Moción de Censura - Yolanda Larrea

En la Antigua Grecia existían filósofos que marcaban la vida ateniense con sus famosas enseñanzas. Ilustraban, por ser fiel a sus palabras, en el arte práctico del buen gobierno. Algunos en concreto alcanzaron gran repercusión, y se coronaron como los siete sabios. Hoy en día personajes de la política -por políticos, ya que hablamos de orígenes griegos, entiendo otra cosa- bien podrían ocupar estos lugares destacados. A saberse: Iglesias, Irene Montero, Domènech, Errejón, Monedero, Garzón, y el incombustible Sánchez. Resulta que también en la Antigua Grecia, este tipo de pensadores eran considerados sofistas, por su facilidad para enseñar el dominio de la persuasión en la vida pública y política de la polis. Pero si algo les pasa a los sofistas, es que, según pasa el tiempo, son mal valorados por parte de la sociedad, al ser considerados embaucadores y, expertos, eso sí, en lucrarse con el arte de la demagogia.

Nuestra polis sufre en estos tiempos una crisis política, social y de valores de preocupante proyección. Atravesada por la corrupción y sin un proyecto de país futuro, nos quedan, cómo no, nuestros sofistas. Iglesias marcó la agenda política con una moción de censura que ha colocado su nombre en la historia política de España. Irene transmite concienzuda y miméticamente sus palabras, gestos y designios, proyectando que la práctica de la sophia también se da entre ellos. Y Garzón… Garzón, como dice la canción, piensa que es libre mientras arrastra su soga al cuello. Todo ello con un objetivo electoral de una formación cuya popularidad son conscientes de que es tendente a ser inversamente proporcional a la recuperación o, por lo menos, normalización de la vida de la sociedad civil española.

Si hay algo imperdonable en Podemos, es su continuo utilitarismo y tergiversación de la palabra ‘democracia’

Pero es que, si hay algo que tienen de sofistas en el sentido más peyorativo del término, es que mienten. Mienten y hacen partícipe a la gente de algo que se ha de dirimir única y exclusivamente en el Congreso de los Diputados. Ellos publicitan su hazaña como moción del pueblo. Y no es solo que no exista tal cosa en la Constitución española, sino que transmiten su mentira con urgencia en las calles, y sobre todo con un fervor democrático que no intenta sino conseguir el sentimiento de pertenencia y relevancia de la masa. Conducción de almas, que decían los griegos. Una forma de hacer pueblo -y votos- del partido de Iglesias que solo se erige importante sobre el papel de la campaña de comunicación política de los morados. Kant, en una de sus frases más memorables de cuyo contenido ni Rivera ni Iglesias podrán nunca acordarse, afirmaba que “el ser humano no puede valorarse solo como medio, sino como fin en sí mismo”. Y es que, si hay algo imperdonable en Podemos, es su continuo utilitarismo y tergiversación de la palabra ‘democracia’.

No estamos ante más democracia, sino ante una época de alarmante debilidad democrática, de populismos que, por lo menos en sus idearios teóricos, no son nuevos. En la Europa del Este con la Unión Soviética también se hablaba de democracias. Eran, sin embargo, democracias populares, no reales. “España es mejor que la representación que tenemos en las Instituciones”, repite Iglesias, en una especie de bifurcación (anti)político-pueblo. Hacer pseudopolítica odiando la política. Malear la democracia para deslegitimar, para diluir un Parlamento que la sociedad ya decidió.

Hace unos días decía respecto a la moción de censura que “la democracia no se puede resignar”.   

El partido de Iglesias es consciente de la carga valorativa positiva que ejerce este término. Él mismo reconocía, con su democratización lingüística habitual,  que “la palabra democracia mola, por lo tanto habrá que disputársela al enemigo”. Y no solo lo ha hecho, sino que la ha ganado. Hace unos días decía respecto a la moción de censura que “la democracia no se puede resignar”. Como si ésta, personificada hasta la degeneración, llorase por las esquinas de Sol al comprobar que los votos de los ‘confluidos’ valen lo mismo que los de los demás. Es así. Lo piensan. Créanme que lo piensan.  Esta democracia solo tiene corazón y vida si la ejercitan ellos. Esta democracia sí es participativa, porque solo se participa si es con ellos. Y no habrá Señor, algo más antidemocrático -y asquerosamente obsceno- que el yo egótico del político que vende democracia y vomita odio sobre el más mínimo síntoma de pluralismo.

A Iglesias se le achacó en muchas ocasiones el uso de las técnicas comunicativas de Goebbels. El ministro de propaganda del Tercer Reich no es más que deudor de las técnicas de Edward L. Bernays y Harold Lasswell.  El primero es el creador del famoso libro ‘Propaganda’ y el segundo puso de relieve una muy utilizada técnica de persuasión de las masas: la aguja hipodérmica. Inyectar una idea corta, convincente, que cale, penetre y dirija a la opinión pública. “Hay que echarlos” reza el spot propagandístico de Podemos. Del bar a la plaza. Como si ellos no fuesen políticos. Como si no ejerciesen una profesión de la cual se lucrasen como todos los demás. La moción, por si quedaba alguna duda, era ciudadana. Diga lo que diga la ley más democrática. Los sofistas, como decía Píndaro, unos charlatanes.

Ante un Partido Socialista desangrado por su total polarización, la moción de censura es una vuelta de tuerca al 15M que les está saliendo a la perfección 

Nos hemos encontrado ante una moción de censura que si llega a tener el verdadero objetivo de exigir responsabilidad política al Gobierno, hubiese esperado a la resolución de las primarias socialistas. Nada más lejos de la realidad. Podemos exige el fin de un Gobierno cuyo partido está marcado por la corrupción, pero pretenden gobernar con un PSOE que, si algo tiene, son casos de corrupción. La doble vara de la “moción ciudadana”. Asimismo, ante un Partido Socialista desangrado por su total polarización, dicha moción es una vuelta de tuerca al 15M que les está saliendo a la perfección. Es la pieza última del puzle. Uno de los principales objetivos que se marcaron cuando irrumpieron en el escenario político del país: la ‘pasokización’ de un PSOE ya muy debilitado. Soltaron su veneno cuya forma era el Divide et vinces, y cuyo fondo, de raigambre conductista, era la obligatoria reacción emocional de la sociedad española ante todo aquello que no huela al puritanismo de la izquierda. Sánchez, que a leguas se advertía sin altura política ni compromiso de partido, hizo el resto, y su partido, entre los militantes y los votantes, escogió a los militantes. Era, sin ninguna duda, la coronación sofista.

 

Compartir
Colaboradora habitual en latribunadelpaisvasco.com