Clientes y esclavos - Juan Pimentel

Mientras que en el mundo hispano Robinson Crusoe se considera un relato de aventuras para adolescentes, en el anglófono lo sitúan en el pedestal del nacimiento de la novela. El héroe taciturno y laborioso, capaz de revertir el destino y encauzar su naufragio hacia un bautismo redentor, ha cautivado a generaciones de lectores y escritores desde Coleridge a James Joyce, desde Virginia Woolf a Coetzee. El Ulises británico prefigura en 1719 la estirpe de exploradores victorianos que gobernará el globo. Representa el imparable ascenso del comercio, el triunfo de la ciencia y el cálculo. Robinson se impone al medio hostil, a la desgracia, a la fortuna adversa. Es el superviviente por antonomasia. Logra civilizar la isla y dominarla.

En esta epopeya del héroe solitario hay un punto de giro decisivo, un episodio que nos hace pensar en un hecho de gran actualidad. Es el momento en que Robinson, tras largos años de cautiverio en la Isla de la Desesperación, descubre una huella humana en la playa

En esta epopeya del héroe solitario hay un punto de giro decisivo, un episodio que nos hace pensar en un hecho de gran actualidad. Es el momento en que Robinson, tras largos años de cautiverio en la Isla de la Desesperación, descubre una huella humana en la playa. Lejos de sentirse aliviado, el náufrago cae presa del pánico y corre a su guarida para levantar una empalizada. Lejos de entender que la presencia de otro ser humano pone fin a su devastadora soledad, Robinson se siente amenazado. No trata de salvar su aislamiento, sino que lo promueve y defiende. El héroe de sí mismo sólo tiene una enfermedad incurable: su rabiosa misantropía.

Donald Trump ha prometido por activa y por pasiva levantar otra empalizada impenetrable, el famoso muro en la frontera entre los Estados Unidos y México. Pretende aislar a su país de una marea incontenible

Donald Trump ha prometido por activa y por pasiva levantar otra empalizada impenetrable, el famoso muro en la frontera entre los Estados Unidos y México. Pretende aislar a su país de una marea incontenible, la de millones de emigrantes que buscan huir de la miseria, la guerra y la explotación. Los datos son elocuentes: ya existen más de 1000 km de muro sobre una frontera que se extiende a lo largo de más de 3000 km. Está levantado con obstáculos para vehículos, mallas de alambre para peatones, chapa y hierro corrugado, tramos sumergidos en el agua hasta los 100 metros de profundidad. Hay segmentos donde se dobla o triplica la barrera, cámaras, drones, sensores de movimiento, patrullas. El candidato a Nobel de la Paz Alejandro Solalinde ha relatado con toda crudeza la marcha de “la bestia”, el tren que transporta a miles de emigrantes desde el Istmo de Tehuantepec hasta Nuevo Laredo. Procedentes de Honduras, Nicaragua y El Salvador, son extorsionados por las mafias de las drogas, los secuestradores y los traficantes de órganos. No llegarán a Jauja, ciertamente, pero sueñan con un futuro mejor, lo que a menudo significa tan sólo un futuro, escapar a la muerte.

El presidente norteamericano ha prometido sellar los dos tercios que faltan para levantar esa empalizada total. Es una fantasía aislacionista. Juega con el miedo atávico de sus compatriotas y sus potenciales votantes. Los trata como clientes

El presidente norteamericano ha prometido sellar los dos tercios que faltan para levantar esa empalizada total. Es una fantasía aislacionista. Juega con el miedo atávico de sus compatriotas y sus potenciales votantes. Los trata como clientes. Por otra parte, amenaza a su vecinos, los mexicanos (y por extensión a los latinoamericanos), a quienes trata como invasores, los nuevos bárbaros, por emplear la terminología de Alessandro Baricco. Clientes y esclavos: es la taxonomía clásica del emprendedor hombre blanco, el Robinson que llevamos dentro, ese individuo que trata a sus semejantes bajo la escrupulosa economía del racionalismo empresarial. El otro es un objeto, un instrumento para extender su reinado. La alienación de los seres humanos es la consecuencia última de una lógica demoledora, la del mercado.

La huella en la playa era de un indígena, a quien Robinson no tardó en bautizar, subordinar y domesticar. Le llamó Viernes. Hoy día se le quiere fuera, bien alejado. Su presencia altera el orden y amenaza nuestros privilegios. En el Río Grande y en el Mediterráneo. Ningún gobernante occidental puede abrir las fronteras de par en par. Ninguno puede sellarlas herméticamente. Viernes ve la televisión, recibe imágenes del paraíso publicitario. Y además, de los 11 millones de indocumentados que se calcula que hay en los EEUU, cerca de la mitad no entraron por la frontera, sino por los puertos y aeropuertos, con unos visados que no renovaron. Simplemente, no regresaron a sus países de origen. Simplemente, no hay muro cuya eficacia sea insalvable.

La frontera ha jugado un papel determinante en la historia de los EEUU. El historiador Frederick J. Turner la definió como la morrena que avanzaba lentamente mientras quedaban depositadas en sus sedimentos las características de su frente, ese espíritu colonizador y aventurero que quedó marcado en el norteamericano medio. La frontera forjó el carácter de la nación. Quizás olvidó Turner mencionar que las tierras donde vivían los indígenas, los primos de Viernes, eran calificadas como Terra Nullius, el apelativo con que los cartógrafos declaraban que aquellas tierras no eran de nadie, es decir, próximamente nuestras.

This land is your land era la balada que acunaba el sueño americano hasta hace bien poco

La fantasía aislacionista y segregacionista hace tabla rasa del pasado, pues omite cómo se han hecho los EEUU, una nación de emigrantes entonces y ahora. This land is your land era la balada que acunaba el sueño americano hasta hace bien poco. Resulta además que los bárbaros están ya dentro, que somos nosotros, robinsones y viernes a partes iguales, fruto de la hibridación cultural imparable desde hace al menos cinco siglos. Los muros, nos decía Baricco, no se levantan tanto para contener a los bárbaros como para trazar las identidades opuestas. Esta sí que es una buena ficción, la bicromía implacable de un nosotros y un ellos.

También aquí algunos compatriotas desean levantar otra frontera cerca del Ebro

El muro de Berlín no resistió la marea de la libertad. El Brexit pretende ahora levantar otra barrera extemporánea. También aquí algunos compatriotas desean levantar otra frontera cerca del Ebro. Si siguen a Donald Trump en todo su programa populista y xenófobo, acabarán exigiendo que la levanten y paguen los andaluces. Al tiempo. Tarde o temprano, a Viernes le toca el trabajo que antes hacía Robinson. Lo llaman progreso.

 

Compartir
Investigador Científico - CSIC