De la terrible banalidad de la ideología - Raúl Mena

El domingo 30 de julio se consumó la tragedia. El cuerpo de la democracia venezolana yace al fin exánime en el suelo, pisoteado por el Estado autoritario de Maduro. Sus heridas son las de su pueblo. Agotada, asfixiada por los gases, infinitamente magullada, busca a tientas un fulgor que la yerga de nuevo. Está hambrienta —metafórica y literalmente— de cambio. Pero sola no puede. La valentía, por desgracia, no siempre es suficiente. Por eso es tan importante una condena externa, contundente y sin paliativos de la improbidad chavista para con su ciudadanía. Con un pueblo inánime pero dispuesto a resarcirse, y con una comunidad internacional alineada contra lo abyecto del autoritarismo chavista, podrá entonces caer el tirano y volver la soberanía de la nación al lugar que le corresponde: a las leyes, a la Asamblea Nacional, en fin, al orden jurídico inalienable que se le supone a toda democracia.

Pensaba que nadie podría estar tan ciego como para seguir justificando lo injustificable

Sin embargo, a pesar de todo, la condena no es unánime. Después de más de un centenar de muertos, cientos de detenciones irregulares y miles de heridos, pensaba yo —ya, ya lo sé: ¡ingenuo!— que el día de la «votación» —¡más de diez muertos en una sola jornada!— supondría la puntilla a más de tres meses de terror patrocinados por el Estado. Pensaba que nadie podría estar tan ciego como para seguir justificando lo injustificable. Lamentablemente, me equivocaba. Así, me he encontrado con que uno de nuestros más insignes políticos, el comunista Alberto Garzón, de Unidos Podemos, afirmó al día siguiente que «A pesar de la violencia de la oposición (sic), ocho millones de personas han votado paz y futuro para Venezuela». A continuación, un torrente de dirigentes de la izquierda radical —sobre todo de IU, pero también de Podemos u organismos compartidos por ambos, como En Marea— han secundado a su compañero con barbaridades similares. Pablo Iglesias, otro destacado político patrio, ha optado por seguir con su estrategia electoral: alejarse todo lo posible del paradigma venezolano, tan poco reivindicable en estos tiempos. Escondido tras la figura del Zapatero mediador —al que creo sincero en sus intenciones, pero errado en su proceder—, pretende desterrar de nuestra memoria su pretérita filiación con el régimen chavista. Todo ello, por supuesto, mientras siembra la duda sobre la legitimidad democrática de la oposición. Iglesias leyó con atención, no cabe duda alguna, los consejos que Maquiavelo dio en El príncipe, especialmente cuando argumentaba que acaso es mejor parecer virtuoso que serlo.

¿Qué lleva a un ciudadano nacido en uno de los países más privilegiados del orbe a defender un régimen tan ominoso como el chavista?

Sea como fuere, se hace inevitable intentar comprender. ¿Cómo es posible llegar a tal extremo de negación? ¿Qué lleva a un ciudadano nacido en uno de los países más privilegiados del orbe a defender un régimen tan ominoso como el chavista? ¿Acaso pensarían igual una vez en el gobierno? ¿Serían capaces de usar los métodos que allí sancionan con sus compatriotas? Y quizá mi respuesta —hija de la indignación ante la iniquidad— no sea satisfactoria en su totalidad. Con todo, la creo verdadera en lo más esencial, a saber: que es la ideología la responsable última de tal sinrazón. No podría ser de otra manera. Yo, antaño izquierdista como el que más, lo he vivido en mis carnes. De repente, un día, sin casi percatarte, pierdes el respeto al ser humano. La realidad queda al servicio de la idea, y no la idea al servicio de la realidad. Y aunque de la adolescencia se sale, no lo veo tan claro en lo que respecta a nuestros ya adultos políticos de la izquierda. Han tenido tiempo y formación para hacerlo. No obstante, ahí siguen, anteponiendo algo tan banal como la ideología a la vida y a la dignidad de un pueblo. Efectivamente: estoy convencido de que para ellos, en lo más hondo, Maduro es un hijo de puta, pero, al fin y al cabo, es su hijo de puta.

Dirigentes e ideólogos de nuestra tercera fuerza política legitiman día sí y día también, por estratégico silencio o por aprobación manifiesta, la singladura autoritaria del Estado venezolano

Lo más grave del asunto, empero, no es la defensa ideológica del modelo chavista —de por sí una falla democrática de peso—, sino lo que se desprende de tal postura. Si razonamos consecuentemente, no queda otra que responder con una rotunda afirmación a las dos últimas preguntas antes planteadas. Su espíritu autoritario, antes maquillado por la irrelevancia política, queda ahora al descubierto; y lo que se vislumbra no es ni hermoso ni digno de alegría. Después de todo, dirigentes e ideólogos de nuestra tercera fuerza política —recuerden: más de tres millones de votos y capacidad de gobierno en diversos ámbitos de la administración pública— legitiman día sí y día también, por estratégico silencio o por aprobación manifiesta, la singladura autoritaria del Estado venezolano.

Al principio, la conclusión desconcierta. Tras el reparo inicial, un adagio conocido: «comprenderlo todo es perdonarlo todo». Pero no. En este caso no; en este caso entender significa acaso lo contrario: no perdonar. Y no perdonar implica no olvidar. Porque bajo ninguna circunstancia hemos de olvidar quiénes han defendido al régimen que hace unos días reprimía brutalmente a su pueblo; al régimen que ha cosechado las calles de devastación, de escasez, de enfermedad, de hambre; al régimen que ha quebrantado todo signo de democracia; al régimen, en fin, que ha llevado al desastre más absoluto a un pueblo civilizado. Olvidarlo sería caer en las aguas más turbias de la historia; aquellas que están anegadas de desastres y maldiciones. Hemos nadado por cuarenta años en aquellas procelosas aguas, y no queremos volver a probar su amarga sal.

Cargan a sus espaldas con la inmensa desgracia de haber puesto la ideología política por delante de la justicia

Por tanto, permítanme que les dé un consuelo: el pueblo español no les absolverá. La losa que descansa sobre ellos es demasiado onerosa; cargan a sus espaldas con la inmensa desgracia de haber puesto la ideología política por delante de la justicia. Su complicidad les acusa. Su consiguiente ostracismo no puede ser achacado, pues, a nada que no sea ellos mismos. En este sentido, estén —estemos— tranquilos: se han condenado. Y su condena, créanme aquí, es nuestra liberación.

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Estudiante interesado en la filosofía política. Federalista europeo y liberal de izquierdas.