De los medios y de los fines - Carlos Martinez Gorriaran

En estos días de convulsos pactos poselectorales y extrañas parejas de cama resurge con fuerza la vieja cuestión de los medios y de los fines. Es el problema de si determinados fines, como los tan socorridos de “permitir la gobernabilidad” o “dar estabilidad para que haya crecimiento económico”, no merecen el recurso a cualquier medio, como que la oposición renuncie a serlo (con lo que dejaría de tener finalidad) absteniéndose en la investidura de Pedro Sánchez mientras este pacta, por mor de la gobernabilidad (convertida de medio en fin), con un cóctel de partidos que mezcla ingredientes tan repugnantes como Bildu y los diversos separatistas supremacistas, sin olvidar a los populistas iluminati de un Podemos en franco declive.

Incluso el Presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, considera este encaje de bolillos tan vital para sus intereses que se entromete en los pactos españoles auxiliando a otro manuel francés

Por otra parte, se exige un cordón sanitario (medio convertido e fin) contra Vox, un partido que, si bien nunca ha matado a nadie, es tratado como el Josu Ternera de la política en beneficio blanqueador de los verdaderos cómplices de los asesinos. Además se lanzan ataques mediáticos en masa contra Ciudadanos para que acepte abstenerse y permitir la “gobernabilidad”. Incluso el Presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, considera este encaje de bolillos tan vital para sus intereses que se entromete en los pactos españoles auxiliando a otro manuel francés, este Valls, claramente perfilado como el caballo de Troya de El Elíseo en el asalto catalán a la soberanía española. Hay gente que llama política a esto, expertos que verían natural y necesario que Felipe VI dictara y vetara en televisión los pactos de gobierno local en Marsella si afectaran a los intereses de La Zarzuela.

Este encaje de bolillos en elaboración dibuja un nuevo Gobierno Frankenstein capaz de impredecibles desmanes. Y aquí rebrota el caudal del viejo dilema entre medios y fines: el doctor Frankenstein tenía la mejor de las intenciones; sólo quería demostrar la capacidad creadora cuasidivina de la ciencia (el fin) pero, como tan bien relató Mary Shelley, la macabra criatura (el medio) acabó sembrando la muerte y el terror para vengarse de su creador.

No, son los medios los que producen los fines

¿Quién no ha oído alguna vez el tópico de “el fin justifica los medios”? Es uno de los más manidos y suena a sabia experiencia, aderezada con una pizca de picante cinismo. El aserto contrario es mucho más sensato y fundado en la experiencia: son los medios los que producen los fines. Según qué medios uses, producirás unos fines u otros. Sin embargo, este principio suele rechazarse con escepticismo e ironía, normalmente porque suele entenderse como que los medios “buenos”, en sentido moral, son mucho menos eficaces que los medios “útiles” y amorales, en sentido instrumental.

Lo cierto es que los medios son buenos o malos no sólo según criterios éticos y utilitarios, sino de su adecuación para un fin: por ejemplo, un martillo es bueno para clavar clavos y malo para limpiar cristales. Un yate de recreo es bueno para disfrutar y malo para enfrentarse a un submarino. Estudiar economía es bueno para entenderla, pero no sirve para cultivar orquídeas. Julio César hizo bien atravesando el Rubicón para apoderarse de Roma, pero eso estuvo mal para conseguir la simpatía de republicanos como Cicerón, Catón y Bruto, que acabaron decidiendo asesinarle. Japón acertó (hizo bien en sentido amoral) atacando a la flota americana en Pearl Harbour si quería golpear primero, pero produjo un mal definitivo a sus intereses forzando la entrada en guerra de Estados Unidos.

En todos estos casos los medios elegidos resultaron muy inadecuados para los fines perseguidos, de modo que era inevitable que produjeran fines distintos y muchas veces desastrosos. Esta lógica implacable se repite en todos los campos que queramos observar: en la última burbuja inmobiliaria los bancos hicieron bien en tirar el precio de las hipotecas para obtener más clientes, pero hicieron mal si querían clientes solventes y negocios sostenibles: de hecho, hundieron al sector bancario e inmobiliario y provocaron una crisis colosal.

En síntesis, medios y fines no son cosas independientes que puedan elegirse ignorando la congruencia o incongruencia de sus cualidades y propiedades respectivas, destinos o pasos a los que pueda llegarse dando un rodeo

En síntesis, medios y fines no son cosas independientes que puedan elegirse ignorando la congruencia o incongruencia de sus cualidades y propiedades respectivas, destinos o pasos a los que pueda llegarse dando un rodeo. En realidad, los fines no son otra cosa que el último resultado (provisional) de una cadena de medios en acción. Los medios configuran los fines que pueden alcanzar, y desbaratan los que son inalcanzables para ellos. Por ejemplo, si quiero ampliar mi círculo de amistades y colaboradores (fin), eso solo puede conseguirse mediante acciones genuinas de amistad y colaboración (medios). Tratar de lograrlo a través de engaños y abusos puede parecer ingenioso a corto plazo, pero indudablemente servirá más bien para cargarse uno de enemigos. En realidad no hay diferencia entre la amistad como medio y la amistad como fin, y lo mismo puede decirse de la honradez, el amor, el altruismo, la felicidad y otras virtudes u objetivos existenciales. No se puede ser honrado a base de acciones deshonrosas ni feliz sufriendo la infelicidad, aunque en política se crea a menudo que sí o se disculpen como “debilidades humanas” (poniendo la acción política al nivel de la adicción a las drogas o los trastornos de conducta).

Si nos molestamos en examinar sin demasiados prejuicios las historias de éxito y fracaso en prácticamente cualquier campo, pronto llegamos a la conclusión de que hay historias de éxito en los fines empleando medios adecuados, y también historias de fracaso debidas a imponderables como el azar, la insuficiencia y los errores, pero en cambio no hay historias de éxito de fines conseguidos con malos medios. Por ejemplo, todos los países que emprendieron guerras de agresión en el siglo XX acabaron perdiéndolas a más o menos largo plazo; es el caso de Japón, Alemania, Italia y sus aliados. O desmoronándose por colapso interno, como la URSS.

El éxito en los fines nunca es definitivo: una historia comparada de China y España que acaba en el doctor Frankenstein

A veces el fracaso se demora en el tiempo, pero acaba asomando. Incluso un gigante como Estados Unidos fue incapaz de derrotar al pequeño Vietnam tras emprender una guerra amañada, igual que el gigante rival, la Unión Soviética, perdió contra los talibanes en el cuasimedieval Afganistán. La Unión Soviética se desmoronó a vertiginosa velocidad cuando sus gobiernos títeres fueron cayendo en los países satélites, de Polonia a la RDA, trasladando un seísmo imparable a la propia URSS y su castillo de naipes político. En el mundo actual las políticas violentas acaban resultando perdedoras a largo plazo porque los fines proclamados (libertad, seguridad, socialismo, soberanía, independencia etc.) son en realidad incompatibles con los medios empleados para propiciarlos. Invadir países para sentirte más seguro en el tuyo es tan adecuado como limpiar una ventana a martillazos. Cebar e inflar una burbuja inmobiliaria con medios delictivos para ganar más dinero puede acabar llevándote a la cárcel, como a Berni Madoff y Rodrigo Rato. Tratar de ignorar y negar sistemáticamente los casos de abuso sexual infantil perpetrados por miembros de la congregación, como hizo mucho tiempo la Iglesia Católica, es un medio equivocado con un efecto devastador sobre el fin de preservar la propia imagen.

A la luz del modelo subyacente, a saber, que muchos fracasos en la consecución de fines son consecuencia de activar medios inadecuados cuando no antagónicos, podemos preguntarnos qué futuro espera a las estrategias guiadas por el cínico principio de que el fin justifica los medios.

Comparemos por ejemplo la dictadura china con un interesante antecedente, la dictadura de Franco en España. Ambos países vivieron bajo regímenes que pasaron de una etapa totalitaria a otra autoritaria, con la salvedad de que el totalitarismo fue mucho más terrible, prolongado y profundo en la China de Mao que en la España de Franco y sus gobiernos falangistas creyentes en la autarquía (hasta 1953-56, aproximadamente). Pero una vez fracasado el comunismo maoísta y la autarquía franquista, ambos regímenes emprendieron políticas de desarrollo económico veloz para asentar su poder sobre la satisfacción material de la población, en lugar de sobre la cruda represión de los descontentos.

En España, el desarrollo económico creó una sociedad de clase media cada vez más alejada de los ideales franquistas y más europeísta, haciendo inevitable la transición a la democracia (pactada en vez de forzada, como en el vecino y más atrasado Portugal). El medio del desarrollo económico no sirvió para el fin de eternizar la dictadura, sino para liquidarla. ¿Y en China?: nadie sabe cuánto tiempo conseguirá la dictadura mantener el plan de desarrollo económico con implacable represión política. Hay razones para creer que bienestar y desarrollo económico son, a la larga, incompatible con la corrupción, represión y monopolio político de la dictadura (y las protestas democráticas en la propia China, Taiwan y Hong Kong sugieren que este principio también vale para la cultura china).

Elegir medios contrarios a los fines que se predican es a la larga un camino seguro a la derrota. Así se trate de convertir a China en la nueva superpotencia mundial, o de impulsar la regeneración democrática en España recurriendo a los medios políticos más viciados, corruptos y dañinos conocidos. Al final, la incontrolable criatura de Frankenstein siempre se acaba escapando.