PSOE - Ramón Marcos

La crisis del PSOE es la crisis de un modelo histórico de hacer política: la socialdemocracia. Decía Isaiah Berlin que los cambios de modelo en la historia son los cambios del pensamiento humano. Esos cambios se pueden deducir de las palabras y las acciones de las personas y de los agentes a lo largo de la historia. Para un partido político sus acciones son sus políticas y sus principales hitos sus resultados electorales. Analizar los del PSOE ayudará a tener el transfondo y el contraste necesarios para entender su crítica situación presente.

En 1977, con poco más de 5 millones de votos, se convirtió en el principal partido de la oposición y fue clave en la legislatura constituyente

El PSOE en el año 1977, en las primeras elecciones democráticas, tuvo poco más de 5 millones de votos, un 29,32%, y 118 diputados de 350. Este resultado le convirtió en el principal partido de la oposición y fue clave en esa legislatura constituyente para la redacción de la actual Constitución y el asentamiento de la democracia en España. Casi 40 años después, el PSOE ha vuelto a tener unos 5 millones de votos, un 22,67%, y 85 diputados, pero a duras penas mantiene la condición de principal partido de la oposición acosado por Podemos, que le sigue a la zaga también con más de 5 millones de votos, un 21%, y 71 diputados, y se ha visto alejado de las decisiones que se adoptan en España.

La primera legislatura socialista se centró en asentar las instituciones democráticas en España, incorporarla a las instituciones Europeas y desarrollar su exiguo estado del bienestar

En el año 1982, después de una importante crisis del sistema de partidos inicial de la transición, el PSOE consiguió ganar las elecciones con más de 10 millones de votos, el 48,11%, y 202 diputados. Su acción política fundamental en esa primera legislatura de sus gobiernos se centró en asentar las instituciones democráticas en España, incorporarla a las instituciones Europeas y desarrollar su exiguo estado del bienestar. Se aprobaron nuevas leyes educativas que extendieron la enseñanza, y se abrieron cientos de centros educativos; se creó el sistema nacional de salud; se reformó el sistema de pensiones mejorándolo, lo que permitió garantizar el más importante sistema de transferencia de rentas de nuestro país entre territorios y generaciones. También, se perfeccionó el sistema fiscal, haciéndolo más redistributivo para poder financiar esas reformas. Al tiempo, se continuó con la transformación y modernización del sistema productivo —reconversiones—, que venía produciéndose con fuerza desde la década anterior: cayó la tasa de actividad en el sector agrícola, que a principio de los ochenta era casi del 20%, al 10%; se redujo el empleo en el sector industrial (3%) y se modificó su composición; sin embargo, la actividad se acrecentó en el sector servicios y se aceleró la terciarización de la economía española; las mujeres continuaron con su incorporación al trabajo y su rápida mejora en los niveles de escolarización. Se incrementó la inversión publica en infraestructuras y se iniciaron los planes de transformación urbana de consuno con los nuevos ayuntamientos democráticos. Por otra parte, se reformó el ejercito, se asentaron las comunidades autónomas y se consolidaron con más o menos éxito las reformas de otras instituciones. Además, se ingresó en las Comunidades Europeas (actual UE) y se consolidó nuestra presencia en otras organizaciones internacionales que configuraban lo que entonces se llamaba Occidente.

Este plan típicamente socialdemócrata: estado del bienestar, redistribución fiscal, inversiones públicas en infraestructuras, igualdad hombre-mujer, régimen democrático y alianzas internacionales occidentales consiguió de nuevo el apoyo en las elecciones de 1986 con casi 9 millones de votos, el 44.06%, y 184 diputados. Sin embargo, pronto empezó a mostrar costuras. La transformación de los sectores productivos, acelerada con la entrada en las Comunidades Europeas, hizo que se mantuvieran parecidos niveles de ocupación pero que se generara mucho paro, como consecuencia del incrementado la población. Esos cambios provocaron un gran descenso de la actividad y ocupación de los varones mayores de 55 años —de 48% en 1976 al 25,90% en 1990— y también de la de los de 16 a 19 años, aunque en este caso más por la ampliación de su escolarización. También las mujeres vieron reducida su tasa de ocupación en esas edades, aunque en menor medida. No obstante, ellas a diferencia de los hombres vieron aumentar el empleo en las edades entre 25 y 54 años. Esta realidad laboral no permitía  percibir a muchos jóvenes españoles, que encadenaban contratos temporales y bajos salarios, los beneficios del crecimiento económico. Asimismo, una vez conseguida la ampliación de los servicios públicos esenciales, empezaron a mostrarse sus defectos de funcionamiento, lo que irritaba a una población que se había vuelto más exigente. De la misma manera, los sectores emergentes exigían un proceso modernizador aún más rápido y huir de la retórica paternalista que muchas veces destilaba el gobierno socialista. Además, varios de los altos cargos socialitas adoptaron formas de vida arrogantes que casaban malamente con las políticas que decían defender. Todo ello, condujo, al final de esa legislatura, en diciembre de 1988, a la huelga general más exitosa de la reciente historia de España, que paralizó el país.

El consenso en torno a las tradicionales políticas socialdemócratas empezaba a resquebrajarse en España, en parte, por su éxito y, en parte, por su insuficiencia en un mundo que tras la caída del bloque soviético entraba en un profundo cambio de modelo histórico.

La crisis económica de finales de 1992 supuso que el PSOE aceptara explícitamente nuevas formas políticas que venían de la revolución neoliberal

A pesar de ese distanciamiento, en las elecciones de 1989, el PSOE logró por poco los 8 millones de votos, el 39,60%, y 175 diputados. Seguramente influyó en ese resultado la rectificación que hizo retirando la propuesta de empleo joven y  dando un paso más en el estado del bienestar al crear las llamadas prestaciones no contributivas. Poco duro la dicha. La crisis económica de finales de 1992, tras los fastos olímpicos y sevillanos, unida a una grave crisis monetaria europea, que incrementó potentemente el desempleo, sobre todo en el sector de la población más joven, condujo a adoptar políticas de recortes sociales —reducción de la prestación de desempleo, entre otras— por primera vez. Supuso también que el PSOE aceptara explícitamente las nuevas formas políticas que venían de la revolución neoliberal, que se estaba imponiendo en el mundo occidental: reducción del gasto público, recortes sociales, privatizaciones de las empresas del sector público, incremento de la flexibilización laboral, entre otras.

Después de la derrota de 1996 el PSOE terminó de enterrar el horizonte socialdemócrata, optando por convertirse en los defensores de las llamadas políticas de reconocimiento

Esas políticas de transición entre el clásico modelos socialdemócrata y el “nuevo” socialismo se hicieron todavía más evidentes después de su nueva victoria en junio de 1993, en unas elecciones anticipadas, en las que se quedó en 159 diputados y que estuvo a punto de ganar el PP. Una legislatura agónica, salpicada de graves casos de corrupción, obligó al PSOE a volver a adelantar las elecciones en 1996, que perdió. Se quedó en 141 diputados y el 37,63% de los votos. Eso sí, su derrota fue mucho menor de lo previsto —tuvo casi 9,5 millones de votos—tras realizar Felipe González una compaña electoral en la que como defendió unos agotados, pero aún con gancho, valores socialdemócratas. Después de la derrota, el partido quedó postrado en una crisis de liderazgo. Sus debates se enzarzaron en el sistema de elección de los líderes: primarias. En sus proyectos políticos terminaron de enterrar el horizonte socialdemócrata. Consideraron que ya estaba realizado,  que no era diferenciador del PP, que los había asumido parcialmente, y que el mundo pedía nuevas políticas: tercera vía. Optaron por convertirse, al estilo de otros partidos de la izquierda occidental, en los defensores de las llamadas políticas de reconocimiento, que consistían básicamente en renunciar a garantizar la igualdad económica y de oportunidades, para centrarse en políticas sectoriales de igualdad dirigidas a grupos concretos: minorías sexuales, lingüísticas, regionales, mujeres,  etc. También tontearon ligeramente con la llamada tercera vía de Tony Blair, pero sin profundizar.

En las elecciones del año 2000, se quedaron por debajo de los 8 millones de votos (34,16%) y 125 diputados. Almunia dimitió y Zapatero fue elegido Secretario General. Justo al tiempo, a principios de esa década entró China en el Organización Mundial de Comercio; empezó a funcionar el euro; y se produjo el 11-S. Todos ellos relevantes acontecimientos que marcarían el actual presente. Pues bien, el nuevo PSOE no terminó de ser consciente de las consecuencias que implicarían esos nuevos hechos. Siguió apostando por las políticas de reconocimiento como elemento diferenciador del PP, a las que sumó un fuerte antiamericanismo para diferenciarse del apoyo de Aznar a la errónea guerra de Irak. Y hay que reconocer que no le fue mal en términos de poder. Fue suficiente para que, unidas a las graves equivocaciones del PP, el PSOE ganará las elecciones en marzo de 2004 con más de 11 millones de votos, un 42,59%, y 164 diputados.

En esa legislatura, el PSOE tomará como primera medida la retirada de las tropas de Irak, enfrentándose a Estados Unidos en una acción muy mediática. A lo largo de ella, aprobará el matrimonio homosexual, el divorcio expres, la regularización de inmigrantes —que hay que reconocer fue muy efectiva—, la ley contra la violencia de genero y la reforma del Estatuto de Cataluña, tras un disolvente debate sobre lo que es una nación. Del mismo modo iniciará los acuerdos con ETA, que pretendían, al igual que en Cataluña, conceder privilegios y poder a cambio, en este caso, de que la organización terrorista dejará de matar.

Con el gobierno de Zapatero, más allá de cambios cosméticos, mantuvieron las políticas económicas del PP facilitadas por el dinero fácil que venía de fuera por la política monetaria europea

Sin embargo, en el apartado económico se mantuvieron, más allá de cambios cosméticos, en las políticas del PP facilitadas por el dinero fácil que venía de fuera por la política monetaria europea. Un dinero que se redirigió desde las entidades de crédito controladas por los gobiernos autonómicos hacia el sector de la construcción. Mientras, sin embargo, disminuyó aún más el peso del sector industrial en el PIB y en el empleo y el impulso del sector servicios se centró demasiado en el turismo y en otros servicios de baja productividad. El rápido crecimiento económico produjo un incremento sostenido del empleo y la ocupación, pero nada se hizo en el mercado de trabajo, manteniéndose la dualidad laboral que tanto perjudicaba  a los jóvenes y a la productividad de nuestras empresas. Por otra parte, esa política continuista, consolidó las direcciones politizadas de la mayoría de las empresas privatizadas por el PP. Como contrapunto positivo, la internacionalización de la economía española también continúo en varios casos con gran éxito con empresas como Inditex.

Las políticas sociales, tampoco fueron el centro de sus reformas. No hubo sustanciales modificaciones, más allá de una subfinanciada Ley de dependencia.  Por otra parte, se fracasó en educación. Perduró el elevado abandono escolar temprano, por encima del 30%, con comunidades como Murcia, Andalucía, Extremadura, Canarias, Valencia, Baleares y Canarias por encima del 35%, y se acrecentó la distancia con la media de la UE. Como recoge el estudio de Juan Carlos Ballesteros Guerra, esto ocasionó una grave descompensación, que todavía existe aunque más atenuada, entre los niveles académicos de la población española respecto de la UE y la OCDE. A 2011, una mayoría (46%) solo alcanza la formación básica y dobla los datos de la UE; por otro lado el déficit formativo de la población española se nota especialmente en los niveles intermedios y técnicos (segundo nivel ESO, Bachillerato y FP) donde es la mitad (22%) de los jóvenes de la UE (48%). En cambio, en educación superior España (con un porcentaje de 32%) se coloca prácticamente a la par que los países de su entorno UE (29%). También se ignoran parte de los fallos de equidad en el sistema nacional de salud derivados de las transferencias hechas a las comunidades a principios de la década del 2000.

Las elecciones de 2008 las volvió a ganar el PSOE con más de 11 millones de votos (43,87%) y 169 diputados. Pero ese éxito pronto se le atragantó ya que llegó la crisis económica internacional mostró todas la debilidades de nuestro país y la falta de proyecto real que había tenido el PSOE, como otros partidos socialistas en toda Europa, para afrontar la realidad internacional. Habían aceptado el modelo neoliberal de financiarización de la economía; habían renunciado a resolver los reales problemas educativos en España; habían obviado los problemas de desigualdad que se podían derivar de la apertura de los mercados a China; habían aceptado una política monetaria europea que llevó la deuda privada española a niveles superiores al 200% de su PIB; habían mantenido un sistema laboral injusto que lastra la productividad empresarial; y habían renunciado a hacer reformas institucionales en el régimen del 78, que por momentos se estaba mostrando completamente agotado y corroído por la corrupción.

Tras ganar las elecciones del 2008 el PSOE se vio incapaz  de gestionar la crisis internacional porque carecía de ideas y pensamientos que le llevaran ordenadamente a la acción

Todos estos problemas se mostraron agriamente con la crisis, que aun los agravó. El PSOE se vio incapaz de gestionarla, porque carecía de ideas y pensamientos que le llevaran ordenadamente a la acción. Fue tomando medidas según los vientos internacionales, hasta que en mayo de 2010 se vio obligado a recortar salarios, pensiones e iniciar una política de austeridad, de flexibilización laboral y reforma del sistema de pensiones impuesta desde la UE y Alemania. La extrema debilidad que tenía España, en gran parte por las erróneas políticas anteriores y la falta de un proyecto transformador real en la época de las vacas gordas, hizo que la caída fuera muy dura. Sucumbió la ocupación, que bajo de los 18 millones y el desempleo franqueó los 5 millones a finales de 2011. Los salarios también disminuyeron. Millones de españoles vieron empeorar sus condiciones de vida. Aumentaron las desigualdades y la pobreza sobre todo entre los más jóvenes y en las familias con hijos. España con sus sistema bancario quebrado y corrupto estuvo a punto de ser intervenida por la UE. Por si no fuera poco, se sumó un trascendente problema de cohesión territorial con el inició del embate independentista en Cataluña, al que sus posiciones previas sobre la nación y la ciudadanía habían dado alas y justificado, rompiendo los imprescindibles lazos de solidaridad y cohesión para salir de la crisis juntos y no bajo el paradigma de sálvese quien pueda, que beneficia a las personas y las regiones más poderosas.

Las elecciones de 2011 fueron un castigo al PSOE. Se quedó en 7 millones de votos (28,76%) y 110 diputados. Durante esa legislatura volvió a los problemas de liderazgo. Rubalcaba pugnó con Chacón. Pero fue Pedro Sánchez quien, después del fracaso de las europeas de 2014, se presentó como candidato interpuesto de Susana Díaz y acabó siendo elegido Secretario General.

Más allá de golpes de imagen vacíos ese PSOE continúo plano ante los nuevos retos. Estaba totalmente perdido. Con Zapatero había hecho una política de reconocimiento de minorías y grupos sociales pero había dejado de lado propuestas para afrontar los verdaderos problemas del país: incremento de las desigualdades sociales, pérdida del nivel de vida de una parte muy importante de la población, empeoramiento de los servicios públicos, perdida de la competitividad económica, bajo nivel educativo relativo, disminución de la cohesión interna —independentismo—, política europea dañina para los intereses españoles, pérdida del nivel de seguridad de España en el mundo, falta de expectativas razonables para los sectores jóvenes emergentes en España, ausencia de reformas institucionales y lucha contra la corrupción.

En las elecciones del 2015, el PSOE se quedó en 5,5 millones de votos (22,01%) y 90 diputados, seguido muy de cerca por Podemos. En esa corta legislatura, en la que no pudo hacerse gobierno, el PSOE se dedicó simplemente a dar bandazos entre Ciudadanos y Podemos para conseguir el poder.

Las opciones tras la derrota de 2016 eran la pelea entre dos grupos de la élite del PSOE por sus cuotas de poder

En 2016, como decíamos al principio, tuvo el peor resultado desde la reinstauración de la democracia, quedándose con 75 escaños. Este resultado les llevó otra vez a una crisis interna sobre qué posición adoptar: un gobierno con Podemos y los nacionalistas, inclinándose hacia el populismo y la ruptura de la cohesión interna o permitir un gobierno del PP para mantener el marco del sistema del 78. En ninguno de los dos casos las opciones respondían a un conjunto de ideas y propuestas propias. En el fondo, era la pelea entre dos grupos de la élite del PSOE por sus cuotas de poder. Finalmente, la pelea la ha ganado Pedro Sánchez con su propuesta de confusión del PSOE en las posiciones populistas y nacionalistas, que es la que mayoritariamente han apoyado los afiliados.

Esta historia del PSOE muestra el paso de la clásica política socialdemócrata a las políticas del reconocimiento, ajena a los problemas sociales subyacentes. Ese viraje y la incapacidad de entender los cambios de modelo que estaba ocurriendo en el mundo hizo que el PSOE no fuera capaz de dar una respuesta política que reconectara las élites con la gente de este país para dar mayor cohesión y prosperidad en un mundo abierto y con una Europa en profundo cambio. Su actual posición tampoco parece que vaya por ese camino. Veremos en que queda pero eso será ya el futuro y este no es inevitable.

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Letrado de la Administración de la Seguridad Social