Seis falacias populistas - Carlos M Gorriarán

La tibia condena a Artur Mas de dos años de inhabilitación y una multa menor por la celebración del referéndum ilegal del 9N ha provocado las previsibles protestas indignadas de nacionalistas y populistas, dos especies políticas emparentadas. En palabras de Pablo Iglesias, “nadie debería ser condenado por poner urnas”. Tales protestas se basan en la premisa de que las urnas son sagradas y ponerlas para votar el acto más democrático que imaginarse pueda; por el contrario, prohibir cualquier votación sería siempre un acto radicalmente antidemocrático.

¿Cómo se llega a convertir la llamada “fiesta de la democracia” en tentativa de golpe de Estado, como en Cataluña?

Este argumento goza de gran predicamento. Su punto de partida es que la democracia auténtica no es otra cosa que votar todo, mientras lo demás, es decir el Estado de Derecho, la separación de poderes, las instituciones políticas o el sistema constitucional con sus derechos y obligaciones básicas, son algo completamente secundario en comparación con el acto de votar. Partiendo de aquí también se da por demostrado que el Estado de Derecho, la separación de poderes o el sistema constitucional con sus garantías legales pueden ser no ya cambiados –que por supuesto pueden serlo-, sino suspendidos de facto por una votación popular. Paradójicamente, el hecho de votar pasa de ser un instrumento de la democracia a una forma de suspender la democracia. ¿Cómo se llega a convertir la llamada “fiesta de la democracia” en un estado de excepción o en tentativa de golpe de Estado, como en Cataluña?

Ante todo, por la concepción del plebiscito o referéndum como la más alta forma de democracia “real” y como un acto de soberanía sin límite alguno. Por ejemplo, no habría límites para cambiar de régimen mediante un autogolpe de Estado como el perpetrado por Napoleón III en 1851 al convocar y ganar un plebiscito para convertir la II República francesa, que él mismo presidía, en su III Imperio. Francisco Franco hizo algo parecido al convertir su dictadura militar imprecisa en una monarquía mediante el referéndum de 1947. Todavía más extremo fue el empleo del plebiscito para derogar las libertades básicas que hizo Adolf Hitler al recabar y obtener por vía de referéndum la aprobación popular a sus aspiraciones totalitarias el 19 de agosto de 1934. Los ejemplos del empleo de las urnas para acabar con la democracia o suspenderla son abundantes.

Es más que dudoso que los padres de la Constitución buscaran cambiar un Rey soberano con poder ilimitado por un Pueblo soberano igualmente despótico.

Es cierto que la idea de la soberanía ilimitada de la votación popular parece apoyada por algunas definiciones muy populares de democracia, como la de “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, o el célebre principio liberal revolucionario de que “la soberanía reside en la nación”. Se obvia sin embargo que la fórmula “gobierno del pueblo por y para el pueblo” significaba que la nueva democracia, a diferencia de la monarquía absoluta y la vieja oligarquía, pretendía incluir en el gobierno al mayor número posible de ciudadanos (“el gobierno de muchos”, en palabras de Pericles hace 2.500 años). Del mismo modo, situar en la nación la soberanía era el modo de expresar la cancelación de la monarquía absolutista de Luis XVI o Fernando VII. Pero es más que dudoso que los padres de la Constitución de Estados Unidos, los de la Revolución Francesa o los de las Cortes de Cádiz, buscaran cambiar un Rey soberano con poder ilimitado por un Pueblo soberano igualmente despótico.

El apoyo a los políticos golpistas catalanes parte de la sacralización del plebiscito como el máximo acto democrático, incluso si el objetivo del voto es la liquidación de la democracia, como es el caso. En el régimen plebiscitario las libertades de iniciativa, expresión y reunión se convierten en precarias y quedan amenazadas por el estado de excepción permanente del “pueblo soberano” capaz de cambiarlo todo –tus derechos, tus obligaciones, tu ciudadanía- en una sola votación.

1 ¡El pueblo manda!

Si se quiere decir que la mayoría toma las decisiones es correcto, pero sólo en los temas en que la mayoría pueda decidir según la Constitución. La mayoría no puede decidir nada sobre derechos individuales básicos, como tener la nacionalidad o ciudadanía de un país y cambiarla por otra no solicitada. Los derechos básicos, es decir los conocidos por Derechos Humanos más aquellos que reconozca cada Constitución democrática, están blindados frente al abuso del poder de la mayoría –la demagogia- por la prohibición de someterlos a plebiscito: no se pueden votar. Porque la democracia es, entre otras cosas, un sistema para proteger a las personas de abusos del poder como privarles de nacionalidad, imponerles otra o hacerles apátridas.

2 El pueblo siempre tiene razón

Si se quiere decir que se deben aceptar los resultados electorales por desdichados que sean –como el Brexit o la victoria de Trump- nada hay que oponer… siempre que se traten de elecciones legales. Pero si se trata de conceder a esa entidad colectiva llamada “el pueblo” una razón superior capacitada para derogar la legalidad constitucional y el Estado de Derecho –como pretenden los referéndums de independencia catalanes o cualquier otro similar-, estamos pura y simplemente ante un golpe de Estado a la democracia perpetrado en nombre de una multitud sin rostro. Es más, el pueblo no puede tener ni dejar de tener razón porque la racionalidad es un atributo individual. En unas elecciones sólo se decide quién ha ganado, no quién tiene razón.

3 Los individuos deben hacer lo que diga la mayoría

Si se trata de respetar los resultados electorales o la decisión de un referéndum legal, tampoco hay mucho que oponer salvo algo esencial: el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad de iniciativa. Aceptar una decisión mayoritaria no significa compartirla ni hacerla propia. En el referéndum sobre el matrimonio homosexual convocado en California en 2008, un buen ejemplo de plebiscito populista, ganaron los partidarios del no, pero ese resultado no pudo invocarse para que las parejas afectadas dejaran de estar casadas (el matrimonio fue legal durante los cinco meses previos) o para impedirles luchar por una ley favorable (el Supremo restableció después la legalidad del matrimonio abolido por la mayoría de California). Lo único que cabe exigir a los individuos es que respeten las leyes, precisamente el respeto que pretende derogar el régimen plebiscitario en nombre del poder ilimitado de la mayoría.

4 La mayoría puede imponer sus reglas a las minorías

La democracia se basa en la fluctuación constante de mayorías y minorías. Hoy estás en mayoría en algo y mañana no, y viceversa. Y para defenderse, la democracia tiene una regla de oro: el respeto debido a todas las minorías que respeten las leyes. No sólo porque la minoría de hoy pudiera ser la mayoría de mañana, sino porque permitir a una mayoría temporal agredir o aplastar a una minoría cualquiera en nombre de que tal mayoría es “el pueblo” equivale de hecho a la supresión de la democracia, sistema que –hay que insistir- no es una tiranía ilimitada de un pueblo soberano, sino un sistema de garantías para proteger derechos básicos de individuos y minorías temporales.

5 Si algo no se ha votado, no es democrático

Esta es quizá la cantinela favorita del populismo extremo. En sus dos versiones de derecha e izquierda, no tan diferentes más allá de la retórica favorita y la imagen publicitaria, o bien se vota absolutamente todo, desde los jueces y jefes de policía hasta la última ley y norma (como propugna la democracia digital que confunde votar algo con saber de algo), o bien se pasa a no votar prácticamente nada porque, como obtuvieron todos los dictadores plebiscitarios, el pueblo cede graciosamente su soberanía a un nuevo tirano o a un partido único que decide por ellos. Aunque resulte chocante, hay que repetir sin aburrirse que la democracia como es debido garantiza que principios como los derechos personales básicos o la independencia de la justicia no puedan votarse nunca y en ningún caso.

6 Si algo se ha votado, sí es democrático

Ya nos hemos referido a que aceptar esta falacia conduce a considerar democráticos los asesinatos plebiscitarios de la democracia –y valorar a Franco, para no buscar más lejos, un líder democrático puesto que celebró dos referéndums-, y a considerar antidemocráticas las normas que protegen de la demagogia y el golpe de Estado plebiscitario los principios fundamentales de la democracia, esto es: libertades e igualdad ante la ley, separación de poderes, Estado de Derecho y obligatoriedad de respetar las leyes aprobadas democráticamente (y de cambiarlas por el mismo procedimiento).

No tenemos que cansarnos de repetir que el principal peligro que enfrenta hoy la democracia en los países más avanzados no es otro que el abandono de sus principios, la renuncia a defender y mejorar sus ideales, y la tolerancia intelectual (y judicial) de argumentos nocivos (y actos delictivos) como los de Artur Mas y Pablo Iglesias. Y menos aún cansarnos de tomar la iniciativa para explicar y defender principios tan sencillos como los arriba expuestos.

 

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Profesor de Filosofía de la UPV-EHU. Cofundador de Basta Ya y UPyD, Escritor y diputado nacional de 2011 a 2016.

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