Tarjetas black - Andres Herzog

La última vez que escribí sobre las tarjetas black (o la penúltima, ya no me acuerdo) fue un día en medio del desarrollo del juicio, en el cual estuve presente ejercitando la acusación popular. Me propuse hacer un artículo costumbrista, que describiera cómo se vivía desde dentro un macro-juicio como el de las black, en el que a un lado del banquillo había unas pocas acusaciones y, al otro lado, un batallón de abogados defensores, con sus clientes, los 64 acusados, todos los cuales veníamos a juntarnos en los recesos en el vestíbulo de la entrada, la maquina del café o el baño (como los animales en una charca del Serengueti). Quería hacer un artículo amable y huir de cualquier visión maniquea o juicio de valor, pues bastante juicio tuvieron ya los acusados durante tres meses en la Audiencia Nacional. El articulo lo titulé “La vuelta al cole de las black”.

Reflexionaba sobre la hipocresía social y me preguntaba cuántos de los que criticaban e insultaban a los acusados hubieran rechazado una tarjeta de esas características

En dicho artículo reflexionaba sobre la hipocresía social y me preguntaba cuántos de los que criticaban e insultaban a los acusados hubieran rechazado una tarjeta de esas características. Me preguntaba también qué era lo que les habría impulsado a usarla compulsivamente y mi conclusión era que, salvo algunas excepciones, no había sido tanto por dinero (tenían más que de sobra) sino por poder, como un “carnet de membresía de un selecto club, el de los triunfadores”, razonaba entonces. A continuación, me preguntaba si no sería también cuestión de sexo y especulaba sobre la cantidad de polvos que no habrían echado gracias al estatus de su tarjeta, finalizando con una frase de House of Cards, en la que su oscuro protagonista afirma que todo en la vida es cuestión de sexo, excepto el sexo, que es cuestión poder.

No dudo que esto último fue quizá un exceso dialéctico y, en realidad, estaba pensado en lo que hubiera hecho yo con una tarjeta como esa. Da igual. El caso es que, en la siguiente sesión del juicio, en un receso, se me acercó uno de los acusados (me reservo dar su nombre). Lo vi venir desde lejos, con paso firme. Pensé que iba a preguntarme o comentarme algo en el mismo tono cordial con que, en general, se había desarrollado el juicio. Pero en seguida vi, por la expresión de su cara, que no era así. De forma nerviosa, un poco atropellada, me dijo que había leído mi artículo, especialmente la parte en que me refería a lo de los polvos. Tras un breve silencio me miro a la cara directamente y, sin más introducciones, me espetó que era un miserable. Se le veía, como digo, nervioso, con un tono de ira contenido y con la entonación de quien ha repetido muchas veces mentalmente las palabras que quería transmitir y que me soltaba a bocajarro. Tras ello dio media vuelta y desapareció entre la multitud, sin darme oportunidad a decir nada y dejándome con esa sensación de aturdimiento que le hace a uno dudar de si algo ha sucedido de verdad o ha sido fruto de su imaginación.

Podría haberme enfadado, pero la verdad es que, una vez pasada la sorpresa, lo que sentí fue una inmenso vacío, una desazón. Por él, por el resto de los allí presentes y también por mí, por la farsa que todos representamos en nuestra vida según la posición que nos toque. Comprendí también todo lo que habían pasado y sufrido en los últimos tiempos y la muy probable sensación de ser los peones de un juego que se decide todavía más arriba, en los despachos de las altas torres, muchos de los cuales jamás tocarán de lejos un Juzgado.

A pesar de lo que algunos nos tratan de convencer, en España tenemos un Estado de Derecho, en el cual afortunadamente no hay nadie por encima de la Ley

Esta semana hemos conocido por fin la sentencia del Tribunal Supremo que ha puesto fin a todo el proceso y que ha condenado a los 64 acusados a penas de prisión, moduladas en cada caso en función de las circunstancias personales de cada uno, que suman 106 años de cárcel en total. Me han preguntado qué sentía y la verdad es que lo primero que me venía a la mente es la referida anécdota. Junto a ello, quizá tan sólo la íntima satisfacción del deber cumplido, y la convicción de que, a pesar de lo que algunos nos tratan de convencer, en España tenemos un Estado de Derecho, en el cual afortunadamente no hay nadie por encima de la Ley. Un sistema de justicia que, obviamente, no es perfecto, pero que sigue siendo el último reducto de nuestra democracia frente a los abusos de poder de los que mandan.

La Sentencia podemos decir que resuelve por elevación. Frente a las interminables disquisiciones del juicio sobre si las tarjetas eran para “gastos de representación”, eran un “sistema retributivo” o, como defendió Rato, un mero “instrumento de liquidez” (descontándose supuestamente de su sueldo), el Supremo ha concluido que en realidad es irrelevante la calificación que le demos, pues lo importante es que carecían de la necesaria cobertura legal, analizando detalladamente la normativa aplicable vulnerada y la sistemática ocultación que los órganos de gobierno de Caja Madrid y posteriormente Bankia hicieron del sistema creado.

Al margen de la calificación jurídica que le demos, las black eran, ante todo, un sistema de compra de voluntades

Como ya he tenido ocasión de indicar en otras ocasiones, al margen de la calificación jurídica que le demos, las black eran, ante todo, un sistema de compra de voluntades. Es la fórmula que encontró el entonces presidente Blesa para lo que, eufemísticamente, se denominó la “pacificación de la Caja”, que consistió básicamente en regar cuidadosamente de dinero a las fuerzas vivas: todos los partidos existentes entonces (PP, PSOE, IU), más los sindicatos (CCOO y UGT) y la patronal. Más o menos, salvando las distancias, como se han “pacificado” en España la mayor parte de las cuestiones problemáticas, empezando por los nacionalismos vasco y catalán. Mientras cogían su parte del botín miraban para otro lado y dejaban hacer todas las tropelías que llevaron finalmente a la quiebra y al multimillonario rescate de Bankia con nuestro dinero.

Al margen de lo anterior la sentencia de las black me ha permitido comprobar que en España ese mismo miserable establishment que decidió colonizar las Cajas y repartirse sus consejos de administración, controlarlos a base de incentivos perversos y, después, sin despeinarse, destruir al único partido que se atrevió a cuestionarlo, sigue muy vivo. A estas alturas no espero reconocimiento de ningún tipo por la labor realizada, pero sólo el clientelismo y, por qué no decirlo, la mala conciencia puede explicar el clamoroso silencio mediático respecto a las personas y al partido político que pusieron en marcha el denominado “caso Bankia”, que a su vez hizo posible no sólo el posterior “caso Rato”, sino también el “caso de las preferentes” y el de las mencionadas “tarjetas black”, entre otros muchos, y que en verdad puso momentáneamente en jaque a todo un sistema, que lejos de desaparecer se ha atrincherado y que espera seguir controlando todos los resortes sin necesidad de presentarse a ningunas elecciones.