Deconstruir - Jesús Sánchez-Ferragut

Hasta hace casi un cuarto de hora, la palabra deconstruir no se utilizaba en nuestras vidas. He buscado en las dos ediciones del Diccionario de la lengua española de la Real Academia que tengo en mi casa: La vigésima primera edición, de 1992, y la vigésima segunda, de 2001. La palabra no aparece en aquella y sí en esta última, y por supuesto en la vigésima tercera edición de 2014, disponible en internet.

Deconstruir es palabra que ha tenido su momento de gloria, debido, fundamentalmente, a su utilización por los nuevos cocineros

Deconstruir es palabra que ha tenido su momento de gloria, debido, fundamentalmente, a su utilización por los nuevos cocineros, los “chef”, los mismos que mandan, como si se tratara de altos mandos de los ejércitos, en los fogones, sartenes y sofisticados utensilios de ingeniería restauradora, que ocupan las cocinas de los restaurantes caros y con muchas estrellas.

Se trata de una palabra que nos ha llegado a través del estómago, órgano de nuestro cuerpo mediterráneo, que no suele fallar como reclamo de muchas de nuestras atenciones diarias. Directo a la digestión y a la curiosidad gastronómica, hemos sido diana de cómo deconstruir un huevo frito o una tortilla de patatas, desbaratándolos, de manera que parezca que lo que comemos es algo nuevo, diferente.

En España, las digestiones son lentas. Preferimos tomar bicarbonato antes que renunciar a una contundente almuerzo. La palabra deconstruir no iba a ser menos, y la hemos digerido con cierta lentitud, pero con la ayuda de la alquimia de los inventores de nuevas palabras, al final la hemos procesado en nuestro intelecto. Ya hablamos de deconstruir en muchas situaciones de nuestras fatiguitas diarias. E incluso, deconstruimos sin usar la palabra, pues ya ha calado de tal forma, que, sin mencionarlo, usamos el vocablo, recientemente incorporado a nuestro lenguaje, para actuar e incluso explicar cosas.

Y aquí viene el nexo de unión con el título de este artículo, que pretende dar visibilidad a un hecho que, poco a poco, los operadores de las fábricas de “palabros”, y los divulgadores de las realidades parciales que nos quieren hacer ver cotidianamente, virtuales o no, están consiguiendo introducir en nuestras vidas, por la falsa puerta de la deconstrucción de conceptos no deconstruibles. Porque, como en las matemáticas que nos enseñaron desde pequeños, las cosas que no son homogéneas no se pueden sumar, y los números primos solo son divisibles por ellos mismos y por la unidad.

Podemos deconstruir el principio romano de justicia, y nos encontramos que uno de sus elementos es la honestidad

La Justicia es un concepto complejo, principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece, según nuestro Diccionario de la lengua española. Los romanos, es decir, la base de nuestra cultura jurídica, decían que además de dar a cada uno lo que le corresponde, hay que ser honesto, y no dañar a nadie. Con esos tres principios se formulaba la noción de Justicia.  Podemos deconstruir el principio romano de justicia, y nos encontramos que uno de sus elementos es la honestidad.

La honestidad, palabra altamente de moda, pese a que en el momento que vivimos, lo habitual es pasársela por alto, por no decir otra cosa, es vocablo recurrente casi a diario. Sobre todo en los círculos políticos. Se habla de que esto o aquello debe hacerse con honestidad. Que lo que se espera de alguien con algún poder de decisión debe ser un comportamiento honesto. Es tal el grado de utilización de la palabra, que hasta he oído hablar de “una música honesta”.

Pero en lo que no estoy tan de acuerdo es en darle a la palabra honestidad el valor de Justicia

La honestidad me parece un valor a recuperar en nuestra sociedad, en nuestras familias, y en nuestras relaciones personales. Y por supuesto, en nuestros dirigentes políticos, que farisean pronunciando la palabra honestidad, mientras nos ponen los cuernos con lo primero que se les pasa por la cabeza. Pero en lo que no estoy tan de acuerdo es en darle a la palabra honestidad el valor de Justicia, que como digo es un principio más complejo y vital para nuestra sociedad actual.

Hay situaciones, momentos, actitudes, acciones e incluso inacciones que tienen que ser justas, y no vale camuflarlas bajo el nombre de honestas, porque confunde malintencionadamente al personal.

Parece que hubiera un interés sibilino en socavar todo lo que huela a Justicia, quizá en última instancia porque hoy la Justicia conlleva legalidad, democracia y Estado de Derecho

Parece que hubiera un interés sibilino en socavar todo lo que huela a Justicia, quizá en última instancia porque hoy la Justicia conlleva legalidad, democracia y Estado de Derecho. Es curioso que populistas, nacionalistas, extremistas de todas formas y colores, y otras glorias que se cobijan hoy día en casa de cualquiera, huyen raudos del concepto de Justicia tal como en Occidente lo venimos entendiendo desde hace siglos. No engañemos, es decir, no seamos deshonestos, con aquellos a quienes podemos influenciar, tergiversando términos como el de honestidad, queriéndole dar un significado diferente del que tiene.

La honestidad no sustituye a la Justicia. Es parte de ella. No deconstruyamos la Justicia para inventar de nuevo lo que desde hace milenios está inventado: hay que vivir honestamente, hay que dar a cada uno lo que le corresponde y no hay que dañar a nadie. Cada uno en su ámbito de poder y responsabilidades.

Yo creo en la Justicia, en la Democracia y en el Estado de Derecho. Se lo digo a Uds. honestamente y se lo demuestro no alargándome más con este artículo, escribiendo lo que me corresponde, y procurando no ofender a nadie.