; así que aquí le ando, hoy jueves de huelga, escribiendo este artículo y arriesgándome a que me declaren hereje…

Sé bien que existe un machismo social, económico, ideológico, político… Lo he vivido en mis propias carnes a lo largo de mi vida. Precisamente por eso, porque es un problema real, no voy a caer en los eslóganes facilones. Sé que esto no se cambia enfrentándonos entre nosotras o poniendo una “a” al final de una palabra. Fui diputada, miembro del Congreso de los Diputados, la Portavoz de un Partido Político y portavoz de mi partido en varias Comisiones parlamentarias. Soy feminista. Y fui y soy todas esas cosas porque no renuncio a lo más sagrado: soy ciudadana española y la Constitución me reconoce todos mis derechos como tal. Todos y cada uno son de ellos son inalienables, intransferibles e innegociables. Entre ellos está uno que es inseparable de mi condición de ciudadana: el derecho al libre albedrío. No cederé ese derecho nunca y a nadie.

Soy feminista porque considero que es necesario seguir luchando por la igualdad real y completa entre hombres y mujeres

Soy feminista porque considero que es necesario seguir luchando por la igualdad real y completa entre hombres y mujeres. Soy feminista porque creo que en esa batalla por la igualdad no sobra nadie: ni una sola mujer ni un solo hombre. Soy feminista porque no quiero ganar ninguna batalla a los hombres ni a ninguna mujer que no piense como yo; soy feminista porque pienso que con la igualdad entre hombres y mujeres ganamos todos, no solo las mujeres. Soy feminista porque creo que la igualdad entre hombres y mujeres no es solo ni principalmente una reivindicación de las mujeres en general ni de las mujeres en particular, sino una asignatura pendiente de la democracia. Y que por ello ha de ser una batalla que se ha de librar buscando complicidades, buscando sumar, buscando empatías, buscando el bien común.

Estos días pasados en los que he escuchado a tanto macho alfa explicarnos a las mujeres lo que teníamos que hacer, cómo debíamos ser o hasta lo que debíamos leer para ser “buenas feministas”, he recordado a Clara Campoamor, una mujer española cuya memoria fue oscurecida durante la dictadura y descaradamente manipulada cuando se recuperó la democracia. Merece la pena recuperar la historia real, la lucha de esta mujer sufragista que defendió la libertad, la igualdad y la justicia en todos los ámbitos y también en el ámbito de las mujeres. Ella fue elegida diputada en el año 1931 (las mujeres podían ser elegidas, pero no podían elegir) y formó parte del reducido grupo de 21 diputados que elaboró el Proyecto de Constitución de la Nueva República; o sea, en tiempos en los que las mujeres no tenían reconocido el derecho al voto, ella fue Madre de la Constitución. No consiguió introducir el derecho al voto femenino en la Carta Magna porque las izquierdas en general no querían que la mujer votase pues pensaban que estaban muy influidas por la Iglesia y votarían a favor de la derecha. Como ven, ya entonces un sabiondo grupo de hombres (y notables mujeres) pensaban que las mujeres éramos un todo uniforme, no un grupo heterogéneo de ciudadanas con pensamiento propio e individual. Hoy ya sabemos que Clara Campoamor ganó el debate en las Cortes enfrentada a otra reconocida diputada socialista, Victoria Kent. Lo ganó por 161 votos frente a 121, con el voto en contra de Acción Republicana, el Partido Republicano Radical Socialista y su propio partido, el Partido Radical, salvo cuatro de sus compañeros. Injusticias de la vida: ni ella misma ni Victoria Kent consiguieron ser reelegidas en 1933, cuando las mujeres pudieron votar por vez primera. Su propio partido la repudió y cuando estalló la guerra huyó de España por miedo a que la pasearan los republicanos.

Para que no nos cuenten historias sobre lo que significa el feminismo, sobre lo que hizo o no la izquierda o los llamados progres para conseguir algunos avances tan de justicia primaria como el voto femenino, nada mejor que leer los libros de Clara Campoamor, su propia experiencia durante los debates parlamentarios y lo que escribió sobre sus compañeros de la República cuando ya estaba exilada. Dos párrafos a modo de ejemplo:

“A mi pudiéronme cargarse todos los pecados políticos imaginarios de la mujer, y pasárseme todas las cuentas del menudo rencor. Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideológicamente me interesa y al que aún aislada sirvo” (El voto Femenino y yo)

“La división tan sencilla como falaz hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas, para estimular al pueblo, no se corresponde con la realidad, La heterogénea composición de los grupos que constituyen cada unos de los bando demuestra que hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como antidemócratas en el bando gubernamental”. (La revolución española vista por una republicana)

La democracia sería mucho más imperfecta si esas mujeres no se hubieran atrevido a levantar la voz muchas veces en contra de otras muchas mujeres que defendían que su lugar en el mundo había de estar supeditado a los hombres

La sociedad debe mucho a las mujeres que lucharon por los derechos de todas nosotras. El mundo sería aún mucho más injusto si un puñado de mujeres no hubiera roto la disciplina familiar (o política) y se hubiera levantado contra la sociedad patriarcal para reclamar derechos que tenían reconocidos sus hermanos, sus padres, sus hijos, sus compañeros de partido; pero no sus madres, sus hermanas, sus hijas, sus compañeras de partido… La democracia sería mucho más imperfecta si esas mujeres no se hubieran atrevido a levantar la voz muchas veces en contra de otras muchas mujeres que defendían que su lugar en el mundo había de estar supeditado a los hombres. Y que lo más que se podía reclamar es que estos las tratasen bien.

Tengo para mí que ninguna de esas mujeres que dio la batalla –arriesgando incluso la vida- para conseguir la igualdad de derechos entre hombres y mujeres renunciaría a su derecho a ser feminista como le diera la gana.

Si, en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres hay aún mucha tela que cortar. Hay un machismo difuso que lo empapa todo, incluso sin que nos demos cuenta. En muchas entrevistas de trabajo a las mujeres se les sigue preguntando si son o tienen la intención de ser madres; a los hombres, no. Cuando una mujer ejerce su liderazgo es común que le llamen mandona; cuando lo hace un hombre, dicen que tiene dotes de líder; o que tiene carácter. A una mujer que comparece públicamente es común que la miren primero; y, con suerte, que la escuchen después. Tras una intervención en la televisión en más de una ocasión me han dicho aquello de : “qué bien estuviste ayer…” “¿en qué tema…?” “No se… llevabas un traje rojo… ah, sí, era sobre el tema de las pensiones….”.

Por supuesto que la política no es ajena al machismo; diría más: el machismo en política es de lo más agudo, lo que es normal teniendo en cuenta que ha sido y es un mundo dominado por los hombres. Por eso defiendo las cuotas como un instrumento para conseguir que lo que es bueno para el conjunto de la sociedad -que hombres y mujeres nos repartamos el espacio público y que no se prescinda de una parte importante de sus miembros- sea un hecho. Hay quien piensa que “la que vale, vale”. Pero la experiencia demuestra que eso no es así. Quien crea que es bueno que haya más mujeres en los lugares en los que se toman decisiones que afectan a hombres y mujeres por igual ha de saber que eso no se consigue solo con buenas palabras o formulando buenos deseos. Hay que tomar decisiones proactivas; y las cuotas cumplen ese objetivo: hacer posible lo que es necesario.

Pero las cuotas no lo arreglan todo. Piénsese que la rotación entre mujeres es muchísimo más alta que entre hombres. O sea: muchas mujeres llegan a las listas por cooptación – un hombre las pone, casi siempre son minoría en los foros en los que se decide quién va o no un una lista- y en cuanto muestran que tienen criterio propio… las cambian por otra. Lo que les ocurrió a Clara Campoamor o Victoria Kent que antes comenté se sigue repitiendo en nuestros días.

Concluyo por donde empecé: hoy 8 de marzo, y mañana, y pasado… y el año que viene… sé feminista. Hace falta seguir luchando, no sobra nadie. Sé feminista, busca hombres y mujeres que se sumen a la causa de la igualdad sin decirles cómo han de hacerlo, cómo han de sentir, cómo han de pensar. Sé feminista, teje complicidades. Sé feminista, porque eres mujer, porque eres ciudadana, porque eres igual que otros ciudadanos, porque no eres más ni menos que nadie, porque eres libre, porque es tu derecho. Sé feminista… como te dé la gana.