Nadie puede ignorar que las intervenciones en la gestación natural de la vida humana son conflictivas desde el punto de vista ético y jurídico. Es el caso de la interrupción voluntario del embarazo, de la eutanasia y también de la llamada –con un tecnicismo no muy feliz- “gestación subrogada”. Pero que planteen problemas éticos no debería servir para rechazar su regulación legal, y esto por algunas buenas razones que no pueden ser ignoradas.

La primera es que vivimos en una sociedad plural con diferentes éticas, de manera que ciertas intervenciones en la gestación natural serán inmorales para unos y aceptables e incluso liberadoras para otros. Los católicos y otros creyentes, como es sabido, no aceptan la legalización del aborto en ningún caso ni supuesto, mientras que para las corrientes liberales laicas interrumpir o no un embarazo dentro de determinados límites –para no incurrir en infanticidio, por ejemplo- debe ser una libre decisión de la madre gestante.

El pluralismo de creencias propio de la democracia avanzada hace improbable, si no imposible, conseguir un acuerdo ético previo sobre estas cuestiones

Esta diversidad es irreductible y aconseja separar el debate moral del propiamente político y jurídico, pues el pluralismo de creencias propio de la democracia avanzada hace improbable, si no imposible, conseguir un acuerdo ético previo sobre estas cuestiones. En cambio, sabemos que sí es posible llegar a amplios acuerdos político-jurídicos basados en la libertad de conciencia, que respeta y ampara las creencias de cada cual, y en el laicismo que separa las creencias de instituciones políticas como las leyes. Así, legalizar el aborto es aceptable y necesario, incluso para muchos que están en contra, por el hecho capital de que la ley permite interrumpir el embarazo, pero nunca obliga a nadie a hacerlo.

El deseo de maternidad

Con la gestación subrogada tenemos un problema parecido al de la interrupción del embarazo, aunque con la afortunada paradoja de que se trata de gestar nuevas vidas y no de interrumpirlas. Como es sabido, esa técnica de gestación consiste esencialmente en que una mujer se hace cargo de la gestación de un óvulo fecundado in vitro con material genético de otra pareja, sea una heterosexual que tiene vedada la maternidad por razones patológicas, o una homosexual. La madre voluntaria –también llamada “madre de alquiler” con escasa delicadeza- sustituye a la natural, lleva a cabo la gestación, y tras el parto renuncia a la maternidad y entrega el niño, con la patria potestad, a la pareja que asumirá la paternidad legal con todas las consecuencias y obligaciones derivadas.

Esta clase de gestación es posible gracias a los avances médicos, y se ofrece como solución a las parejas que por razones fisiológicas no pueden ser padres y que, para decirlo con claridad, sean heterosexuales u homosexuales desean descendencia con su propio acervo genético en lugar de optar por la adopción de huérfanos. Y aquí está el quid: en el deseo.

El deseo de descendencia con nuestros propios genes (natural) es un instinto biológico o innato bien conocido y estudiado desde distintos ángulos.

El deseo de descendencia con nuestros propios genes (natural) es un instinto biológico o innato bien conocido y estudiado desde distintos ángulos. Aunque los seres humanos somos capaces de proteger, cuidar y querer a los hijos de otros hasta adoptarlos como hijos propios, es innegable que la relación surgida de una filiación natural, es decir genética, establece lazos psicológicos muy profundos de base puramente biológica. Las madres, por ejemplo, experimentan cambios de conducta y personalidad debidos a las hormonas que actúan durante el embarazo. Lo que significa que el embarazo establece un tipo de lazos materno-filiales difícilmente sustituibles. Es el tipo de cosas que molestan a los relativistas y creyentes en que todo es cultural y que la naturaleza no importa (salvo para elegir los yogures), pero tienen una gran importancia en la conducta humana.

Es cierto que esta experiencia también le está vedada a la madre que aporta un óvulo fecundado a una madre subrogada porque tampoco va a vivir un embarazo, pero el hecho es que el deseo de tener un hijo con su propia herencia genética –que es de lo que se trata, dicho sin perifollos románticos- no es por eso menos fuerte. Esto también atañe y afecta, con circunstancias adicionales, a los padres, sean heterosexuales u homosexuales. Pero la cuestión es que la tecnología médica ha vencido una barrera natural inviolable todavía en la época de La vida de Brian –esa gran película-, y permite la satisfacción de ese deseo, antes imposible de satisfacer si no se tenía un útero fértil propio en buen estado.

Objeciones razonables

Dejando de lado las críticas religiosas que rechazan el procedimiento por razones trascendentales, muchas de las críticas laicas contrarias a la gestación subrogada ponen el énfasis en que todo se reduce a eso: a satisfacer un deseo de maternidad y paternidad que puede ser caprichoso, irresponsable o dañino para el niño. Que sea posible hacer madres y padres de hijos con su propio genoma a mujeres y hombres que no pueden serlo de otro modo -dice esta argumentación- no significa que deba hacerse, ni menos regular legalmente esa técnica (regular algo siempre favorece su práctica). Pensemos en las muy respetables parejas homosexuales: ¿es aceptable que un niño nazca condenado a tener dos madres o dos padres, en vez de uno de cada clase?

Otro grupo de críticas negativas, más extendida en el feminismo pero ni mucho menos exclusiva de éste, subraya que las madres gestantes se convierten en una especie de reproductoras a cambio de dinero, envileciendo la dignidad de la mujer y abriendo la puerta a formas de explotación no muy diferentes de la prostitución. Se añade también que por buena que sea la intención y mucho altruismo que se esgrima, ninguna ley impedirá que haya abusos y casos de explotación económica. Una tercera argumentación añade que se abren posibilidades –ya se han dado casos- de niños gestados por madres subrogadas que luego han sido desatendidos o maltratados por padres incapaces o caprichosos… ¡o reclamados por la madre biológica! Todavía puede añadirse el peligro, muy real y que también ha ocurrido, de padres de elevada edad que por la vía de la subrogación consiguen hijos condenados a nacer casi como nietos condenados a dedicar su juventud al cuidado de padres ancianos.

Y sin embargo, la regulación es necesaria

Son objeciones razonables que deben ser atendidas y no despachadas como tonterías o posiciones reaccionarias. De hecho, coincido bastante en que no basta que algo sea posible para convertirlo automáticamente en aceptable, legal y normal. Coincido también en que no puede aprobarse que un niño venga a este mundo con padres egoístas que tendrán ochenta años cuando sea mayor de edad, aunque técnicamente sea posible. Y sin embargo, creo que ninguna de esas objeciones basta para impedir la regulación legal de la gestación subrogada, y ello por otras razones aún más razonables.

Es un principio no menor que la libertad personal debe preservarse como un bien básico que sólo debe limitarse cuando entra en el terreno criminal o colisiona con derechos básicos

En primer lugar, por mucho que desconfiemos o rechacemos la satisfacción de deseos privados como fuente de derechos, es un principio no menor que la libertad personal debe preservarse como un bien básico que sólo debe limitarse cuando entra en el terreno criminal o colisiona con derechos básicos. ¿Es un crimen tener hijos mediante gestación subrogada? ¿Atenta contra algún derecho básico de alguien afectado? Dudo mucho que nadie sea capaz de demostrar ninguna de ambas suposiciones.  En segundo lugar, si no creemos que sea un crimen ni colisiona con un derecho básico, pero renunciamos a regular legalmente esta clase de gestación, tampoco se puede impedir que las parejas interesadas hagan uso de esa técnica en países donde se practique legal o alegalmente, como ya está ocurriendo en numerosos casos. Este vacío legal crea inseguridad jurídica, y sobre todo para los niños que se quiere proteger, más grave que el problema que pretende resolver. En efecto, ¿quién es la verdadera madre de un niño “subrogado” si la legislación no prevé el caso: la gestante o la que ha encargado la gestación?

Una regulación bien hecha puede prevenir y perseguir en su caso los abusos como la explotación económica de las gestantes, su conversión en una profesión como otra cualquiera

Y en tercer lugar, una regulación bien hecha puede prevenir y perseguir en su caso los abusos como la explotación económica de las gestantes, su conversión en una profesión como otra cualquiera –como antes lo eran las “amas de cría”, por ejemplo-, o poner límites a la edad máxima en que se pueden utilizar legalmente los servicios de gestación subrogada (y otros requisitos como los vigentes para adoptar huérfanos).

Acabo: creo que la seguridad jurídica, la protección de los derechos de la infancia y la ampliación de la libertad personal están mucho mejor protegidos con una buena regulación de la gestación subrogada que dejándola en el limbo o, peor aún, en una situación ambigua y confusa (como pasa, por ejemplo, con la regulación del consumo de cannabis y derivados). La mera prohibición es, por otra parte, inviable. La gestación subrogada es una de esas técnicas que abren tales posibilidades que han venido para quedarse y evolucionar. Lo mejor es que la recibamos del mejor modo que seamos capaces.