El espanol integrado - Fernando Iwasaki

Uno

Gracias a Umberto Eco, el sustantivo apocalíptico ha adquirido nuevas connotaciones, siempre y cuando lo asociemos al concepto de integrado. Es decir, que integrados serían quienes sólo ven consecuencias bienhechoras en el auge de la cultura de masas, y apocalípticos vendrían a ser los que se resignan a los inexorables estragos de su entronización. Nuestro DRAE recoge tres acepciones para apocalíptico. A saber, “Perteneciente o relativo al Apocalipsis de san Juan”; “Misterioso, oscuro, enigmático” y “Terrorífico o espantoso, generalmente por amenazar o implicar exterminio o devastación”. Aplicados a la lengua española, los integrados estarían representados por quienes niegan cualquier auctoritas sobre la forma de hablar o escribir, mientras que los apocalípticos serían los defensores más contumaces de la ortodoxia expresiva. Casi setenta años antes de la publicación del célebre ensayo de Umberto Eco, don Miguel de Unamuno tiró por la calle del medio cuando reflexionó acerca de la reforma de la ortografía castellana:

Hay en esto de la ortografía, como en todo, los revolucionarios y los evolucionarios o posibilistas, y entre los primeros los hay fonetistas y etimologistas, o sea progresistas y retrógrados. Quieren los unos entrar a tajo y mandoble en la ortografía tradicional, no dejando hache ni uve con hueso sano, revolviendo todas las ces, qus, ges y jotas habidas y por haber. Otros, retrógrados absolutistas, quieren volvernos hacia atrás y resucitar signos de sonidos muertos, meras cáscaras sin almendras, para colgárselos, cual flamantes arreos, a nuestras voces, y ya que sea imposible hacérnoslas pronunciar a la antigua, vístanse a ella por lo menos[1].

A mí me haría ilusión compartir mi concepto de apocalíptico ─asumido desde el título─ como un rasgo derivado de mi condición de lector, porque el primer versículo del Apocalipsis proclama rotundo: “Bienaventurado el que lee”[2]. Por lo tanto, me considero un hispanohablante apocalíptico porque soy lo que leo.

Dos

Nací en un país tercermundista donde la ignorancia es una fatalidad, pero desde que vivo en el primer mundo he constatado que la ignorancia se ha convertido en una elección

Sin embargo, el futuro integrado que me aterra no estaría poblado por palabras mal escritas o polinizadas por otros idiomas, porque la lengua es promiscua y juguetona, y muchas veces los resultados son tan gustosos que la norma los saca en procesión. ¿Cuántos sevillanos sabrán que el diminutivo de Macaria es Macarina y que el habla popular lo convirtió en Macarena? Ni falta que hace. No. A mí lo que me atemoriza es que el español se convierta en un idioma extraño para la ciencia, el conocimiento, las finanzas y la alta diplomacia, aunque lo hablen miles de millones de hispanohablantes jamás rozados por Borges, Vallejo, Cernuda o Cervantes. ¿En qué beneficia a la lengua española que el ultimo partido Alemania-México del Mundial de Rusia lo hayan visto más de seis millones de televidentes sólo en Nueva York? ¿Se leerá más a Lorca, Cortázar o Valle Inclán gracias al fútbol? Los antiguos griegos acuñaron la voz idiota para definir al ciudadano que no participaba en los asuntos de la polis, pero nosotros carecemos de una palabra apropiada que defina al que no haya leído nunca una línea de nuestros grandes clásicos. Y que conste que acepto como clásicos a Idea Vilariño, Blanca Varela y Ana María Matute, autoras que perfuman todavía la escena literaria contemporánea. Nací en un país tercermundista donde la ignorancia es una fatalidad, pero desde que vivo en el primer mundo he constatado que la ignorancia se ha convertido en una elección. ¿Por qué no llamamos ignorancia a la ignorancia? Porque no es políticamente correcto y la corrección política nos impele a crear eufemismos y a retorcer el lenguaje para integrarlo a sus propias convicciones.

Tres

El ensayista cubano Iván de la Nuez ha denominado «eufemocracia» a estos repentinos pudores semánticos y concluye que “los eufemismos se comportan como el vocabulario ideal de este tiempo en el que las palabras han dejado de designar a las cosas y han pasado a existir, exclusivamente, en y para el lenguaje. Si otro mundo no es posible, otro diccionario sí”[3]. El dominio de lo políticamente correcto es un territorio cenagoso y resbaladizo que consiente muchas formas de hundirse, pero me interesa sobremanera cómo se construye una realidad paralela “en y para el lenguaje” ─como señaló Iván de la Nuez─, pues Tucídides reparó en lo mismo cuando escribió sobre las sediciones de Corcira en el siglo V antes de Cristo, porque el lenguaje se degradó por culpa del odio y la crispación:

Hasta se trocó arbitrariamente la acepción ordinaria de los términos que designan las cosas. La loca audacia consideróse como honorable lealtad al partido; la prudente vacilación, como especiosa cobardía; la moderación, como máscara de la pusilanimidad; la omnímoda sagacidad, como incapacidad absoluta; el temerario arrebato reputóse patrimonio de un hombre de corazón; la deliberación precavida, un pretexto disuasivo para zafarse. El exaltado era siempre un hombre fiable, y su contradictor, un sospechoso. El afortunado en una trama era un sagaz, y el descubridor, aún más hábil; en cambio, el precavido para no precisar tales manejos, un disolvente del partido y temeroso de los adversarios. En suma, el anticipado a quien intentaba perpetrar algún desmán recibía alabanzas, como también el instigador de quien tal no pensaba[4].

Los eufemismos también operan como esa lengua franca que nos permite cambiar de bando sin tener que cambiar de retórica

Los columnistas de opinión se encuentran tan fascinados por el descubrimiento de la llamada postverdad, que no han advertido que la «eufemocracia» no siempre crea postverdades sino realidades alternativas “en y para el lenguaje”. Iván de la Nuez vuelve a dar en el clavo al precisar que “los eufemismos también operan como esa lengua franca que nos permite cambiar de bando sin tener que cambiar de retórica”.

Cuatro

Oh, la retórica. Las nuevas fórmulas retóricas sirven incluso en contextos completamente distintos. Así, los futbolistas conminados a comparecer en rueda de prensa recitan: “Si el míster me da otra oportunidad, voy a poner toda la carne en el asador para ir a por todas”; tal como los alumnos suspendidos solicitan en las tutorías: “Profesor, si me da otra oportunidad, voy a poner toda la carne en el asador para ir a por todas”. Y para que el horror sea perfecto, el joven abandonado por la novia suplica en el teléfono móvil: “Chiqui, si me das otra oportunidad, voy a poner toda la carne en el asador para ir a por todas”. La anterior fórmula retórica es doblemente apocalíptica, primero porque es un mantra de la cultura de masas y ─segundo─ porque la componen una expresión que proviene de los juegos de naipes del Siglo de Oro y una frase de la soldadesca de las guerras carlistas, documentadas respectivamente en el Quijote y los Episodios Nacionales[5]. Siempre me ha parecido maravilloso descubrir el origen literario y etimológico de palabras y expresiones, pero a nivel retórico el español traducido del inglés impone fórmulas y construcciones que prefiguran el español integrado del futuro.

Cinco

¿Hasta qué punto una lengua hegemónica modifica otros idiomas, más allá de las naturales impregnaciones del uso? Como no soy latinista, no puedo demostrar lo que sospecho, mas estoy persuadido de que los misioneros que publicaron las primeras gramáticas y vocabularios del quechua, tagalo, aymara, japonés, náhualt, chino, cakchiquel o mapudungun dilucidaron aquellas lenguas desde sus conocimientos latinos, y así podríamos decir que el latín ─hegemónico en el siglo XVI─ fecundó a todos los idiomas conocidos de su tiempo, desde la Gramática de Nebrija hasta la traducción luterana de la Vulgata al alemán. A escala individual este fenómeno se aprecia en los casos de autores bilingües y traductores ellos mismos, como el francés que palpita en la poesía de Darío y el inglés que aroma los sonetos de Borges. Así, mi impresión es que el inglés del siglo XXI ejerce sobre las demás lenguas del planeta la misma influencia que ejerció el latín en el siglo XVI, con la diferencia de que el impacto de sus traducciones tiene consecuencias nefastas.

Seis

¿Quién no ha leído y escuchado fórmulas como «construir un relato», «cruzar las líneas rojas» o «trazar una hoja de ruta», todas ellas traducidas literalmente del inglés?

El español resultante de las traducciones del inglés no es el de las novelas de Virginia Woolf, la poesía de T. S. Eliot o los ensayos de Bertrand Russell, sino el de los cómics, las series, las canciones (incluidas las de Eurovisión), los anuncios publicitarios, los manuales de electrodomésticos, los doblajes de películas de todo pelaje y sobre todo el español de los traductores en línea. ¿Quién no ha leído y escuchado fórmulas como «construir un relato», «cruzar las líneas rojas» o «trazar una hoja de ruta», todas ellas traducidas literalmente del inglés? La propia corrección política se ha entronizado en español como traducción y no como reflexión. No nos engañemos. El inglés triunfante no es el inglés de Wilde sino un inglés wild y por lo tanto Silvestre, como el santo de Stallone.

Sin embargo, su poderío es tan abrumador, que hasta nuestro estamento literario se ha rendido a su hegemonía, pues hace apenas siete años el número mil del ABC Cultural nos regaló una impagable encuesta donde veintitrés escritores españoles, un argentino y un colombiano citaban los cinco títulos esenciales del siglo XXI en curso[6]. Teniendo en cuenta que todos los encuestados eran de habla hispana, sorprendía que entre los autores más votados los hispanohablantes fueran minoría, ya que sólo Mario Vargas Llosa (seis votos) se coló junto a Coetzee (once votos), Philip Roth (seis votos), Corman McCarthy (seis votos) y John Banville (seis votos). Por otro lado, llamaba la atención que pudiendo votar por cinco títulos, dos encuestados votaran apenas por uno ─Armas Marcelo (La edad de hierro de Coetzee) y Vila-Matas (2666 de Roberto Bolaño) ─ y otros dos solamente por tres (Jorge Martínez Reverte: Elizabeth Costello de Coetzee, La humillación de Philip Roth y La fiesta del Chivo de Vargas Llosa, y José Antonio Garriga Vela: Desgracia de Coetzee, La carretera de Corman McCarthy y El mar de Banville). Por último, no deja de ser una curiosidad que los cinco títulos de Javier Marías –académico de la Española─ sólo fueran en inglés (The Master de Colm Toibin, The Sea de Banville, Too Much Happiness de Alice Munro y Eight White Nights de André Aciman). Por otro lado, mientras que los seis votos recibidos por Vargas Llosa fueron gracias a La Fiesta del Chivo, los once votos de Coetzee llegaron por Verano, Desgracia, La edad de hierro, Diario de un mal año y Elizabeth Costello; los seis votos de Philip Roth a través de Indignación, La mancha humana, La humillación y Sale el espectro, y los seis de Banville por El mar y Los infinitos. Ian McEwan y Don de Lillo se quedaron a las puertas, porque cada uno de sus votos fue a un título distinto. En realidad, sólo uno de los veinticinco encuestados –Juan Eduardo Zúñiga─ votó por cinco títulos en lengua española y nueve de los veinticinco entrevistados (Armas Marcelo, Andrés Barba, Espido Freire, Garriga Vela, Javier Marías, Ricardo Menéndez Salmón, César Antonio Molina, Félix Palma y Juan Manuel de Prada) no incluyeron ningún título en lengua española en su selección. No obstante, considerando que Vargas Llosa es peruano y que Bolaño era chileno, ni un título de autor español obtuvo más de dos votos de los ciento veinticinco posibles, ya que Tu rostro mañana de Javier Marías recibió dos votos justos (José Carlos Llop y Juan Gabriel Vásquez) y a Vila-Matas le votaron una vez por Bartleby y Compañía (Martínez de Pisón) y otra vez por El mal de Montano (Zúñiga).

¿No resulta curiosa la hegemonía literaria de la traducción de novelas anglosajonas en España? La encuesta se realizó en 2011 y ninguno de los veinticinco entrevistados citó a escritores italianos, franceses o alemanes. Por no estar no estaba ni el japonés Murakami, tan celebrado en los ambientes. Por lo tanto, si no podemos confiar en los escritores para que la lengua española se convierta en un factor de excelencia internacional, ¿podremos conseguirlo a través de nuestras universidades?

Siete

¿No es frustrante que 572 millones de hispanohablantes no hayamos sido capaces de entronizar una sola universidad entre las 100 mejores del mundo?

Mi intuición me dice que no todo lo que brilla en los ránkings es oro, porque muchos criterios utilizados por Shangai para puntuar a las universidades están reñidos con la enseñanza y el conocimiento. No obstante, los ránkings se han convertido en escaparates nada desdeñables para conseguir prestigio y patrocinios, mejores alumnos y profesores, tecnología punta e investigadores eminentes. Por eso deploramos que ninguna universidad de un país hispanohablante se encuentre entre las 200 primeras del ránking de Shangai, aunque merece la pena recrearse en las banderas de las 100 mejores universidades del planeta, donde encontraremos 48 de Estados Unidos, 7 del Reino Unido, 6 de Australia, 5 de Suiza, 4 de Canadá, 4 de Alemania, 4 de Holanda, 3 de Francia, 3 de Suecia, 3 de Japón, 2 de Israel, 2 de Dinamarca, 2 de China, 2 de Bélgica, 1 de Corea del Sur, 1 de Singapur, 1 de Rusia, 1 de Finlandia y 1 de Noruega[7]. Y ahora comparto algunos sofismas: si 17 millones de hablantes de holandés tienen 4 universidades entre las 100 primeras, 5 millones de hablantes de danés tienen 2 universidades entre las 100 primeras y 8 millones de hablantes de hebreo tienen 2 universidades entre las 100 primeras, ¿no es frustrante que 572 millones de hispanohablantes no hayamos sido capaces de entronizar una sola universidad entre las 100 mejores del mundo? Estoy seguro que más de uno pensará que mi razonamiento es arbitrario porque los 46 millones de españoles no tienen por qué apechugar con la indigencia académica de otros países, pero si tal fuera el caso sería otro sofisma suponer que el español puede convertirse en un factor de excelencia sólo porque seamos 572 millones de hispanohablantes.

Ocho

¿Por qué unas empresas que operan en inglés tienen el monopolio del prestigio académico en español? ¿Se reconoce el prestigio en español igual que se reconoce en inglés?

Para que los ránkings existan ha sido necesario crear índices basados en impactos computables a través de algoritmos que registren una información precisa y por lo tanto mensurable. Estos criterios son harto eficaces en el dominio de las ciencias puras, las ingenierías y la medicina, pero dejan mucho que desear a la hora de evaluar la producción académica de los humanistas, mas no porque las Humanidades estén reñidas con las ciencias exactas sino porque los humanistas no trabajamos con la exactitud. Con todo, como las agencias de evaluación son las que suministran información estadística para la elaboración de los ránkings universitarios, los artículos publicados en revistas JCR ─es decir, indexadas en el Journal Citation Report─ reciben mayor puntuación que cualquier libro basado en una tesis doctoral o en la investigación de toda una vida. Por eso nuestra señera Revista de Occidente ─fundada por Ortega y Gasset─ no es JCR ni tampoco lo habrían sido la mexicana Vuelta de Octavio Paz ni la argentina SUR de Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges. ¿Por qué unas empresas que operan en inglés tienen el monopolio del prestigio académico en español? ¿Se reconoce el prestigio en español igual que se reconoce en inglés? Para mayor inri, los artículos en inglés reciben mejor valoración que los publicados en español y así nos encontramos con revistas indexadas que no sólo le cobran a los investigadores que desean colaborar, sino que por un módico suplemento además lo traducen al inglés, el único factor de excelencia que cotiza en nuestro propio entorno académico. Así, tanto el joven filólogo en literatura española que quiera acreditarse como Ayudante Doctor como el profesor de literatura hispanoamericana que desee solicitar un sexenio de investigación, saben muy bien que conseguirán más pronto sus objetivos si publican primero en inglés esos artículos que escriban en español sobre Lope, Sor Juana, Martín Gaite o García Márquez, pues dentro de nuestro propio sistema universitario el español también ocupa un lugar subalterno con respecto al inglés.

Nueve

Muchos periodistas españoles se preguntan por qué el idioma de Cervantes no podría ser lengua oficial de la Unión Europea en lugar del inglés, teniendo en cuenta que Irlanda ─único país anglohablante europeo después del Brexit─ no llega ni a los seis millones de habitantes. Las ciencias exactas, otra vez. No quieren ver que para que el español sea lengua oficial de la Unión Europea un sueco y un polaco tendrían que comunicarse entre sí en nuestro idioma o al menos todos los europarlamentarios españoles deberían hablar en español cuando se dirijan a la eurocámara, minucias que no se cumplen porque el inglés es la lengua franca universal y porque los europarlamentarios vascos, gallegos y catalanes prefieren expresarse en sus idiomas regionales. Puestos a pensar en estados u organizaciones capaces de adoptar el español como lengua oficial, se me ocurre que el Vaticano podría ser una opción porque el Pontífice es argentino y hay 345 886,945 de hispanohablantes católicos, o bien el español podría ser el idioma oficial de la FIFA porque 7 de las 32 selecciones del Mundial de Rusia hablan español, 3 de las 10 primeras selecciones de la FIFA también son hispanohablantes[8] y 6 de los 10 primeros clubes del mundo pertenecen a países de habla hispana[9]. En realidad, lejos de los ámbitos académicos, financieros y diplomáticos la importancia del español aumenta porque 5 de los 10 primeros restaurantes del mundo están en países donde se habla español[10], 5 de las 10 primeras discotecas del planeta se encuentran todas en Ibiza[11] y la canción con más reproducciones en la historia de la plataforma YouTube no es otra que Despacito (2017), que ha sido vista un millón de veces en 99 países distintos hasta superar los tres mil millones de reproducciones en menos de siete meses[12]. No deseo escandalizar a nadie, pero los factores de excelencia de nuestra lengua son el fútbol, la música y el placer, iconos de nuestra cultura de masas con los que más de un apocalíptico se sentirá integrado.

Diez

No será sencillo convertir nuestra lengua en un factor de calidad para la ciencia, el conocimiento, las finanzas y la alta diplomacia, pues una meta semejante supone replantear los planes de enseñanza, seleccionar a los mejores, invertir en investigación y crear marcos institucionales propicios para la promoción de la excelencia. Abrumados por las 48 universidades de los Estados Unidos entre las 100 primeras del ránking de Shangai, nadie establece una relación entre el ránking de Shangai y los países mejor calificados por el Informe PISA, donde Estados Unidos no tiene la misma supremacía. ¿Cuáles son los países que lideran el Informe PISA? Singapur, Finlandia, Corea del Sur, Japón, Estonia y Canadá. Nuestras universidades serán mejores cuando elevemos el nivel de la enseñanza escolar, cuando la educación deje de ser el clavo ardiendo del desempleo, cuando los más capaces elijan ser docentes y cuando los salarios de maestros y profesores sean el reflejo de su excelencia profesional. Por cierto, ninguno de esos cometidos depende de que la enseñanza sea bilingüe ─es decir, en inglés─, porque alguien que se expresa mal en su propia lengua jamás dominará un segundo idioma y yo tengo la sospecha de que la mayoría de jóvenes que supera la selectividad no sería capaz de aprobar el examen C1 de español.

Once

Carezco de la formación necesaria y suficiente para proponer iniciativas que mejoren la gestión de las universidades, aunque sí tengo alguna experiencia dirigiendo publicaciones y estoy persuadido de que urge crear revistas académicas de calidad en nuestro idioma, así como agencias solventes que certifiquen la excelencia científica e investigadora de las publicaciones en lengua española, para no tener que depender de las bases de datos creadas por empresas y universidades anglosajonas. Es deseable que existan revistas francesas, alemanas e inglesas consagradas al hispanismo artístico, histórico y literario; mas lo que sí resulta chocante es que tales publicaciones sean más prestigiosas o estén mejor posicionadas en los índices que las producidas en los propios países de habla hispana, pues las posibilidades de crear redes, plataformas y publicaciones que unan museos, universidades, bibliotecas, archivos, escritores, artistas, fundaciones, académicos, investigadores y personalidades de todos los ámbitos del conocimiento en español nunca fueron más propicias que en el momento presente. Y lo más importante: cuanto más valiosas e influyentes sean nuestras publicaciones, antes atraerán hacia nuestro idioma al talento no hispanohablante, tal como Albert Camus colaboró en SUR, Joseph Brodsky en Vuelta o Ludwig von Mises en Revista de Occidente.

Doce

Hace tres años rompí una lanza por los escritores que eligieron al español como lengua literaria, a pesar de no haber nacido hispanohablantes. Pensaba en Max Aub, Alejo Carpentier, Vintilǎ Horia, Alejandro Rossi, Kalman Barsy o Elena Poniatowska, pero también en Roberto Arlt, José Watanabe, Ernesto Sabato, Alejandra Pizarnik, Juan Gelman o José María Arguedas, que crecieron dentro de familias donde en casa se hablaba alemán, japonés, italiano, ruso, ucraniano y quechua, respectivamente. Todos ellos forman parte de lo que me hace ilusión llamar «La Mancha Extraterritorial»[13]. Deseo cerrar estas reflexiones comentando la aparición de un libro en cuya enorme importancia nadie ha reparado todavía. Me refiero a Siete cuentos morales[14] del Nobel surafricano John Maxwell Coetzee, publicado en español antes que en inglés.

Coetzee es el más grande escritor de habla inglesa ─a una distancia sideral de todos los demás─, pues no sólo es un novelista excepcional sino un ensayista extraordinario

Coetzee es el más grande escritor de habla inglesa ─a una distancia sideral de todos los demás─, pues no sólo es un novelista excepcional sino un ensayista extraordinario. Remito a los interesados a cualquiera de sus libros de ficción o ensayo para que disfruten de la obra de un genuino clásico contemporáneo. Por lo tanto, que el gran Premio Nobel vivo de habla inglesa haya apostado por el castellano es un coruscante factor de excelencia para el español. En la Feria del Libro de Bogotá de 2013 Coetzee leyó uno de esos relatos, reconoció su admiración por Borges y anunció su deseo de aprender nuestra lengua. Dos años más tarde publicó en Chile un par de cuentos del todavía inédito manuscrito[15] y finalmente se instaló en Buenos Aires para trabajar con su editora en la traducción y la propia escritura en español, pues Coetzee se propuso escribir algunos fragmentos directamente en nuestra lengua. ¿Por qué en español? Coetzee argumenta su elección de forma rotunda: “El peligro de que el inglés se convierta en un idioma global es que las opiniones que ese idioma tiene sobre el mundo también lo serán, y eso no es en absoluto bueno”[16]. Como se puede apreciar, quizá el español integrado del futuro dependa de los anglohablantes apocalípticos.

Argentina acogerá el próximo Congreso Internacional de la Lengua Española y en Buenos Aires residen ahora Coetzee y el filósofo esloveno Slavoj Zizek, dos de los intelectuales más influyentes de la escena contemporánea. ¿No es un lujo que ambos estén expresándose ahora mismo en español? La Argentina siempre ha fascinado a escritores no hispanohablantes como el francés Paul Groussac, el polaco Witold Gombrowicz o el británico Bruce Chatwin y hoy disfrutan de su hospitalidad Zizek y Coetzee. ¿No sería maravilloso que en el próximo Congreso Internacional de la Lengua Española que tendrá lugar en Córdoba se programe una mesa sólo para escritores extraterritoriales? Pienso en Elena Poniatowska, Nélida Piñón y Fabio Morabito dialogando en español con Zizek y Coetzee. Uno de los filósofos más aclamados del mundo y un Premio Nobel de Literatura anglohablante, conversando en el país de Borges en la lengua de Cervantes. No encuentro mejor factor de excelencia para nuestro idioma.

Conferencia pronunciada en el curso "La lengua española como factor de excelencia",
organizado por la Fundación Madrid Excelente para los Cursos de Verano de la UIMP -
Santander, 19 de junio de 2018

 

[1]. Miguel de UNAMUNO: «Acerca de la reforma de la ortografía». En Ensayos, Aguilar (Madrid, 1951), vol. I, pp. 213-214.

[2]. Apocalipsis 1: 3.

[3]. Iván de la NUEZ: «Otro mundo no es posible, otro diccionario sí». En http://www.ivandelanuez.org/?cat=338 (Barcelona, 09.02.2018).

[4]. TUCÍDIDES: Historia de la Guerra del Peloponeso. En Historiadores Griegos, Aguilar (Madrid, 1969), p. 1374.

[5]. El crítico teatral de ABC -«Floridor»- empleó por primera vez la expresión “se preparan, pues, á poner, como vulgarmente se dice, toda la carne en el asador” en 1907, a propósito de los estrenos de Cinemalógrafo nacional en el Apolo y de La Mariflores en el Gran Teatro (Madrid, 13.03.1907. p. 4).

[6]. El número mil de ABC Cultural se publicó el 27 de junio de 2011 y los escritores encuestados fueron: Fernando Aramburu, J.J. Armas Marcelo, Andrés Barba, Lola Beccaria, Espido Freire, Rodrigo Fresán, J.A. Garriga Vela, José Carlos Llop, Manuel Longares, Javier Marías, Luisgé Martín, Ignacio Martínez de Pisón, Jorge Martínez Reverte, Carlos Marzal, Ricardo Menéndez Salmón, César Antonio Molina, Félix Palma, Juan Manuel de Prada, Soledad Puértolas, Javier Reverte, Lorenzo Silva, Antonio Soler, Juan Gabriel Vásquez, Enrique Vila-Matas y Juan Eduardo Zúñiga. La encuesta se encuentra en línea en la hemeroteca de ABC: http://www.abc.es/especiales/20-anos-1000-numeros/index.html.

[7]. Fuente: http://www.shanghairanking.com/ARWU2017.html

[8]. Fuente: https://es.fifa.com/fifa-world-ranking/ranking-table/men/index.html

[9]. Fuente: https://www.clubworldranking.com/espanol/ranking-clubs

[10]. Fuente: https://thegourmetjournal.com/noticias/lista-de-los-50-mejores-restaurantes-del-mundo-2017/

[11]. Fuente: https://beatsoup.net/top-100-de-los-mejores-clubs-del-ano/

[12]. Fuente: https://verne.elpais.com/verne/2017/08/05/articulo/1501929884_306946.html  La octava canción más vista según el mismo ránking es Bailando (2014) de Enrique Iglesias.

[13]. «La Mancha Extraterritorial» se publicó en el suplemento Artes y Letras del diario chileno El Mercurio (17.08.2014) y ganó el Premio Don Quijote de la XXXII edición de los Premios de Periodismo Rey de España. Incluí aquel ensayo en Fernando IWASAKI: Las palabras primas. Páginas de Espuma (Madrid, 2018), pp. 59-65.

[14]. J. M. COETZEE: Siete cuentos morales [traducción de Elena Marengo]. El hilo de Ariadna & Literatura Random House (Madrid, 2018).

[15]. J. M. COETZEE: Dos lecciones de Elizabeth Costelo [traducción de Cristóbal Pérez Barra]. El Faro Editorial (Santiago de Chile, 2015).

[16]. Laura FERNÁNDEZ: «Coetzee elige el español para alejarse de la visión anglosajona del mundo». En El País (Madrid, 27.05.2018).