Canibalismo - Carlos Martinez Gorriaran

Analizar las causas del fracaso de la segunda investidura de Pedro Sánchez debido a su negativa a pactar con Podemos está llevando a los analistas políticos a un derroche de locución peyorativa: inmadurez del liderazgo, estupidez política, incapacidad para negociar, egoísmo narcisista, choque de egos e incluso problemas con la testosterona de los machos alfa que luchan por el privilegio de copular en exclusiva. Parece que la mayoría de estos analistas, profundamente decepcionados, han dejado de comprender las nuevas reglas y móviles de la política multipartidista. Los grandes grupos de comunicación han presionado para que, de algún modo, Sánchez lograra ser investido, bien mediante un pacto con Podemos y los nacionalistas, o por la absurda abstención de PP y C´s, pero nada ha funcionado. Se diría que los grandes medios y sus patrones financieros no dan crédito a una deriva política que creían bajo control, pero ha escapado de sus manos. Lo cierto es que Sánchez se ha beneficiado de los grandes medios como correas de transmisión de su negociación fingida, y sin seguir sus indicaciones.

la breve carrera política de Pedro Sánchez ha sido tan temeraria y falta de principios como exitosa para sus intereses personales

Creo ser de los pocos que llevo diciendo desde julio (en Twitter, los medios no están interesados en mi análisis y prefieren seguir equivocándose) que Pedro Sánchez nunca ha querido ser presidente de un gobierno de coalición con Podemos, ni con otros socios, y que ni siquiera quiere su abstención: prefiere nuevas elecciones e intentar consumar en su provecho el proceso caníbal al que parece condenada la política parlamentaria española. Es temerario, pero como es público y notorio toda la breve carrera política de Pedro Sánchez ha sido tan temeraria y falta de principios como exitosa para sus intereses personales, que no los del país.

este fracaso es consecuencia de dos factores principales: la Ley electoral vigente, y la conversión del sistema de partidos en un juego de suma cero que solo desbloqueará la caída de algún partido en alguno de los dos frentes: el canibalismo político

Más allá de los interesantes aspectos psicológicos de la personalidad de los líderes políticos actuales (algunos de los cuales pueden ser calificados de psicópatas políticos de manual, como explica aquí Antonio Cervero), hay otros factores impersonales que están jugando un papel decisivo en lo que ya podemos llamar el fracaso del nuevo sistema de partidos emergido en 2014: tres elecciones generales en cuatro años (2015, 2016, 2019), una moción de censura con éxito y dos investiduras fracasadas con sendos gobiernos interinos socialistas son, por el momento, los desalentadores resultados de un multipartidismo que se ha revelado volátil y de vodevil, oportunista y sin proyecto político conocido, aparte de la toma del poder o la supervivencia. Lo mínimo que cabe decir es que el nuevo sistema de partidos a cuatro bandas y dos frentes –por el rechazo de Albert Rivera a actuar como socio bisagra-, formado por Podemos, PSOE, PP y Ciudadanos, al que se acaba de incorporar Vox, ha resultado ser un fiasco. En lugar de mejorar la representatividad y el pluralismo político, sólo ha conseguido paralizar las instituciones e irritar a la gente. Pero este fracaso es consecuencia de dos factores principales: la Ley electoral vigente, y la conversión del sistema de partidos en un juego de suma cero que solo desbloqueará la caída de algún partido en alguno de los dos frentes: el canibalismo político.

Las razones del fracaso del nuevo multipartidismo

Comencemos por el final: ¿por qué los cuatro partidos principales de este momento no son capaces de establecer coaliciones o pactos de gobierno que funcionen? Básicamente, porque todos ellos juegan a la eliminación de su rival en el seno de los dos bloques principales izquierda-derecha. Podemos creyó posible sobrepasar al PSOE y convertirse en la fuerza fundamental de la izquierda (el viejo sueño comunista que también perdió a Julio Anguita), y ahora el PSOE de Pedro Sánchez cree posible marginar a Podemos al pequeño rincón tradicional de los comunistas y recuperar los millones de votos emigrados al cóctel populista de Pablo Iglesias (y en menor medida, a Ciudadanos). Respecto a Ciudadanos, su voltereta ideológica –y sin debate alguno- de la condición de partido “socialdemócrata” a “liberal”, y de “partido bisagra de centro” a la alternativa al PP, no tenía otro propósito que tratar de arrebatar la hegemonía de la derecha a un partido en caída libre tras el desastre Rajoy, proyecto desmesurado que a Rivera le parecía más fácil que devorar al PSOE, como era la intención inicial.

Sin embargo, la consistencia de estas operaciones se resiente, y mucho, de la contradicción de que Ciudadanos no tenga empacho en llamar al PP “partido corrupto” mientras pacta con ellos los gobiernos de Andalucía, Madrid y otras comunidades y ciudades. En un reflejo especular, lo mismo le sucede al PSOE con Podemos, al que intenta devorar, al estilo de la mantis religiosa tras copular con un macho poco avispado, tras elegirlos como el principal socio de los socialistas en otros territorios e instituciones. El canibalismo es peligroso porque tiene ida y vuelta, y el comedor también puede ser comido. Nadie puede estar seguro de que los devorados tras una vuelta más de la rueda de la fortuna electoral no sean Pedro Sánchez y Albert Rivera, pero sobre todo este último.

Ahora bien, siendo cierto que los nuevos liderazgos egocéntricos y oportunistas componen un factor importante de la canibalización, no es el único. La Ley electoral tiene un papel no menos importante en la paralización del pluripartidismo aunque, como de costumbre, haya pasado desapercibido.

La LOREG se diseñó deliberadamente para un sistema de bipartidismo imperfecto de dos grandes partidos alternantes más socios nacionalistas

La LOREG se diseñó deliberadamente para un sistema de bipartidismo imperfecto de dos grandes partidos alternantes más socios nacionalistas, primando la representación territorial (las provincias) sobre el pluralismo del voto, de modo que los nacionalistas periféricos pudieran ser hegemónicos en sus territorios, y que los pequeños partidos nacionales fueran penalizados -como les pasaba a IU y UPyD- por la extrema dificultad de convertir sus votos en representantes en las abundantes provincias poco pobladas que eligen cuatro diputados o menos. Y esta ley sigue vigente, aunque el gran éxito electoral de Podemos y Ciudadanos en la nueva temporada indujera el espejismo de que, en adelante, todos los partidos tendrían las mismas posibilidades y quedaban condenados a pactar y entenderse.

Pero no es así, la igualdad de oportunidades es casi imposible con la LOREG. Porque una bajada de votos proporcionalmente pequeña impide la obtención de escaño en muchas provincias donde conseguir uno exige pasar del 25% de los votos o más, y traducirse en una pérdida catastrófica. Ha sido el caso de Unidas Podemos en 2019, cuando una caída del voto del 2’8% se tradujo en la pérdida de 24 escaños en el Congreso; viceversa, el ascenso del 6% del voto socialista se tradujo en 38 escaños más para el PSOE, pasando de los 85 a 123, un premio a todas luces tan excesivo como la penalización de Podemos. La ley de hierro de la LOREG es muy dura, especialmente en un sistema multipartidista, porque la pérdida de un porcentaje de votos no muy grande puede ser desastrosa. Sobre todo, porque muchos se convencen de que votar a partidos pequeños es tirar el voto y se resignan a optar entre los dos grandes.

¿Quién saldrá perdiendo, además de España?

Para prever y entender lo que ha pasado hay que partir de que estos son los cálculos y escenarios que tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias, y sus asesores, tenían estos meses en la cabeza: la posibilidad real de jibarizar a Podemos hasta la marginalidad tradicional de IU, con una nueva convocatoria electoral ex profeso. Algo que parece posible, aunque sea temerario jugarlo todo a esa carta teniendo en cuenta el adelgazamiento de los vasos comunicantes entre derecha e izquierda política, es decir, la disminución de votantes indecisos entre votar izquierda o derecha.

El mayor peligro que acecha a Sánchez es que sus votantes, decepcionados tras el fracaso incomprensible del prometido y taumatúrgico “gobierno de progreso”, se queden ahora en casa. De hecho, las encuestas ya han detectado que el grupo electoral que más rechaza la repetición de elecciones es, precisamente, el socialista. Lo que queda por conocer es la profundidad de los sentimientos de frustración, hastío y resentimiento de esos votantes o, como también suele llamarse, su grado de desmovilización.

La “nueva política” no es menos manipulable que la vieja, todo lo contrario, lo es más porque no se ha consolidado

El juego que se está iniciando entre PP y Cs es algo parecido, gracias al error descomunal de Rivera –nadie más parece contar en ese partido- de abandonar el valioso espacio de centro izquierda (en el que más votantes se reconocen) para jugárselo todo a acabar con el PP y conseguir la hegemonía en la derecha tradicional, renunciando a la valiosa transversalidad y atrayendo sobre él una campaña de acoso mediático y traiciones internas promovida por sus antiguos mentores (desde Pedro J Ramírez a Federico Jiménez Losantos, pasando por El País y la Ser), semejante a la que, por motivos muy diferentes pero con su activa participación, liquidó a UPyD entre 2012 y 2015. La “nueva política” no es menos manipulable que la vieja, todo lo contrario, lo es más porque no se ha consolidado. Gracias a eso, no sería de extrañar que el PP fuera el partido más beneficiado del adelanto electoral y Ciudadanos el más perjudicado, con lo que el problema electoral casi quedaría resuelto en el frente derecha a pesar de la entrada de Vox.

Lo cierto es que el desmedido peso de los liderazgos personales y muy especialmente el de Pedro Sánchez y en menor medida los de Iglesias y Rivera, ha eclipsado cualquier otro factor a tener en cuenta, como el de las consecuencias de la ley electoral, y también el peso del poder territorial autonómico en un Estado tan centrifugado como el nuestro. Incluso el golpe separatista catalán ha perdido interés e importancia ante el patético espectáculo que se ha apoderado del Congreso, obligando a repetir las elecciones generales dos veces en un año, algo sin precedentes en España desde 1978, y sólo para dilucidar si los votantes repiten sus preferencias o cambian de caballo, especialmente los frustrados votantes de izquierdas. Ya veremos si la disposición de un formidable aparato mediático público y concertado será suficiente para que Sánchez venda bien su relato impostado y falaz de víctima de la intransigencia ajena. Como ha dicho un desolado portavoz del PNV, las elecciones las carga el diablo.