De Juan a Carles - Iván Vélez

Buscando el calor de la facción más reaccionaria e hispanófoba de Flandes, Carles Puigdemont atravesó la frontera de su nación, España, dejando atrás la sedicente República Catalana. Al parecer, el prófugo de la justicia atravesó los Pirineos escondido en el maletero de un coche y, una vez en suelo francés, informó a sus compañeros de correrías golpistas de su iniciativa escapista. El día 2 de noviembre, Oriol Junqueras, principal competidor en la pugna por presidir la república en la que muchos catalanes anhelan convertir a la región catalana, ingresaba, acompañado de varios compañeros de viaje, esta vez a bordo de un furgón policial, en la prisión de Estremera.

Los catalanes volvieron a citarse con las urnas, en este caso gracias a unas elecciones legales cuya celebración vino impuesta, ya por cálculo electoral ya por el reverencial respeto que se tiene en España por el separatismo, por Ciudadanos y PSOE

Apenas mes y medio más tarde, con el artículo 155 de la Constitución española suavemente aplicado por el Gobierno, los catalanes volvieron a citarse con las urnas, en este caso gracias a unas elecciones legales cuya celebración vino impuesta, ya por cálculo electoral y por el reverencial respeto que se tiene en España por el separatismo, por Ciudadanos y PSOE. Como era previsible, el resultado de los comicios volvió a mostrar la evidencia de una sociedad escindida en dos bloques en los que ha perdido peso un Partido Popular que, gobernando la nación, ha dejado desamparados a aquellos que defienden la condición española de Cataluña; y una CUP cuyo cóctel anarquizante, verdoso y feminista, comienza a resultar indigesto a muchos de sus impulsores.

El vencedor por el lado independentista ha sido el huido Puigdemont, capaz de mantener la tensión de su fanatizada grey desde Bruselas gracias a la colaboración de muchos medios de comunicación

En este contexto, frente al gran éxito de Ciudadanos, el vencedor por el lado independentista ha sido el huido Puigdemont, capaz de mantener la tensión de su fanatizada grey desde Bruselas gracias a la colaboración de muchos medios de comunicación, algunos financiados con dinero público, siempre dispuestos a dar la palabra al huido. Sin embargo, una sombra se cierne sobre el político gerundense: si acude al Parlamento de Cataluña para tomar posesión de su cargo, será inmediatamente detenido, siendo más que probable su alojamiento en una prisión.

Ante tan complicado panorama, no han faltado los testimonios de muchos rigoristas del catalanismo, favorables incluso a que Puigdemont presida la Generalidad desde su palacete bruselense haciendo de la aparición en plasma, virtud. Tal posibilidad nos ofrece un paralelismo histórico que nos conduce a otra figura política que operó, en la medida de sus posibilidades y de las del contexto de su época, desde fuera de España. Nos estamos refiriendo a Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, que maniobró desde Portugal mientras consumía sus días entre las brumas marinas y el cargado ambiente del Casino de Estoril. Rodeado por una serie de cortesanos que se movían entre el servilismo y el posibilismo, Don Juan, a quien no le fue permitido enrolarse en el bando franquista durante la Guerra Civil, vio desde su exilio cómo sus opciones de reinar España se marchitaban, contribuyendo incluso a ello cuando accedió, en agosto de 1948, a que su hijo fuera educado en España bajo la tutela del Caudillo. Entre la finca Las Jarillas y el donostiarra Palacio de Miramar, Don Juan Carlos, el rey que ceñía la corona española durante la Transición española, recibió una cuidada educación en España, mientras su padre, apodado a la malicia como Don Juan Tercero Izquierda por sus veleidosas relaciones con la socialdemocracia, recibía diferentes embajadas cargadas de promesas de lealtad. Cuando aquel hombretón quiso darse cuenta, su tiempo había pasado, y España, rediseñada bajo los asimétricos patrones de las nacionalidades y regiones, estaba en manos de una nueva generación de políticos demócratas y europeístas.

Carles Puigdemont fue ascendiendo laboral y políticamente desde su Amer natal gracias a la tupida red clientelar tejida por la administración catalana nacida gracias a la Constitución del 78 y al respaldo del Gobierno de turno

Genuino producto de esa nueva España obsesionada con el hecho diferencial, Carles Puigdemont fue ascendiendo laboral y políticamente desde su Amer natal gracias a la tupida red clientelar tejida por la administración catalana nacida gracias a la Constitución del 78 y al respaldo del Gobierno de turno. La prensa subvencionada fue la plataforma desde la cual medró antes de incorporarse a las filas un pujolismo que por entonces -cosas veredes- hacía del España nos roba su bandera. Refundada bajo diversos nombres, la facción catalanista bajo cuyas estructuras se institucionalizó el expolio del dinero público mientras se agitaban campañas de odio a España, fue dejando cadáveres políticos, hasta que le llegó su turno a Puigdemont, aupado a la presidencia catalana gracias al voto, siempre crítico, pero favorable al catalanismo, de la CUP.

Máximo representante del Estado en Cataluña, Puigdemont llegó más lejos que cualquiera de sus antecesores en sus exhibiciones de hispanofobia, contribuyendo, gracias a los enormes recursos regionales siempre al servicio de la causa, a dibujar una horrible imagen de la nación, que las numerosas pseudoembajadas catalanas repartidas por el mundo, se ocuparon de difundir internacionalmente. La caricatura necesitaba también del establecimiento de nuevos paralelismos. Si en el imaginario catalanista, Franco, el mismo que industrializó Cataluña a costa de la descapitalización humana de muchas comarcas castellanas, era el mal absoluto, su impronta seguiría presente en una España convertida en la inmutable e intolerante Francoland. Para completar la escena, hasta el propio presidente español, Mariano Rajoy, es otro gallego que incluso ha mostrado recientemente su insensibilidad, alborotando el gallinero galleguista que Fraga delimitó y Núñez Feijoo alimenta, al cometer la osadía de tuitear «Sangenjo» en un anodino mensaje escrito en español.

De continuar en Flandes, la figura de Puigdemont, como en su día la de Don Juan, puede pasar a un segundo plano hasta difuminarse, pues el olvido, como advierte el tango, todo destruye

Así las cosas, mientras los días corren en pos de la fecha señalada para constituir gobierno en Cataluña, Puigdemont permanece en Bruselas, permitiéndose desahogos tales como el de pedir al Presidente de España una entrevista en territorio europeo, cita que recuerda el encuentro que Don Juan, depositario de la legitimidad monárquica, tuvo con Franco en el Azor. Necesitado de visibilidad mediática, experto en el manejo de la propaganda, Carles espera su oportunidad, sabedor de que la España constitucional nunca abandona a sus enemigos. Sin embargo, el paso de los días puede servir para que las prietas filas del golpismo comiencen a acusar las primeras tensiones y fisuras, y ante las evidentes limitaciones que tendría un presidente ausente, no es descabellado pensar que surgirán o reaparecerán personalidades que se postulen para llevar al catalanismo a la tierra prometida de la independencia. En tal sentido, el tiempo corre en contra de un expresidente que no podrá explotar indefinidamente su ficticia condición de exiliado. De continuar en Flandes, la figura de Puigdemont, como en su día la de Don Juan, puede pasar a un segundo plano hasta difuminarse, pues el olvido, como advierte el tango, todo destruye.