La avería del ascensor social - Carlos Martínez Gorriarán

Hoy se oye a menudo que casi todos los partidos son en alguna medida socialdemócratas: defensores del Estado de bienestar, paternalistas e intervencionistas (y también derrochadores y recaudadores insaciables de impuestos). La gran mayoría de nuestra sociedad se identifica con la política del llamado “centro izquierda”, que no es otra cosa que socialdemocracia moderada. En España, es un dato reiterado por todas las encuestas del CIS. Y en Europa es imposible ganar elecciones si no se promete defender de una u otra manera el Estado de bienestar y los sistemas de seguridad social, sea con nuevos impuestos a las rentas más altas o expulsando a los emigrantes, entre otras propuestas descerebradas.

Los socialdemócratas parecen incapaces de retener a su electorado tradicional y de incorporar nuevos electores. Y no es porque no lo hayan intentado de todas las formas posibles, incluyendo la revisión ideológica

Ahora bien, si la opinión pública se ha socialdemocratizado, ¿qué les pasa a los partidos socialistas? Los socialdemócratas parecen incapaces de retener a su electorado tradicional y de incorporar nuevos electores. Y no es porque no lo hayan intentado de todas las formas posibles, incluyendo la revisión ideológica. Tony Blair ganó al conservador John Major en 1997 con su Nuevo Laborismo, inspirado en la “Tercera Vía”  del sociólogo Anthony Giddens. Podía resumirse en principios simples como “trabajo para los que puedan trabajar”, “seguridad para aquellos que no pueden” y “se acabó la cultura de recibir algo a cambio de nada”, rompiendo con la imagen de partido clientelar que compraba votos a cambio de subsidios, achacada al viejo laborismo. Tuvo un éxito indudable pero temporal; acabó agotándose en diez años de gobiernos Blair.

En España la historia es algo distinta. El PSOE experimentó varias derrotas tras su crisis del fin de la edad de oro (y corrupción) del felipismo, hasta que la coincidencia del atentado del 11M en Madrid, y sobre todo la reacción de la opinión pública a favor del “no a la guerra” (consigna que culpabilizaba al gobierno de Aznar), le devolvió al poder con un candidato muy cercano al populismo actual, José Luis Rodríguez Zapatero. No tiene mucho o nada que ver con el caso del laborismo británico, pero comparte el fenómeno de la necesidad de cambiar de imagen y mensaje para superar el desgaste del tradicional. Por desgracia para España, el mensaje zapaterista no versaba de trabajo, igualdad de oportunidades y fin a los abusos de los subsidios. Más bien lo contrario. Se podía resumir en “comprensión y alianza con los nacionalistas”, “subvenciones para todo” y “romper con la derecha”.

Según puso de relieve con desgarradora crudeza la crisis financiera internacional de 2008, el PSOE carecía de otra política que la de subsidiar a los leales mediante el crecimiento del gasto público

Según puso de relieve con desgarradora crudeza la crisis financiera internacional de 2008, el PSOE carecía de otra política que la de subsidiar a los leales mediante el crecimiento del gasto público: primas ilimitadas a las energías renovables, a la minería del carbón, al PER andaluz y extremeño, a los cineastas y la “cultura progresista”, a la construcción de lujosas infraestructuras superfluas (AVE, aeropuertos, autopistas…). Una política completamente inviable en una depresión económica que mermó los ingresos públicos y aumentó el gasto asistencial. Zapatero fue incapaz de enfrentar el desafío con algo más que negacionismo disparatado, propuestas pueriles –como prohibir la crisis por ley– y vacua retórica izquierdista. Como era de prever, tras dejar al país al borde de la bancarrota e iniciar la senda de los recortes, Zapatero perdió estrepitosamente las elecciones de 2011. Pero el PSOE no fue el único partido socialdemócrata al que la crisis pilló desprevenido y sin ideas, y aquí no vamos a ocuparnos de sus avatares. Quién desee profundizar en la intrahistoria de su decadencia encontrará un relato sustancial en este artículo reciente de Rosa Díez.

La crisis se ha llevado por delante al PASOK griego, al PSF francés y al PvdA holandés, y dejado muy tocados al PSD alemán y al laborismo inglés

La decadencia simultanea de ideas y apoyo electoral no es ni mucho menos un caso particular del PSOE. La crisis se ha llevado por delante al PASOK griego, al PSF francés y al PvdA holandés, y dejado muy tocados al PSD alemán y al laborismo inglés. Finalmente, los populistas han ido invadiendo su espacio electoral gracias, entre otras cosas, a la tendencia socialista a competir con el populismo asumiendo su discurso: democracia participativa “auténtica”, frente contra la derecha, anticapitalismo sin alternativas y nacionalismo económico. Es un error estratégico evidente, pues el “efecto fotocopia” siempre beneficia al original, pero no por eso es menos reiterado: Renzi se jugó su futuro a un plebiscito personal típicamente populista, y perdió.

Morir de éxito

No se trata de un problema de “comunicación política con su base electoral”, simplemente, esa base busca nuevos refugios

¿Es un bache pasajero o una tendencia histórica? Los socialdemócratas han probado todo tipo de maniobras y giros a izquierda y derecha, ideológicos y retóricos, sin conseguir resultados mejores o empeorando los anteriores. Así que, contra el mantra de moda, no se trata de un problema de “comunicación política con su base electoral”. Simplemente, esa base busca nuevos refugios. Parece que la socialdemocracia atraviesa un proceso similar al del liberalismo clásico en torno a la I Guerra Mundial: la lenta deriva a fuerza política marginal. Y probablemente por una razón muy parecida: el éxito histórico. Una hermosa paradoja.

La democracia moderna es básicamente una construcción liberal: democracia representativa, separación de poderes, contrapesos institucionales, Estado de Derecho, igualdad jurídica y libertad económica. Hasta cierto punto y con todos los matices que se quieran ser demócrata equivale hoy a ser liberal, pero por eso mismo definirse como liberal no proporciona una identidad política definida. Eso explica que partidos rotundamente antiliberales, de extrema derecha como el FPÖ de Austria, hayan podido maquillarse con esa prestigiosa vitola histórica. O que en la propia España, patria del concepto, se presenten como “liberales” tanto políticos corruptos del PP como conservadores extremistas.

La democracia moderna tiene bases liberales en su arquitectura constitucional, y bases socialdemócratas para su Estado de bienestar

En su caso, la socialdemocracia ha sido la principal impulsora del llamado “Estado de bienestar”. No la creadora, pues éste debe mucho a conservadores lúcidos como Bismarck, conscientes de que las monstruosas desigualdades de la revolución industrial conducirían a la revolución si el Estado no proporcionaba cierta protección social, como asistencia sanitaria y pensiones de jubilación (aquí un buen artículo de Esperanza Fernández sobre el origen de la seguridad social en España).   En resumen, la democracia moderna, tal como se ha entendido y practicado en Europa, otros países occidentales y en Japón, tiene bases liberales en su arquitectura constitucional, y bases socialdemócratas para su Estado de bienestar. Semejante éxito tiene un precio, el de que definirse como liberal o socialdemócrata haya ido perdiendo un significado nítido y distintivo.

El problema actual es que la sociedad y los modelos productivos han cambiado profundamente, y en buena parte gracias al éxito de la socialdemocracia. Su edad de oro sobrevino con el fin de la II Guerra Mundial y el enorme impulso económico necesario para la reconstrucción. La izquierda reformista fue elegida para dirigirla, como comprobó muy a su pesar Winston Churchill cuando en 1945 los británicos votaron a los laboristas. Con la excepción relativa del sur de Europa, los socialdemócratas se convirtieron en la fuerza hegemónica de la izquierda europea. E incluso el potente Partido Comunista italiano acabó resignándose, para gobernar algún día, a adoptar la socialdemocracia inventando el eurocomunismo, pero resultó ser un estadio de transición a la marginalidad antes que una maniobra genial.

La reconstrucción de Europa generó una sociedad de clase media, transformación que acabó con el paisaje social de extrema desigualdad donde había florecido el viejo movimiento socialista obrero. El ascenso social generalizado acabó con el proletariado sin eliminar a la burguesía. Por otra parte, el auge de la innovación, la productividad y la economía de servicios hizo que los trabajadores industriales disminuyeran de número mientras ingresaban en la clase media. En poco más de dos generaciones, familias de inmigrantes del campo se convertían en urbanitas con un buen empleo o un próspero negocio, los hijos de los obreros podían ir a la universidad, las mujeres iban logrando igualdad efectiva, se extendió la secularización religiosa y la tolerancia ética, y la revolución social quedó eclipsada por la revolución cultural y sexual. En España es un proceso de cambio sociocultural profundo y veloz que hemos vivido prácticamente todos los mayores de 50 años. Desde un punto de vista histórico, ha sido un cambio revolucionario muy positivo.

Viejas recetas para nuevos problemas

Es innegable que el Estado de bienestar tiene un precio: muchos impuestos y mucho gasto público. Es soportable si el Estado funciona, los servicios prestados son buenos y la política aparece razonablemente limpia de corrupción. Pero además necesita un crecimiento económico constante y cuentas públicas sostenibles. Bastante antes de la crisis financiera internacional de 2008 muchos países europeos mantuvieron su expansión del gasto incrementando deuda y déficit público. Resultó además que la peculiar adopción del euro privó a muchos miembros de la Unión Europea del margen de maniobra que da la moneda nacional (por ejemplo, devaluar en periodo de crisis), pero sin el colchón de un sistema fiscal federal como el de Estados Unidos, que puede rescatar a sus Estados en dificultades con fondos federales.

Durante la crisis de 2008, el alto coste relativo del Estado de bienestar y la inexistencia de un Plan B al sistema tradicional de crecimiento y endeudamiento se convirtió en una pesadilla en los países del sur de Europa, más débiles y más debilitados por la inexistencia de un sistema fiscal europeo que transfiera rentas a los países necesitados y mutualizara deuda con eurobonos o algo parecido. La incapacidad del Estado para garantizar las llamadas -con no poca rimbombancia- “conquistas sociales”, identificó a la socialdemocracia con el paro, el despilfarro y la corrupción (por cierto, la triple acusación con la que Aznar expulsó al PSOE del gobierno… ya en 1996). La alianza entre socialdemocracia y nueva clase media llegó a su fin.

La socialdemocracia no tenía receta alguna de salida de la crisis distinta a la del malhadado FMI: el “ajuste fiscal” para sanear las cuentas públicas al precio de más desigualdad social

De repente, sin que nadie cualificado ofreciera una buena explicación, los logros de asistencia social entendidos como derechos sagrados resultaban concesiones supeditadas a razones superiores de política fiscal. No es baladí recordar que sólo en España el rescate de las Cajas de Ahorro arruinadas por la gestión corrupta -obra de todos los viejos partidos, sindicatos y patronales- multiplicó varias veces el monto de los recortes en sanidad, educación y otros capítulos, que podrían haberse evitado sin esa catástrofe político-financiera: más de 75.000 millones € frente a 15.000 millones € en recortes. En pleno naufragio, los socialdemócratas no han ofrecido otros salvavidas que la resignación, la espera de tiempos mejores o la protesta sectaria. El hecho es que la socialdemocracia no tenía receta alguna de salida de la crisis distinta a la del malhadado FMI: el “ajuste fiscal” para sanear las cuentas públicas al precio de más desigualdad social.

El nuevo mundo de la inseguridad social

La crisis financiera de 2008 coincidió (escapa a mi capacidad decir si fue causada por o sólo una concurrencia casual) con dos fenómenos de largo y profundo alcance: la globalización y la cuarta revolución industrial.

La crisis debió servir de acicate para que la UE decidiera convertirse de una vez en una imaginativa federación de Estados en lugar del híbrido actual

La globalización no es otra cosa que un grado de interdependencia y comunicación entre los países sin precedentes. Reclama políticas que muchas veces superan las posibilidades de países pequeños y medianos. Por eso la crisis debió servir de acicate para que la UE decidiera convertirse de una vez en una imaginativa federación de Estados en lugar del híbrido actual: un club de gobiernos, un mercado común y una vasta burocracia tecnocrática con escaso control público. Pero los gobiernos, urgidos por sus opiniones públicas, adoptaron la dirección contraria: el encierro nacional, la inculpación de Europa y la tentación del proteccionismo a la que, por ejemplo, sucumbió Gran Bretaña con el Brexit. Bruselas obligó a los más débiles o frágiles al desmantelamiento parcial del Estado de bienestar, por ejemplo a Grecia sin que el éxito electoral del populismo de Syriza lograra impedirlo. El refugio en la tentación nacionalista de alzar nuevas fronteras que dejen fuera a los nuevos riesgos sólo ha servido para dejar en evidencia la falta de ideas de la vieja política y beneficiar al discurso populista del miedo.

Respecto a la llamada Cuarta Revolución Industrial, a diferencia de las precedentes está presente en la práctica totalidad del planeta. Y Cuarta Revolución industrial significa no sólo impresoras 3D que van a cambiar la producción industrial de un modo impensable, no sólo smartphones cada vez más sofisticados e informática omnipresente, sino el declive del trabajo industrial tradicional, e incluso del valor económico de muchos empleos que parecían muy sólidos, incluyendo la “proletarización” de viejas profesiones antaño tan respetadas como la de arquitecto, ingeniero o dentista. Todos los cambios de sistema productivo producen incertidumbre y cambios sociales, y este no va a ser la excepción.

La parte positiva es la aparición de nuevas industrias y empleos ligados a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), pero eso no significa que los desempleados de cierta edad o sin cierta preparación vayan a lograr beneficiarse de las nuevas oportunidades. Y debido a los masivos movimientos migratorios, la pérdida del mundo laboral y profesional creado en la posguerra, inseparable del Estado de bienestar, coincide con la instauración de sociedades multiculturales en grandes metrópolis.

Quizás la consecuencia de estos cambios más letal para la socialdemocracia haya sido la avería del ascensor social

Quizás la consecuencia de estos cambios más letal para la socialdemocracia haya sido la avería del ascensor social. Aunque no pueda garantizarse por ley, en las sociedades desarrolladas se daba por hecho, y por derecho, que los hijos vivirían mejor que sus padres. El ascensor social había convertido a los emigrantes del campo en obreros, a sus hijos en clase media, y a sus nietos universitarios en… ¿qué exactamente? Ya no hay ninguna seguridad razonable de que la pérdida de empleo, la precariedad laboral, el paro de larga duración y los bajos salarios en muchos empleos no conviertan en mera ilusión la esperanza de mejorar la calidad de vida. No hay ninguna garantía de que valores como el esfuerzo, el ahorro o la laboriosidad sirvan para mucho en las democracias desarrolladas.

Estamos ante el muy turbador mundo globalizado de la competencia creciente, la cooperación en crisis y la inseguridad social 

Así las cosas, es posible que un titulado universitario viva muchos años peor que sus padres, sean trabajadores industriales o dependientes de comercio, y es casi seguro que, si se carece de suficiente formación (los ni-ni), se caerá en la marginalidad laboral. También es muy fácil que un emigrante llegado de un país remoto consiga hacerse con empleos o negocios antes reservados a los nativos. Es el muy turbador mundo globalizado de la competencia creciente, la cooperación en crisis y la inseguridad social. Quien rechace que sea un cambio sin vuelta atrás y aliente la ilusión de que el pasado de las seguridades sociales volverá en unos pocos años, como suelen hacer los políticos de casi todos los signos, quien diga que no aprecia los riesgos actuales, es que éstos le dan exactamente igual o sencillamente no entiende nada.

Pero tratar de contener las transformaciones tecnológicas, económicas y socio-laborales de esta revolución mundial en marcha con vagas promesas y políticas defensivas de repliegue nacional es tan acertado como tratar de combatir el cambio climático poniendo más fuerte el aire acondicionado. Lo que necesitamos es un nuevo pensamiento crítico ocupado en cómo sacar beneficios de las nuevas oportunidades y cómo minimizar los daños sociales para las personas y grupos más vulnerables. Pero ni la socialdemocracia ni el conservadurismo, ni menos aún el populismo en sus diversas corrientes, han demostrado ser capaces de alumbrar esa nueva manera de pensar. En su día Marx definió una revolución como el tránsito entre lo viejo que no acaba de morir y lo nuevo que no acaba de nacer, y no es mala descripción para el momento actual. Entre otras cosas, porque no podemos contar demasiado con lo viejo agonizante, incluyendo la socialdemocracia, para crear con inteligencia ese algo nuevo que no acaba de nacer: una política eficaz diferente para un mundo difícil y diferente.

 

3 Comentarios

  1. Hola Carlos. Muy interesante conjunto de reflexiones. Ayer leía una entrevista en la revista Clarín (agosto 2103) a Manuel Castells como siempre denso pero muy estimulante. Creo que algunas de sus afirmaciones pueden ser útiles como comentario al artículo. Entre las muchas enseñanzas de la crisis económica de 2008, cabe señalar como tú haces la creciente desigualdad en los países desarrollados. Tengo pendiente al menos una contribución al Asterisco sobre las causas de este hecho. El hecho es que los ciudadanos de estos países perciben que ya no es cierto que si uno vale y trabaja tiene sus oportunidades de progreso social. Que el Estado y el sistema de partidos políticos no están evitando que el 1 % de la población tenga más del 25% de la riqueza por ejemplo en USA. Esto supone el fallo del ascensor social y que el mayor conflicto social es la brecha entre pobres y ricos de la que surge la idea de la confrontación del 99% contra el 1%.

    Del desacuerdo de las ideas que sustentan los movimientos sociales con la práctica política surge el desencanto de los ciudadanos respecto a sus representantes. Tienes razón: No se trata de un problema de “comunicación política con su base electoral simplemente, esa base busca nuevos refugios”. Permíteme cambiar refugios por ideas para entender mejor el alance de las afirmaciones que cito literalmente de M.Castell:
    «Los movimientos sociales no buscan tomar el poder. Cuando lo intentan se vuelven movimientos políticos revolucionarios que son otra cosa. El movimiento social busca cambios en las mentes de las personas y en las categorías culturales de la sociedad. Lo peor que puede hacer un movimiento social es transformarse en lo mismo que combate. Conquistar el poder para hacer más o menos lo mismo, como ocurre con la social democracia, sepulta la legitimidad del proyecto. La idea de que si no se llega al poder se le hace el juego a los que están en el poder es histórica y empíricamente incorrecta. Todos los movimientos sociales terminan siendo cooptados o destruidos. Nunca ganan como movimientos sociales».

    Termino con una posible conclusión: La percepción de los ciudadanos de que se ha roto el ascensor social y es necesaria una revisión del contrato social, conlleva nuevas ideas y propuestas que la social democracia no aporta. Porque la secuencia es: movimiento social con nuevas ideas, puesta en marcha por las opciones políticas, saturación de estas, nuevos movimientos sociales, nuevas opciones políticas o tal vez nuevas formas representación política. ¿En esa secuencia cuál sería la base de ese nuevo contrato social?

  2. Hola Cesareo. Coincido en que los movimientos sociales son importantes en momentos de cirsis como éste y que no deben convertirse en lo que no son (como hizo con absoluto oportunismo Podemos con el 15M), pero tampoco iremos muy lejos si esos movimientos sociales no tienen ideas alternativas a las gastadas. Por otra parte, las nuevas ideas tardan en abrirse paso y más aún si son rechazadas por el establishment porque ponen en peligro sus privilegios oligárquicos, como bien sabemos los de UPyD. En España, casi toda la legislación económica, fiscal y laboral de los últimos decenios se ha hecho para proteger un sistema productivo caduco. Echo de menos ideas interesantes y realistas, no meros cantos de sirena antisistema, que sean útiles para salir del atolladero del crecimiento de la desigualdad social y de oportunidades, que es el núcleo del problema. Tenemos que ponernos manos a la obra: a estudiar, observar y a pensar!