Desigualdad - Jesús Quijano

Existe una impresión bastante extendida según la cual las épocas de crisis son propicias para la desigualdad. Y es muy probable que, más que una impresión, tal circunstancia sea una verdadera constatación, comprobable con acreditadas metodologías de análisis científico, tanto de la economía como de la sociedad en la respectiva evolución histórica.

Factores muy diversos contribuyen sin duda a esa especie de ola creciente que termina haciendo que, tras una crisis prolongada, quienes más tienen sigan teniendo más y quienes menos tienen resulten aún más empobrecidos. Seguro que un examen profundo de las causas requeriría de un estudio amplio, teniendo en cuenta además que el fenómeno tiene dimensión universal, lo que obsta para ilustrar la envergadura de la desigualdad con algunos datos perfectamente contrastados.

Un informe reciente afirmaba que ocho personas, esas que ocupan los ocho primeros lugares en el ranking de las más grandes fortunas, poseían la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad

Un informe reciente de una organización rigurosa, como creo que lo es la ONG Oxfam, afirmaba que ocho personas, esas que ocupan los ocho primeros lugares en el ranking de las más grandes fortunas, poseían la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad, tramo de población en el que se sitúan unos tres mil seiscientos millones personas. El contraste es tan abrumador, que la mera comparación de la cifra produce escándalo. A veces ocurre que las cifras estadísticas dificultad la percepción real de un problema; se comparan números con cierta frialdad, sin caer en la cuenta de la cantidad de drama que hay detrás y olvidando que tales números son personas que padecen hambre, frío, enfermedad, incultura, etc. Sin embargo, el dato expuesto llama tanto la atención que impresiona incluso como dato estadístico, aún antes de entenderlo como dato revelador de una realidad lamentable e injusta. Ocho personas en un plato de la balanza frente a tres mil seiscientos millones en el otro; ocho personas frente a cientos de países enteros. Verdaderamente escalofriante.

Hay países donde la retribución del director de cualquier empresa de las que cotizan en las respectivas bolsas de valores es superior al salario anual acumulado de diez mil trabajadores de alguna de esas empresas

Proseguía el estudio desglosando algunos datos parciales: hay países en los que el hombre más rico gana en un día una cantidad equivalente a la que ganará el hombre más pobre durante diez años; pero, además, aquél verá incrementada su riqueza de manera automática, simplemente por el beneficio que genera la rentabilidad de lo que ya posee, mientras que éste necesitaría trabajar intensamente durante todo ese tiempo. También hay países donde la retribución del director de cualquier empresa de las que cotizan en las respectivas bolsas de valores es superior al salario anual acumulado de diez mil trabajadores de alguna de esas empresas. Por cierto, que las diez empresas más grandes del mundo suman una facturación superior a los ingresos presupuestarios de ciento ochenta países; y, si miramos las consecuencias de que una gran parte de los beneficios emigre sistemáticamente a paraísos fiscales, encontraremos que los países de procedencia pierden al año más de cien mil millones de dólares de recursos, siendo, como son, los países más necesitados.

Si esos datos se analizan con perspectiva temporal, se comprueba fácilmente que en estos últimos años, los años de la crisis más aguda, la tendencia ha ido a peor en cuanto a incremento de la desigualdad

Hay muchos más datos en el informe; pero no quiero simplemente abrumar. Me importa destacar dos cosas: la primera, que si esos datos se analizan con perspectiva temporal, se comprueba fácilmente que en estos últimos años, los años de la crisis más aguda, la tendencia ha ido a peor en cuanto a incremento de la desigualdad. Casi todo ha jugado a favor de tal tendencia: la globalización ha facilitado los movimientos financieros a conveniencia, de un lado para otro; las políticas de austeridad, con aumento tributario creciente para las clases medias y descenso también creciente del gasto social para las clases desfavorecidas, también han contribuido; incluso la prolongación temporal de la crisis ha favorecido las transferencias patrimoniales de quienes se empobrecían hacía quienes disponían de capital especulativo, con lo que se enriquecían aún más. En fin, lo dicho: las épocas de crisis, lejos de igualar en la desgracia, lo que hacen es multiplicar la desgracia de muchos a la vez que la felicidad de unos pocos, suponiendo que la creciente acumulación de riqueza aumente la felicidad, conclusión que está por demostrar, como es bien sabido.

Lo otro que importa destacar, más allá de las causas, se refiere a los efectos y a los remedios. Dicen los expertos que el futuro de la humanidad está seriamente amenazado por tres riesgos principales: los crecientes peligros medioambientales, con cambios climáticos y alteraciones de la naturaleza ya muy perceptibles; la creciente polarización social, con fenómenos de radicalización y fanatismo violento bien apreciables; la creciente desigualdad económica, con consecuencias migratorias, sociales y culturales igual de evidentes. Seguramente es así, aunque humildemente creo que no son riesgos escindibles entre sí, o ni siquiera son riesgos; en buena parte son ya siniestros y, si miramos con atención lo que pasa en el mundo, la creciente desigualdad, en su secuencia histórica, está en el origen de todo lo demás.

No hay poderes de nivel suficiente para equilibrar la riqueza y la pobreza, y es una gran paradoja que en ese contexto de globalización universal estén proliferando los nacionalismos y los repliegues localistas

¿Remedios? Ojalá tuviera yo ese don, tan extendido actualmente, de la simplificación demagógica. Reducir a corto plazo la brecha de la desigualdad no es fácil. El mundo en que vivimos, y las tecnologías que manejamos, facilitan al máximo los movimientos de la economía a la vez que lastran las posibilidades de redistribución efectiva; no hay poderes de nivel suficiente para equilibrar la riqueza y la pobreza, y es una gran paradoja que en ese contexto de globalización universal estén proliferando los nacionalismos y los repliegues localistas, perfectamente ineficaces como reacción. Quizá el fortalecimiento de unidades supranacionales con capacidad de decisión pueda servir; quizá, en lo que nos afecta, la Unión Europea, con todos sus déficits, es todavía un buen instrumento; quizá también ayude que cada uno, cada país, trabaje por reducir la desigualdad dentro. Porque es relativamente sencillo escudarse en la dimensión general del problema, olvidando aquella sabia reflexión de Goethe: “si cada uno limpiara la puerta de su casa, toda la ciudad estaría limpia”. Ni más, ni menos.

 

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Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid