El horizonte del extremismo - Fernando Hoyos

Nos llegan por parte de unos y de otros mensajes de optimismo y alegría por la victoria de Macron y por la supuesta concatenación de derrotas electorales del populismo. Yo creo que se trata más bien de suspiros de alivio tras una sucesión de «por los pelos». Me explico.

Lo importante a mi juicio es que la extrema derecha se haya quedado a dos pasos de la presidencia de Francia

Evidentemente, que en Francia haya ganado Emmanuel Macron es una buena noticia. Sí, sí: el sistema, los bancos, el capital… todos nos sabemos ya la manida letanía que hay que utilizar para desacreditar al jovencísimo Presidente de la República, pero eso no quita para que sea fantástico que la extrema derecha se haya quedado –otra vez– a las puertas del Palacio del Elíseo. No voy a entrar en consideraciones sobre Macron en sí, porque me alejaría de lo que quiero abordar. Aquí lo importante a mi juicio es precisamente que la extrema derecha se haya quedado a dos pasos de la presidencia de Francia; y más importante aún es que no nos dejemos arrullar por el murmullo de unas aguas que están muy lejos de volver a su cauce.

Es verdaderamente aterrador que haya diez millones y medio de personas en Francia a las que, como mínimo, no les parecería tan terrible que Marine Le Pen les gobernara

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Marine Le Pen obtuvo más de diez millones y medio de votos. Diez millones y medio, c’est pas mal, quand même. Lo terrorífico no es que sea el mejor resultado electoral del Frente Nacional: lo verdaderamente aterrador es precisamente que haya diez millones y medio de personas en Francia a las que, como mínimo, no les parecería tan terrible que Marine Le Pen les gobernara. Y pavoroso ya sería caer en la ingenuidad de creer que, de aquí a cinco años, esos millones de personas –o más– no volverían a optar por la misma papeleta ante una tesitura semejante.  Y no hay que quedarse en Francia. Recordemos que hace bien poco se celebraron unos comicios en Países Bajos donde Geert Wilders, el primer espada del extremista Partido por la Libertad (PVV), obtuvo 1,3 millones de votos y fue la segunda fuerza más votada.

Parece también cosa de otro siglo, pero seguro que todavía recuerdan las elecciones presidenciales en Austria. Sí, hablo de aquellas cuya segunda vuelta hubo que repetir y en las que Norbert Hofer, el candidato del también extremista Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), se hizo con 2,1 millones de votos, a sólo 300.000 sufragios del vencedor, Alexander Van der Bellen –ese sí que fue un «por los pelos» como Dios manda–.

Este año quedan otras citas electorales relevantes, como las improvisadas elecciones en el Reino Unido y las que sin duda se improvisarán también en algún momento en Italia. Están también las alemanas, aunque realmente nadie teme que Alianza por Alemania (AfD) vaya a disputar el poder a Merkel: la cuestión es más si superará el umbral del 5% para entrar en el Bundestag –todo parece indicar que sí– y por cuánto.

Hay que ponerse serios y reconocer que algo grave está pasando, porque las elecciones se repiten cada x años

De todo esto habría que quedarse en mi opinión con la tendencia que se dibuja en Europa. Hay que ver qué es lo que hace que millones de personas voten sin reparos a movimientos abiertamente extremistas, y eso no se va a conseguir dándose palmadas en la espalda como si se hubiera defendido una tesis doctoral ante un tribunal: hay que ponerse serios y reconocer que algo grave está pasando. Y esto no lo digo por ser agorero, ¡qué va, ni mucho menos! Lo digo porque las elecciones se repiten cada x años. Y si bien es cierto que cuatro o cinco años son mucho tiempo en política, dudo sinceramente que esta perversa tendencia vaya a desaparecer a medio plazo.

Se impone una reflexión común y con la cabeza fría sobre los elementos que empujan a millones de personas a optar por movimientos extremistas y populistas. En este ejercicio debe participar todo el espectro político democrático y la sociedad civil, porque en la lucha contra el extremismo no caben las medias tintas.

Hace poco un amigo compartió un artículo de la plataforma Left Wing que se refería precisamente a eso: «(…) la idea de que, después de haber visto el debate entre Le Pen y Macron, parte de la izquierda europea pueda haber tenido siquiera la tentación de inclinarse por la líder del Frente Nacional es una novedad que da qué pensar. Porque en ese estudio de televisión quedó claro como nunca antes (…) que, más que de un enfrentamiento entre dos líneas políticas opuestas, de lo que se trataba era de un enfrentamiento entre modernidad y antimodernidad, entre razón y fanatismo, entre ilustración e irracionalidad».

La tibieza con la que algunos políticos de la izquierda se han posicionado en la segunda vuelta de las elecciones francesas da escalofríos

Efectivamente, la tibieza con la que algunos políticos de la izquierda –franceses y no franceses– se han posicionado en la segunda vuelta de las elecciones francesas da escalofríos –por no decir arcadas– y debería hacer que más de uno reflexionara. Aunque tal vez no debería sorprendernos tanto, porque al ver el duelo televisivo entre los dos candidatos salta a la vista que la retórica facilona empleada por Le Pen para atacar con agresividad –y simpleza– a Macron es tremendamente parecida a la que usan muchos políticos de nuevo y viejo cuño de la izquierda.

Que nadie se equivoque: seguimos en un punto crítico, y aquí no valen ni la equidistancia ni la complacencia. Hay grandes sectores de la población que están tremendamente desencantados y que se sienten huérfanos. No políticamente, sino huérfanos de un Estado y un sistema que no da respuesta a los problemas que les aquejan y a las cuestiones que les preocupan. Eso es un caldo de cultivo idóneo para que los movimientos extremistas de cualquier color político se arraiguen con la fuerza de la que sólo el miedo, el odio y la palabrería barata son capaces. Si esto no hace que espabilemos, no sé qué lo hará.