Politicos y psicopatia - Antonio Cervero

Qué es la psicopatía

Si en una conversación cualquiera saliera a relucir el término psicópata, es probable que lo primero que nos viniera a la mente fuera la figura de algún asesino en serie como Hannibal Lecter o el desgraciadamente célebre, Charles Manson. Y en ambos casos, esta imagen visual respondería con toda seguridad a alguna fotografía o al fotograma de algún video publicado en los medios de comunicación, que no lo olvidemos, configuran el denominado cuarto poder debido precisamente a su capacidad de influencia.

El problema de los medios de comunicación es que al igual que pueden aprovechar su capacidad de difusión para informar a la ciudadanía con cierto rigor (siendo idealistas), también pueden optar por la desinformación y el sensacionalismo, creando en ocasiones prototipos de corte cinematográfico que se alejan de su referente real. Esto es precisamente lo que ha pasado con la figura del psicópata, con el consiguiente y peligroso descenso en el umbral de activación de defensas psicológicas de los ciudadanos.

El psicópata es plenamente consciente y en todo momento de lo que hace, y no tiene alterada su capacidad volitiva, distinguiendo perfectamente entre el bien y el mal desde una perspectiva intelectual

Lo primero que cabe decir de la psicopatía es que existen dos tradiciones de estudio. La visión anglo-americana que lo entiende como una desviación moral de la conducta y la visión europea (de origen alemán) que lo entiende como un trastorno de personalidad (Belloch, Sandín y Ramos, 2008). No obstante, independientemente de la tradición, lo que se pone en duda en ambas es que tal condición pueda ser catalogada como una enfermedad, en el sentido de que el psicópata es plenamente consciente y en todo momento de lo que hace, y no tiene alterada su capacidad volitiva, distinguiendo perfectamente entre el bien y el mal desde una perspectiva intelectual. Este mismo hecho es el que hace que, en ocasiones, sean muy difíciles de identificar y que puedan estar perfectamente adaptados a la vida en sociedad, hablando entonces de psicópatas integrados, que son la mayoría. Asimismo, en ambos casos parece no existir una única expresión de psicopatía, sino un conjunto de variables que se manifiestan de forma diferencial de un psicópata a otro, lo que hace que, entre los profesionales, más que de psicópatas se tienda a hablar de rasgos o indicadores psicopáticos.

Entre estos podemos destacar los relacionados con el ámbito personal (sentimiento exagerado de autoimportancia, egoísmo, agresividad y frialdad, falta de remordimiento y responsabilidad de los propios actos), con el ámbito afectivo e interpersonal (cierto carisma y encanto personal, incapacidad para entender o demostrar emociones, uso persistente de la manipulación y la mentira patológica, impulsividad, ausencia de empatía y remordimiento, rencor) o con el ámbito social (desprecio por los demás y violación de sus derechos así como exigencia de satisfacción de las propias necesidades de dominación, poder y control) (López y Núñez, 2009).

Sí conviene aquí matizar que existen otros trastornos de personalidad o características de personalidad que se entrelazan con la psicopatía. Y dos de ellos son especialmente importantes, pues configuran junto con la psicopatía subclínica (esto es, la tenencia de síntomas que no superan el límite a partir del cual se diagnostica un trastorno, pero que pueden configurar un patrón preocupante) lo que se denomina la triada oscura de la personalidad.

Esta denominación hace referencia a un aterrador patrón de personalidad caracterizado, además de por las tendencias psicopáticas, por el narcisismo y el maquiavelismo. El narcisismo comparte con la psicopatía aspectos como el egocentrismo, el exagerado sentido de autoimportancia o la intolerancia ante la crítica, aunque su foco de atención se centra en otros aspectos como la exigencia constante de admiración, el comportamiento soberbio y la proyección de la envidia. El maquiavelismo, por su parte, comparte características como la instrumentalización de las personas, la frialdad y la tendencia a manifestar conductas estratégicas y controladoras, pero las acompaña de un cierto cinismo e hipocresía que el psicópata no presentaría, tanto por su incapacidad para sentir emociones reales como por las dificultades que tales rasgos generarían para la consecución de sus fines manteniendo una fachada artificial.

No es de extrañar que muchos afectados busquen campos profesionales muy concretos donde poder dar rienda suelta a sus pulsiones y satisfacer sus necesidades, configurándose como ámbitos laborales ideales

Con estas características no resulta sorprendente, pues, que aquellas personas con tendencias psicopáticas acusadas tengan un concepto instrumental del prójimo. Dicho de otro modo, y por ejemplificarlo de forma más intuitiva, cualquiera de nosotros puede valer para el psicópata lo mismo que una silla: si esta le sirve para sentarse satisfaciendo su necesidad de descanso, es posible que la tolere e incluso que la cuide debido al bienestar que le proporciona, pero si tropieza con ella en un pasillo resultándole molesta, podría reducirla a astillas sin el más mínimo reparo. Así, y teniendo en cuenta las características señaladas, no es de extrañar que muchos afectados busquen campos profesionales muy concretos donde poder dar rienda suelta a sus pulsiones y satisfacer sus necesidades, configurándose como ámbitos laborales ideales: la banca, el periodismo, la judicatura, la educación, la religión, la psicología y, especialmente, la política.

Los grandes psicópatas

Los ejemplos de políticos de todos los signos con tendencias psicopáticas son amplios a lo largo de la Historia, si bien solo los casos más extremos han tenido cierta repercusión y han sido sometidos a análisis. A nadie puede sorprender que los grandes dictadores del siglo XX como Hitler, Stalin, Mussolini, Lenin o Mao tuvieran rasgos de estas características.

Especialmente interesantes son las semejanzas psicológicas entre Stalin y Hitler incluso prescindiendo de sus respectivos genocidios, prueba evidente de su absoluta indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Por ejemplo, en cuanto a su propio endiosamiento y según se relata en la obra: “La Hija de Stalin”, este llegó a decir a su hijo Vasili: “Tú no eres Stalin y yo no soy Stalin. Stalin es el poder soviético. Stalin es lo que es en los periódicos y en los retratos, no eres tú, ¡ni siquiera yo!”. Hitler, por su parte, se consideraba el líder mesiánico que llevaría todos y cada uno de los ámbitos culturales y sociales de Alemania a una nueva época de esplendor, hasta el punto que llegó a decir a Herman Rauschning: “si cree usted que nuestro partido se reduce únicamente a un partido político… es que no ha entendido nada”.

Ahí sigue estampada en las camisetas de cientos de jóvenes que no se han molestado en leer ni un par de líneas, la imagen de Ernesto “Che” Guevara, un psicópata de manual

También el estamento militar o guerrillero en confluencia con el poder político, o en su búsqueda del mismo, ha tenido un buen número de psicópatas, en ocasiones idolatrados por las masas. Ahí sigue estampada en las camisetas de cientos de jóvenes que no se han molestado en leer ni un par de líneas, la imagen de Ernesto “Che” Guevara, un psicópata de manual que, además de la multitud de citas existentes en documentos probados que exponen sus ideas racistas y homófobas, llegó a escribir en una carta a su padre el regusto que le provocaban sus instintos más sádicos: “Tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar”. Algo muy en la línea de los gustos del militar Carlos Eugenio Moori Koenig que, según el periodista David Placer, gustaba de someter a todo tipo de vejaciones sexuales el cadáver de Evita Perón cuando lo tuvo bajo su custodia.

Psicópatas de cercanías

Ahora bien, estos hechos absolutamente deleznables producto de una psicopatía extrema, no pueden, ni deben, enmascarar las conductas psicopáticas de políticos mucho más cercanos y actuales cuyas actuaciones tienen una influencia directa en la vida diaria de los ciudadanos.

Una forma de analizar estos rasgos psicopáticos se observa por ejemplo en la falta de empatía y la frivolización de hechos que han supuesto un grado de sufrimiento elevado para un colectivo. Cuando informaron a George Bush del ataque contra la primera de las Torres Gemelas, este decidió seguir con su visita a una escuela primaria de Florida. Al impactar el segundo avión, el jefe de gabinete entró en el aula alertando al presidente: “Señor, la nación está siendo atacada”. Su respuesta fue continuar leyendo a los niños durante casi diez minutos el libro: Mi mascota la cabra. En abril de 2009 se produjo un terremoto de 6.7 grados en la escala de Richter cuyo epicentro se situó en la ciudad de L’Aquila. Se calcula que 308 personas murieron, 1500 resultaron heridas y 50.000 perdieron sus hogares. Al visitar la zona del seísmo y entrar en el hospital de campaña, Berlusconi comentó a una doctora: “no me importaría ser reanimado por ti”. Este polémico comentario se produjo días después de que recomendara a los damnificados por el terremoto que se tomaran su estancia en el refugio provisional como “un fin de semana de camping”.

La deshumanización, además de una estrategia muy útil para incentivar la violencia de las masas, también es un indicador representativo. Y en este contexto tampoco hace falta que salgamos de nuestro país, pudiendo recordar citas como la del Molt Honorable President de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra: “Ahora miras a tu país y vuelves a ver hablar a las bestias. Pero son de otro tipo. Carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana, sin embargo, que destilan odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua. Están aquí, entre nosotros (…)”; las de Ana Botella: “(los mendigos) son una dificultad añadida para mantener limpia la ciudad”; o las no menos llamativas de Heribert Barrera que, no lo olvidemos, con pensamientos del tipo: “el eugenismo está muy desvalorizado, pero yo no veo por qué ha de ser así, si se utiliza racionalmente (…) A mí no me parece fuera de lugar esterilizar a una persona que es débil mental a causa de un factor genético” o “el cociente intelectual de los negros de EEUU es inferior al de los blancos”, fue Presidente del Parlamento catalán, diputado del Parlamento Europeo y Secretario General de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC).

Eso sí, llegados a cierto nivel socioeconómico y político, tampoco es necesario que uno se manche las manos cuando puede utilizar mensajes lo suficientemente ambiguos como para evitar el castigo propio mientras se arenga a las masas más vulnerables intelectual y emocionalmente para que hagan el trabajo sucio, en lo que es una evidente instrumentalización del prójimo. Desde el: “Nos cargaremos a cualquiera que se interponga en nuestro camino” (Joan Carretero, líder de Reagrupament) hasta el mensaje de Torra a los CDR: “Apretad, hacéis bien en apretar”.

En definitiva, que profundizando un poco y teniendo en cuenta las características apuntadas, cualquiera podría interpretar como psicopáticos ciertos rasgos de personalidad de muchos de nuestros responsables políticos, siendo más polémico determinar si estamos o no ante un psicópata con todas las letras, aunque tal cosa pueda plantearse más bien como una cuestión de grado que de categoría taxonómica.

Dejemos pues a la interpretación de cada cual si considera que plagiar una tesis para dar una imagen de autoridad intelectual o irse en un Falcon a un concierto porque uno lo vale aprovechando el cargo, y ocultando el coste, excede el sentido de autoimportancia que podría tener cualquiera de nosotros; o si repetir hasta la saciedad en una entrevista periodística que uno hace lo que hace porque es Presidente del Gobierno, denota o no una excesiva obsesión con las ansias de poder. Valoremos si mentir sobre si se pactará con independentistas o no y sobre si se van a convocar elecciones o no, forma parte de la aceptable treta política o si esconde algo más. Analicemos si pretender cerrar medios de comunicación por intolerancia a la crítica es algo legítimo o excede las garantías democráticas adentrándose en el terreno del rencor enfermizo, y examinemos si es adecuado políticamente calificar como asumible que se ocupen estaciones y la Subdelegación de Gobierno, y se intente tomar el Parlament, o denota una indiferencia instrumental ante el riesgo de daños más allá de lo razonable. Hagámonos, en definitiva, nuestra propia composición de lugar, o en este caso, de personalidad.

La responsabilidad compartida

Tal vez es la propia cultura la que esté facilitando que quienes posean estos rasgos tengan ciertos beneficios en la sociedad actual

Teniendo en cuenta lo anterior, y que muchos de los líderes mencionados han sido elegidos democráticamente, quizás deberíamos reflexionar también sobre nuestro propio grado de responsabilidad como ciudadanos. El documental “La Corporación”, analizó este tipo de organizaciones desde la perspectiva de las características humanas, obteniendo como resultado que si se evaluaran como individuos, tendrían un amplio porcentaje de personalidad psicopática. Esto hizo pensar que tal vez es la propia cultura la que esté facilitando que quienes posean estos rasgos tengan ciertos beneficios en la sociedad actual.

Del mismo modo, determinados momentos históricos donde proliferan los conflictos bélicos, favorecen la capacidad adaptativa de los psicópatas que, en según qué circunstancias, pueden ser tratados como auténticos héroes. Tal es el caso de Gilles de Rais, que luchó en la Guerra de los Cien años con Juana de Arco y configura el sustento histórico del cuento de Perrault, Barba Azul.

Y no debemos olvidar, por último, que la validación de los objetivos del psicópata, sobre todo del político, no podría llevarse a cabo sin la colaboración de otros muchos actores sociales. En la Alemania nazi, la idea de que los arios descendían de los habitantes del reino subterráneo de Agartha y otras ideas delirantes por el estilo, fueron validadas por profesores e investigadores universitarios, quizás por miedo o quizás simplemente por el deseo de dinero, poder y gloria. Cerca tenemos ya casos semejantes.

Sea como fuere, lo que tendríamos que recordar es que, como dijo Edumund Burke: “lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”.

Referencias bibliográficas

Belloch, A., Sandín, B. y Ramos, F. (2008). Manual de Psicopatología (vol. II). Madrid: McGraw-Hill.

López, M.J. y Núñez, M.C. (2009). Psicopatía versus trastorno antisocial de la personalidad. Revista Española de Investigación Criminológica (REIC), 7, 1-17.