A los leones - Andres Herzog

El nuevo circo romano de la política

 

Vivimos una época convulsa, en la que se suceden los acontecimientos a una velocidad vertiginosa y se superponen unos a otros sin casi tiempo para procesarlos. La dimisión de la que fue presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, parece que fue hace siglos y resulta que ocurrió hace un par de meses. Desde entonces hemos tenido una avalancha de sucesiones o destituciones, inclusive las de las dos máximas instituciones del Estado: El Presidente del Gobierno y el Seleccionador Nacional de Fútbol. Nunca fue la memoria tan efímera ni tan cierto aquello de que ninguno somos imprescindibles, hagamos lo que hagamos.

Siempre la humanidad se ha deleitado con el espectáculo de ver cabezas rodando, y no es casualidad que la Revolución Francesa, el hito que marcó el inicio de la Edad Contemporánea, tenga en la guillotina su máximo exponente, cuyos creadores la justificaron en su día como la mejor forma de garantizar el principio de igualdad y humanidad (cero padecimientos) en el último trance, y que se utilizó a destajo en espectáculo públicos, en los que nunca faltó un nutrido grupo de espectadores.

Cambian los tiempos, pero la naturaleza humana permanece, así que hoy en día sigue habiendo una verdadera pasión en pedir dimisiones, sólo equiparable al furor en exigir autocrítica a otros y dar lecciones morales

Cambian los tiempos, pero la naturaleza humana permanece, así que hoy en día sigue habiendo una verdadera pasión en pedir dimisiones, sólo equiparable al furor en exigir autocrítica a otros y dar lecciones morales. Ya hace tiempo que, afortunadamente, nos libramos de los sermones de los obispos, pero lejos de desaparecer sus admoniciones morales se han multiplicado hasta el infinito, y la jerarquía eclesiástica ha sido sustituida por los nuevos popes de la moralidad pública, los Marhuenda, Escolar, Inda y restantes “estrellas” del firmamento tertuliano que rugen desde sus púlpitos quién tiene y no tiene que dimitir o pedir perdón por tal cosa y tal otra, levantando o bajando pulgares, que marcan la diferencia entre los leones o la salvación. Lo mismo pasa, por cierto, en otros ámbitos, inundados de un nuevo puritanismo (disfrazado de una supuestamente moderna doctrina de género, por ejemplo), que casi me hacen añorar las épocas en las que el monopolio del pecado y la redención lo tenían la Iglesia Católica.

Nuestra ética pública es pura fachada

Esa misma gente que ruge porque un ministro ha sufrido una regularización fiscal por no declarar adecuadamente sus ingresos en su declaración anual del IRPF piensa que es perfectamente admisible saltarse la Constitución

El primer impulso que tiene uno, de natural bienpensado, es creer que nuestra sociedad ha elevado sus estándares éticos y morales y que lo que antes se toleraba (especialmente a nuestros representantes públicos) ya no se admite. Pero la verdad es que, si uno lo piensa bien, cuesta creerlo, pues esa misma gente que ruge porque un ministro ha sufrido una regularización fiscal por no declarar adecuadamente sus ingresos en su declaración anual del IRPF piensa que es perfectamente admisible saltarse la Constitución, ley suprema sobre la que se cimienta la democracia, o tolera (e incluso jalea) a nacionalistas xenófobos, a partidos financiados por regímenes totalitarios, a políticos que mienten abiertamente para alcanzar el poder y luego para mantenerlo, a tránsfugas, a políticos que abiertamente defienden o negocian con terroristas o incluso la corrupción política, si es de los propios y con una buena causa.

Se da con ello la paradoja de que en nuestra sociedad actual de la posverdad, el relativismo y la hipocresía, causa mucho más revuelo e indignación (por supuesto fingida) la manipulación de un título académico o el plagio de una tesis, la falta de cotización de una empleada doméstica o la imposición de una sanción administrativa (cosas que hemos podido cometer gran parte de los ciudadanos) que la más abyecta de las corrupciones morales, como la que personificó esta pasada semana nuestro Presidente Pedro Sánchez arrodillándose ante Rufián (y humillándonos a todos los españoles) en el propio Congreso de los Diputados, cuando tuvo la desfachatez de culpar del golpe de Estado y la ruptura de la convivencia en Cataluña al anterior Gobierno de España del PP.

¿De verdad puede creer alguien seriamente que han mejorado nuestros estándares éticos como sociedad?

El objetivo es simplemente el entretenimiento del pueblo, capaz de ensalzar o encumbrar a una persona con la misma fuerza o energía con que lo humilla o arrastra por el fango la semana siguiente

No sé Uds. pero mi impresión es que, en realidad, a la gente se la trae bastante al pairo la deontología y la ética pública y que, en su mayor parte, todo se reduce al puro espectáculo, a una nueva versión actualizada del circo romano, en el que el objetivo es simplemente el entretenimiento del pueblo, capaz de ensalzar o encumbrar a una persona con la misma fuerza o energía con que lo humilla o arrastra por el fango la semana siguiente, liderado por un periodismo ávido de sensacionalismo, especialmente si se trata de destruir al político de encaja en la hoja de ruta que le marcan sus dueños. Y lo mismo ocurre en otros ámbitos, desgraciadamente. En realidad poco o nada nos importan los dramas humanos de los migrantes, como le oí quejarse el otro día a un periodista, que criticaba que su periódico le ponía todo tipo de pegas para publicar noticias sobre esta cuestión, excepto cuando el asunto se convierte en show televisivo, como la performance del barco Aquarius, que consiguió reunir en una misma dársena a más políticos y periodistas que migrantes.

¿Y qué políticos queremos? Los bárbaros a las puertas

Es cierto que renegamos de la vieja política de la impunidad y la falta de rendición de cuentas y difícilmente podemos seguir tolerando por más tiempo nuestro tradicional caciquismo local (todavía hoy muy vivo en las regiones nacionalistas, por cierto). Pero saber lo que uno no quiere no implica conocer lo que realmente quiere o necesita. Y la realidad es que no sabemos qué políticos queremos.

Queremos políticos jóvenes, pero que tengan la suficiente experiencia para no cometer ni un solo error, que jamás les perdonaremos. Queremos políticos no profesionales, pero si se les ocurre, en un arrebato de sinceridad, decir lo que piensan (que muchas veces coincide con lo que todos pensamos y decimos en privado), les crucificaremos sin remisión (todavía recuerdo a mi jefa de prensa diciéndome, con razón, que dejara de contestar a lo que me preguntaban los periodistas si quería seguir vivo en el mundo de la política). Queremos políticos preparados y honrados a carta cabal (mucho más que nosotros, curiosamente), pero no estamos dispuestos a pagarles más allá del salario medio (o mejor aún, el salario mínimo). No queremos que sean políticos profesionales, pero sí que tengan una vida profesional previa a la política, aunque nunca lo suficientemente exitosa como para haber acumulado más dinero del tolerado por nuestra naturaleza envidiosa. Y, por supuesto, nada más llegar a la política rebuscaremos debajo de las alfombras hasta descubrir si tuvieron el más mínimo encontronazo con Hacienda, la Seguridad Social o cualquier administración pública (nada extraño para quien haya sido autónomo o emprendedor y no asalariado).

Queremos que nuestros políticos implanten en sus partidos una verdadera democracia interna, pero una vez hecho no les perdonaremos que afloren las discrepancias en el seno del partido, que serán interpretadas y explotadas como la evidencia de la falta de unidad y ruptura. Todo ello será aireado públicamente, mezclado con todo tipo de cuestiones personales, ajenas a la vida pública, provocando que cada día sea más difícil encontrar a un ciudadano que quiera someterse a tal escrutinio, más cercano muchas veces al puro aquelarre, carente del más mínimo interés general.

No sabemos lo que queremos y hemos perdido la esperanza en el sistema, así que lo único que exigimos es que, mientras tanto, nos diviertan

No sabemos lo que queremos y hemos perdido la esperanza en el sistema, así que lo único que exigimos es que, mientras tanto, nos diviertan, aunque ello sea a costa de deteriorar cada día un poco más nuestra maltrecha democracia, hasta que como pasó en el circo romano, nuestras risas y el jolgorio festivo no nos permitan escuchar el murmullo de los bárbaros a las puertas de nuestra decadente sociedad.