A veces madre, siempre madrastra, Meritocracia - Alfredo Rodríguez

Decía un noble castellano, a punto de ser decapitado por el rey al que había servido que “… Castilla face a los omes e los gasta”. En el siglo XIV ya se encumbraba tan rápido como se olvidaba a los servidores del Estado. La ingratitud es seguramente una de las características más constantes a lo largo de nuestra historia. Nada más desolador que comparar la forma de recordar y premiar a quienes se han distinguido a su servicio en España y en los principales países europeos. Y en este caso los gobernantes no son sino el espejo de los gobernados: pocos pueblos más desagradecidos y olvidadizos que el español.

La comparación con nuestra gran rival durante siglos, Inglaterra, resulta terrible en este aspecto. Quien visite Stratford upon Avon encontrará la tumba, cuidada y llena de flores de Shakespeare. Los españoles, en cambio, hemos perdido los restos de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca o Velázquez y tenemos dudas sobre los de Colón, Hernán Cortés o el propio Quevedo.

La frialdad de las salas desnudas son el eco de la frialdad y desmemoria del pueblo al que sirvieron

La Abadía de Westminster está consagrada a la memoria de los más importantes  músicos, poetas y científicos de la historia inglesa junto con decenas de servidores públicos, de todo rango y condición. No cabe comparación con el triste Panteón de Hombres Ilustres de Atocha que sirve de magro recuerdo de algunos de nuestros prohombres del siglo XIX y XX. La dejadez de los monumentos funerarios de Cánovas, Sagasta, Dato, Mendizábal, Canalejas y tantos otros; su ubicación casi clandestina y su descuidado aspecto provocan la decepción y el sonrojo de los escasos visitantes. Ni una flor, ni una bandera, nada. Solo la frialdad de las salas desnudas que son el eco de la frialdad y desmemoria del pueblo al que sirvieron, algunos hasta con su vida.

Pero esta falta de reconocimiento, esta dejadez no solo se aplica a figuras del pasado. Hoy en día damos ese mismo a personajes ilustres y a anónimos servidores públicos. La entrega del Toisón de Oro al presidente Suárez, cuando ya no era capaz de recordar ni al rey que se lo daba ni el motivo por el que lo hacía, es el perfecto ejemplo. Nuestra Casa Real ha sido desde la restauración de 1978 muy cicatera en el reconocimiento del mérito de los ciudadanos. Al llegar al trono Juan Carlos I, con buen criterio, evitó restablecer la corte de sus antepasados, con sus complicadas ceremonias. Ni era el momento adecuado, ni el país lo aceptaría. Esa modernización de la institución fue una acertada decisión, pero no debería haber obstaculizado la existencia de formas de premiar a aquellas personas que sirven con lealtad y eficacia al Estado.

El rey emérito apenas creó unos pocos títulos nobiliarios a lo largo de su reinado y ese criterio lo mantiene Felipe VI. Quizás debiera valorarse si es una política acertada o contribuye a un alejamiento de las élites intelectuales de la institución. ¿No debería ser reconocida la excelencia en la cultura, la ciencia, el arte, el comercio, la industria o el deporte con un  título? No solo sería un reconocimiento individual sino un mensaje para el conjunto de la sociedad y una forma de legado para el futuro. Estos son los mejores de esta época, los aristócratas de hoy.

Los más iconoclastas artistas acaban arrodillados ante su soberana y convertidos en caballeros del Imperio

En el Reino Unido este tipo de distinciones premian el mérito y crean un vínculo entre la Corona y los ciudadanos que saben que su sacrificio va a ser reconocido por su país, a través de la figura de su máximo representante. Para un británico no hay mayor honor que la reina le conceda una distinción, desde la más sencilla a la más alta. Cada año se reúnen en Londres cientos de personas que son distinguidas por la soberana en una ceremonia que representa un hito en la vida de cada una de ellas. Incluso los más iconoclastas artistas, con valores muy alejados de los tradicionales que parecen consustanciales a la monarquía acaban arrodillados ante su soberana y convertidos en caballeros del Imperio, aunque lleven el pelo de colores o piercing en la nariz.

Y no solo ocurre en las monarquías. La República Francesa concede la Legión de Honor a aquellas personalidades distinguidas en el servicio a Francia. En 2016 había más de 90.000 personas vivas que formaban parte de esta orden, incluidas personalidades extranjeras y se calcula que desde su creación por Napoleón más de un millón han sido distinguidas con ellas.

Cultivar la meritocracia y premiar el esfuerzo es el primer paso para que cada uno de los ciudadanos se sienta convocado a trabajar por el bien común

Cultivar la meritocracia y premiar el esfuerzo es el primer paso para que cada uno de los ciudadanos se sienta convocado a trabajar por el bien común, con el orgullo individual del trabajo bien hecho, pero también con el aplauso de la sociedad. Hace muchos años, en Oviedo escuché a Severo Ochoa hablar de patriotismo con la emoción de quien había vuelto a su tierra después de muchos años de exilio. Y ese patriotismo, tan propio de la generación de la República, nos obligaba, en su opinión, a esforzarnos en distinguirnos en nuestra profesión con la idea de que prestábamos el mejor servicio a la patria. Nuestro Nobel reconocía la emoción que sentía cuando leía un trabajo científico de un español o coincidía con un compatriota en algún congreso internacional. Para él, su trabajo hacía avanzar el conocimiento para toda la humanidad, pero servía también para reivindicar a su país. Fomentar este tipo de mentalidad en el cuerpo social debiera ser una prioridad para un Estado moderno y ambicioso, orgulloso de su pasado y del presente de sus mejores ciudadanos y preocupado por su futuro.

España cuenta con un sistema de distinciones similar a los de Francia o Inglaterra. Incluso mucho más antiguo y respetable. Desde el título de Grandeza de España al Toisón de Oro, probablemente la más famosa y mítica de las órdenes de caballería, o las diferentes órdenes civiles como las de Carlos III, Alfonso X el Sabio o Isabel la Católica. El problema no es por tanto que no se disponga del instrumento adecuado sino que no se usa o se reserva casi en exclusiva para su uso protocolario con jefes de Estado o de gobierno extranjeros que visitan España o para altas autoridades españolas. Apenas hay ciudadanos comunes entre los distinguidos y cuando lo están apenas tiene repercusión en la sociedad.

Premiar el mérito, reconocer el esfuerzo, no debería limitarse solo a quienes triunfan en competiciones deportivas o ganan premios literarios. Debería servir también para reconocer al funcionario que durante años sirve con su trabajo al Estado, al médico que alcanza notoriedad dentro de su especialidad, al maestro que dedica su vida a la enseñanza, al empresario que crea trabajo y prosperidad. A los más destacados de esa mayoría anónima y silenciosa que cada mañana pone su esfuerzo para mejorar el país. Ojalá cada uno de ellos pudiera lucir orgulloso en su solapa la medalla que reconoce su desempeño o el honor concedido en su tarjeta de visita. Significaría que, por fin, España reconoce el mérito pero también que esa distinción tiene un valor social apreciado.

Ojalá tuviéramos una sociedad así porque quizás hayamos dado el primer paso para apreciar la experiencia adquirida durante los años de servicio. Es imprescindible en un país en el que una persona por encima de los cincuenta años tiene enormes dificultades para encontrar un puesto de trabajo y es apartado casi automáticamente en los procesos de selección. Sería una gran noticia en una sociedad que desprecia la experiencia y la formación que se adquiere con los años. Una esperanza para un pueblo que casi siempre se comporta como una madrastra para sus hijos y casi nunca como una madre cariñosa.

Una nación que sigue, en definitiva, faciendo omes y gastándolos.