Hace unos días publiqué un artículo titulado “El síndrome del charnego separatista” donde describía las contradicciones del catalán, de origen inmigrante, obsesionado con ser más separatista que los propios separatistas. Ello recordaba, desde el punto de vista psicológico, tanto al “síndrome de Estocolmo” como a las figuras del “colaboracionista” o del “kapo” (me remito a Primo Levi y su obra Si esto es un hombre).

me había faltado hacer un homenaje paralelo a los numerosos charnegos que se han resistido al dulce encanto del chantaje separatista

Cuando acabé el artículo sentí que, para ser justo, me había faltado hacer un homenaje paralelo a los numerosos charnegos que se han resistido al dulce encanto del chantaje separatista ―“hazte uno de los nuestros y olvidaremos tu origen decadente”― y continúan haciendo frente en su día a día, la mayoría de las veces en solitario y sin apoyos de ningún tipo, al supremacismo independentista. Pero igualmente, para ser justos, esta lucha heroica no se ha limitado a los maquetos vascos o los charnegos catalanes, si no (y esto no tiene menos mérito) a los numerosos vascos y catalanes de ocho apellidos que tampoco se han dejado seducir por el lado oscuro de la Fuerza del dogmatismo rupturista que trata de negarles su “derecho” a sentirse, al menos, tan español como vasco o catalán.

Hemos homenajeado (aunque no siempre como debiéramos) a las víctimas del terrorismo de ETA pero nunca o muy escasamente a las víctimas del “terrorismo cultural separatista”. Y no porque sea menor su número o su sufrimiento más desdeñable. Al contrario, cientos de miles de vascos y catalanes (con ocho apellidos o sin ellos) han debido optar entre abandonar su tierra o tragarse su miedo, no por pretender sustraerse a la acción de la justicia (como el nuevo Napoleón de Waterloo), sino por cansarse de reclamar, sin éxito, que se les trate con justicia en su tierra, aunque sólo sea a la hora de poder elegir la lengua en que escolarizar a sus hijos. El caso de Alberto Boadella Oncíns es paradigmático: perseguido por el franquismo lo ha sido aún más por el separatismo, hasta el punto de tener que exiliarse en Madrid (como tantos otros) y no poder volver a Cataluña ni por vacaciones. Si un catalán de pata negra, luchador antifranquista, es tratado así por intentar simplemente ejercer su libertad de expresión como artista, ¿qué no será el infierno por el que deben pasar los que no presentan ese pedigrí familiar?

No es de extrañar que esta “nueva” limpieza de sangre se exija en el País Vasco, pues fueron los nobles vascos los primeros que promovieron la discriminación a las minorías españolas (de cuya competencia así se libraban en la corte) a través de poner en duda la sinceridad de su conversión, primero y, luego por medio de la institución de la “nobleza universal” que operó, durante más de tres siglos, en Vizcaya y Guipúzcoa, y a la que accedían solo los que “presumieran” de que sus antepasados procedían tres generaciones de ese lugar. Ni tampoco es raro que algo parecido suceda en Cataluña, pues fue en la Corona de Aragón (y no en la de Castilla como se tiende a decir) donde nació por primera vez la Inquisición en España (1479) y donde tuvo a Ramón de Penyafort, y a otros catalanes, valencianos y mallorquines, entre sus más activos defensores.

A los españoles nos pierde la ingenuidad y la pasión por “resultar simpáticos” incluso con los que hace tiempo sustituyeron el “seny” (sensatez) por la “rauxa” (el arrebato), y los que han construido un relato histórico sectario lleno de fantasías, acusaciones y falsedades que atacan directamente la memoria de nuestros (sus) antepasados, borrando cualquier atisbo de Historia y comunidad política común.

Probemos a citar los cinco vascos más grandes y universales de la Historia. ¿Alguien duda que entre ellos debieran figurar con derecho propio, al menos, Elcano, Legazpi, Blas de Lezo, Unamuno y Pío Baroja? ¿Era alguno de ellos separatista o no se sentía español? Lo que es cierto es que podrían sentirse tal vez igualmente vizcaínos o guipuzcoanos pero difícilmente “vascos” como tales pues el País Vasco solo nace políticamente con el Estatuto de la II República. En este contexto, las razones por la que pudo triunfar el discurso xenófobo y ultramontano de un personaje de tercera fila como era Sabino Arana resulta a estas alturas un misterio sin resolver.

El mismo misterio subyace en la pregunta, que se hace Xavier Rius (autodenominado “un indepe-cuerdo”): ¿cómo un pueblo aparentemente culto como el catalán ha encumbrado a un tipo como Puigdemont (“está zumbado. Lo digo con pesar, porque le conozco”) o como Torra?. Compárese dicho nivel con el de los diputados catalanes que participaron en la elaboración de Constitución de 1812, los generales Requesens y Prim, el comendador Guimerán, los presidentes de la I República Figueras y Pi y Margall, los escritores Josep Pla y Eugenio D’Ors o el pintor Salvador Dalí. ¿Era alguno de ellos separatista? ¿Son por ello menos o peores catalanes?

En cuanto al interminable debate de la lengua, hemos olvidado que el castellano nace entre Cantabria, León y la Rioja (San Milán de la Cogolla), y sin duda se habló antes en Álava o en la Corona de Aragón (al menos en Zaragoza) que en Madrid o en Andalucía. ¿Por qué considerarla una lengua ajena? Por el contrario, el batúa sí ha sido una lengua artificial impuesta coercitivamente con el objetivo de barrer, literalmente, las variantes lingüísticas del vasco que convivían con naturalidad en los distintos valles. Tampoco el castellano fue una lengua ajena o poco hablada en Cataluña (por cierto “catalán” tiene la misma raíz que “castellano”, castillo), e incluso en algunas épocas la propia burguesía catalana prefirió hablar (sin que nadie se lo impusiera) el español al catalán. A fin de cuentas, si todos asumimos en su tiempo “el latín” como lengua común (siendo impuesta y extranjera) ¿por qué no hacer lo mismo con el castellano cuando además resulta ser la segunda lengua más hablada en el mundo? En Francia, como nos recuerda F. Braudel, en 1835, más de cuarenta años después de la revolución, la lengua francesa seguía limitada a las tierras del oïl (París y alrededores) y en 1863, todavía las lenguas locales eran mayoritarias en la población. Y sin embargo…, hoy nadie (ni de derechas ni de izquierdas) osa criticar que el francés sea la “única” lengua vehicular de su sistema educativo. Curioso.

Los hemos dejado solos, para que se las apañen “como puedan” contra un enemigo que los supera en poder, malicia y dinero

Pero, en lugar de apoyar la lucha solitaria y casi silenciosa de estos compatriotas, ¿qué hemos hecho el resto de españoles? Los hemos dejado solos, para que se las apañen “como puedan” contra un enemigo que los supera en poder, malicia y dinero. Hemos preferido mirar a otra parte cuando se veían obligados a portar diversas máscaras para que no se les persiguiera en público. Los hemos abandonado mientras tratábamos de complacer año tras año a sus verdugos, a ver si así calmaban su sed de destrucción, ofreciéndoles incluso un lugar de honor en nuestras fiestas privadas o colectivas. Hemos permitido que se imponga el relato fantasioso que borra nuestra Historia en común. Hemos consentido que se apropien del lenguaje hasta el punto de forzar a la gente a cambiar su nombre (aunque el primer Señor de Vizcaya se llamara “López de Haro”) o borrar la denominación de numerosos pueblos y ciudades que por siglos portaron orgullosos (el caso de Villareal de Álava por “Legutio” es claro, pero hay muchos más, como ha demostrado F. García de Cortázar).

¿Qué pueblo permite que se humille así a su Historia común, a los cientos de personales que la protagonizaron, y a quienes, cargados de una simple maleta, viajaron cientos de kilómetros para contribuir al desarrollo económico e industrial de otras regiones? ¿Existe hoy alguna mesa donde se defiendan sus derechos, sus intereses y sus preocupaciones? ¿Dónde ha estado y está el Estado cada día más reducido a su mínima expresión en esas regiones? ¿Dónde nuestra clase política? ¿Dónde nuestros intelectuales? ¿Dónde nuestros artistas y demás representantes de la cultura “española”? Un pueblo sin dignidad. Tenemos lo que merecemos. La Historia no nos lo perdonará y ellos tampoco. Y hacen bien. Al menos nos queda el ejemplo de su honra y su coraje, que nos recuerda que todavía existe una España por la que merece la pena luchar. La suya.

Ensayista y escritor. Autor de “La Conjura contra España” y “La leyenda negra: Historia del odio contra España”

1 Comentario

  1. Genial, rotundo, sencillo, cristalino y cargado de razones y verdades. Enhorabuena.
    En Guipúcoa me llamaron maqueto, koreano incluso recibí un puñetazo en el estomago sin haber hecho nada para merecerlo, estuve herido y enfermo moralmente, deprimido, confuso. Me puse a luchar con asociaciones ciudadanas “Gesto por la Paz”, “Basta Ya” y me afilié después de muchas dudas a UPyD…Ahora no vivo allí, reconozco que no aguanté la presión exterior, pensé y constaté que el nacionalismo no iba a menos como yo esperaba, la mejor solución que se me ocurrió fue poner tierra de por medio, volver a Andalucía. Diez años después esto no es el paraiso añorado de la infancia y juventud, hay mucho por hacer.