La paradoja de la tolerancia - Pedro Manuel Uribe Guzman

La Sociedad Abierta y sus enemigos es uno de mis libros de cabecera. Me acompañó durante mis años de investigación en Venezuela y cruzó el Atlántico conmigo, está subrayado y lleno de apuntes, es un libro que se nota aprovechado. Al tener una estantería en el despacho de becarios en la Universidad no dudé en exhibirlo, me encantaban las reacciones que generaba en quienes se percataban de su presencia. Resulta curioso el rechazo que causaba entre cierto grupo de filósofos, muchos de los cuales, sin siquiera conocerme, o saber que yo estaba investigando sobre la tolerancia, se atrevían a sugerirme que no usase esa terrible obra liberal. Sin embargo, la tolerancia ameritaba que consumiese no solo a Popper –cosa que hacía con gusto— sino a Rawls y a MacIntyre, pero también, y muy a mi pesar, a Žižek o a Wendy Brown.

La célebre paradoja de la tolerancia hacía de Popper un autor central para mi tesis

La célebre paradoja de la tolerancia hacía de Popper un autor central para mi tesis, pero no sería sino hasta 2017 que la misma se haría viral gracias a una infografía de Pictoline. Obviamente, la consecuencia de la viralización fue la libre interpretación del concepto, su tergiversación y secuestro por todo tipo de colectivo ideológico dentro del espectro político, desde la extrema derecha a la extrema izquierda. Claro, cabe preguntarse si un concepto tan polémico como la tolerancia puede expresarse en una infografía, y la respuesta es no, no se puede. Por ello, me gustaría abordar el tema y explicar un poco lo que dijo Popper.

Lo primero que haré es traer la fuente a colación: en la nota al pie 4 del capítulo 7 de la Sociedad Abierta y sus enemigos (edición de Paidós en español) el autor austriaco escribió: “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente.”

Para entender el alcance del texto, debemos saber que la paradoja de la tolerancia no contiene una fórmula precisa para la determinación objetiva de lo que es tolerable o no, pero sí nos da pistas para poder hacerlo. Tampoco está formulada en solitario, sino que está acompañada de la paradoja de la libertad y la paradoja de la democracia: la primera supone que “la ausencia de todo control restrictivo, debe conducir a una severísima coerción”, mientras que la segunda responde a “la posibilidad de que la mayoría decida que gobierne un tirano”. Tampoco podemos obviar que esta obra fue una defensa de la democracia frente a los totalitarismos del siglo XX, una realidad que no hemos vivido en el siglo XXI.

El contenido de la paradoja se funda en la premisa fundamental de que la tolerancia ilimitada anularía a la propia tolerancia. Esto supone que la tolerancia tiene límites, que no todo es tolerable y que la tolerancia acaba frente a lo intolerable. Los intolerantes son los enemigos de la libertad y la democracia, quienes de forma abierta incitan a la persecución y a la violencia hacia los otros –como hacían los fascistas con los judíos— y que según Popper deben ser tratados como criminales. Es esta la intolerancia que no debemos tolerar.

no se invita a atacar a los intolerantes sino al uso de los instrumentos que proporciona la democracia para evitar que los intolerantes triunfen por sobre esta

Sin embargo, al interpretar la paradoja de la tolerancia –en su modo infográfico— se comete el error de creerla un imperativo que ordena a las personas acabar con los intolerantes. Esto no es así, en el texto no se invita a atacar a los intolerantes sino al uso de los instrumentos que proporciona la democracia para evitar que los intolerantes triunfen por sobre esta. Incluso, es clara la argumentación de Popper al señalar que el deber de las personas contra las ideas intolerantes está en mantenerlas al margen mediante la razón, la argumentación y la discusión pública. La fuerza, la coerción y la coacción pertenece a las instituciones, no a los individuos que quieren tomar la justicia en propia mano. Se puede reclamar la prohibición de las ideas intolerantes, es un derecho, especialmente cuando los argumentos racionales no bastan para contrarrestar la intolerancia de los intolerantes. Sin embargo, las prohibiciones no hacen desaparecer las ideas intolerantes, así ocurre en Alemania, donde a pesar de la punibilidad del nazismo éste no ha desaparecido.

Para Popper, los intolerantes pueden enseñar a “responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos.” Esa vindicación del derecho a no tolerar se ha vendido como maná para quienes se creen dueños de la verdad en la sociedad occidental contemporánea, una sociedad que parece alejarse de los conceptos de verdad y evidencia al tiempo que se enfoca en las emociones, las identidades colectivas y la polarización ideológica.

Hoy día la intolerancia se practica contra el contrario, contra quien piensa diferente, y no necesariamente contra el intolerante

Hoy día la intolerancia se practica contra el contrario, contra quien piensa diferente, y no necesariamente contra el intolerante. Solo basta ser díscolo del discurso ideológico dominante para que los afectos te tilden de intolerante. Se hace común la voz de ¡no toleraré tu intolerancia! Un grito que se deja escuchar cada vez más a la ligera, sin siquiera saber que la tolerancia es quizá la virtud más importante si queremos convivir en paz en una sociedad inevitablemente diversa.

En La Sociedad Abierta, Popper afirma que “nadie ha demostrado nunca que haya tan solo dos posibilidades, «capitalismo» y «socialismo»”, lo que hace pensar que el encierro ideológico en esta dicotomía insalvable da paso a las posturas intolerables de nuestra era. Popper considera que los ciudadanos no tienen que tolerar los gobiernos tiránicos y que el derecho a la resistencia solo se justifica en la finalidad última: “salvar la democracia”. De manera tal que los intolerantes son los enemigos de la democracia: el fascismo y el comunismo. Aun así, el problema actual es la imposibilidad de conciliar lo que es intolerable, pues incluso tenemos problemas entendiendo lo que es verdad.

Para los veganos sería intolerable el “asesinato” de cualquier ser vivo para alimentarnos porque “no lo necesitamos”. Incluso, he leído a algún doctor decir, a modo de crítica, que Karl Popper era “tolerante con el mercado” porque para su facción ideológica “el capitalismo” es intolerable. Para el actual alcalde de Río de Janeiro la homosexualidad es intolerable, lo que en su obrar justificaba la censura de un beso entre dos chicos en un cómic. Para gran parte de la izquierda española es intolerable la gestación subrogada, porque según afirma la activista Gemma Bravo en una entrevista en un portal web español de extrema izquierda, se trata de mercantilización de la mujer marginal. Y así podría seguir con cientos de ejemplos que a diario surgen sobre apropiaciones culturales, sobre si es tolerable que una española gane un premio de música latina, la inmigración, los atributos de la patria potestad sobre los hijos, la adopción o las políticas de discriminación positiva.

En un mundo de blancos y negros en donde no se admiten grises, de nuevas religiones seglares dueñas de toda moral, se nos exige asumir nuevos dogmas y escoger bandos

En un mundo de blancos y negros en donde no se admiten grises, de nuevas religiones seglares dueñas de toda moral, se nos exige asumir nuevos dogmas y escoger bandos. Curiosamente esto inquietaba ya hace un buen tiempo al gran filósofo Hans Kelsen, quien en Religión Secular habla en contra de la interpretación errada de la filosofía social, la ciencia y la política modernas como nuevas religiones. Quienes hoy hacen esto son los mismos intolerantes que advertía Popper, quienes bajo la excusa de la paradoja de la tolerancia propenden a la supresión de la diferencia, el asalto de la democracia y la instauración de nuevos modelos autoritarios mucho más sutiles en sus maneras de defenestrar la democracia: a través del lenguaje o los medios de comunicación, a través incluso de una educación incapaz de concebir la pluralidad de ideas o del buenismo que sucumbe a esta fragilidad que no es capaz de tolerar la ofensa, la burla o la sátira. Bajo este reino de la inmediatez, todos estamos expuestos a la persecución y la censura. Los intolerantes siguen siendo los mismos, los enemigos de la democracia, los enemigos de la sociedad abierta.